El desarrollo de la cultura humana puede parecernos admirable pero también susceptible de mejora y perfección. Si bien por un lado podemos reconocer los logros conseguidos, no menos cierto es que dicho avance ha sido históricamente irregular, lo cual a su vez ha dado pie a numerosos ámbitos en los que la civilización tiene aún pendientes por resolver.

Uno de esos aspectos cruciales es el acceso al conocimiento y los desarrollos que se derivan de toda investigación humana sobre su universo. En nuestra realidad inmediata es posible encontrar a personas con niveles de saber tan radicalmente distintos, que pareciera que pertenecen a épocas diferentes: una que vive en el presente y es partícipe de los hallazgos de su tiempo; y otra que sostiene ideas que fueron quizá vigentes en otra época pero cuya validez ha sido o puesta en duda o refutada.

¿Cómo cerrar esa brecha? La divulgación de la ciencia (y la cultura) tiene en esa tarea una función fundamental, sobre todo ahora que los medios de comunicación han ampliado su capacidad de alcance gracias a la tecnología digital. ¿Por qué no aprovechar esa enorme oportunidad de difusión en provecho de una forma de conocimiento que nos ayude a comprender mejor el mundo, fomenta nuestra curiosidad y en última instancia nos enseñe a pensar, preguntar y acaso incluso a liberarnos de creencias falsas?

Neil deGrasse Tyson es probablemente uno de los divulgadores de la ciencia más conocidos de nuestra época. Su lugar está sin duda al lado de Carl Sagan, de quien podría considerarse heredero, no sólo por el campo de interés académico común en ambos (astrofísica), sino también porque como Sagan, deGrasse Tyson ha asumido su tarea de dar a conocer las maravillas de los descubrimientos científicos con simpatía y sencillez, bajo la premisa de que la ciencia no es nada del otro mundo.

En este video realizado para el portal Big Think, el científico explicó su estrategia fundamental para acercar el conocimiento científico al gran público, misma que consiste en dos sencillos elementos:

1) Aprovechar la cultura popular.

2) Confiar en la capacidad de asombro propia del conocimiento.

En el primero, deGrasse Tyson ha encontrado una forma útil y eficiente de captar de inicio la atención de miles o millones de personas y, en un segundo momento, de poner la ciencia al alcance de su mano. Partiendo del conocimiento que la mayoría de nosotros tenemos –los deportes, alguna serie de televisión, los hechos biográficos de una persona célebre, etcétera–, el científico utiliza una referencia a la cultura popular para crear una conexión entre ésta y la esfera científica, que de ordinario se cree alejada de la vida de todos los días (más aún en el caso de la astrofísica). Uno de los mejores ejemplos fue cuando explicó uno de los efectos de la rotación de la Tierra luego de un gol de campo anotado durante un partido de la Liga Nacional de Futbol de Estados Unidos, el cual no hubiera sido exitoso de no contar con la existencia del efecto Coriolis (el mismo que provoca los huracanes en el hemisferio norte).

A veces, sin embargo, el conocimiento científico no necesita de ningún “gancho” suplementario que atraiga la atención de la audiencia. A veces éste es suficientemente asombroso como para seducir por sí mismo, tal vez incluso a las personas menos expuestas a la ciencia. El universo, después de todo, ha cautivado al ser humano desde el nacimiento de la conciencia y la percepción, y ese misterio fundamental no se ha apagado, por el contrario, pervive cada vez que alzamos la mirada al cielo y miramos las estrellas, las nubes y la inmensidad en la que estamos suspendidos. Cuando alguien comienza a explicarnos eso que nos parece inaccesible, ¿no comenzamos de inmediato a escuchar?

“La alfabetización científica no se trata sólo de lo que sabes, sino de la profundidad de tu curiosidad y tu capacidad para evaluar la evidencia”, escribió deGrasse Tyson hace poco: una síntesis acertada sobre el propósito último de estas estrategias.

También en Faena Aleph: Breve manual de escepticismo, cortesía de Carl Sagan

 

 

 

Imagen: Public Domain.

 

El desarrollo de la cultura humana puede parecernos admirable pero también susceptible de mejora y perfección. Si bien por un lado podemos reconocer los logros conseguidos, no menos cierto es que dicho avance ha sido históricamente irregular, lo cual a su vez ha dado pie a numerosos ámbitos en los que la civilización tiene aún pendientes por resolver.

Uno de esos aspectos cruciales es el acceso al conocimiento y los desarrollos que se derivan de toda investigación humana sobre su universo. En nuestra realidad inmediata es posible encontrar a personas con niveles de saber tan radicalmente distintos, que pareciera que pertenecen a épocas diferentes: una que vive en el presente y es partícipe de los hallazgos de su tiempo; y otra que sostiene ideas que fueron quizá vigentes en otra época pero cuya validez ha sido o puesta en duda o refutada.

¿Cómo cerrar esa brecha? La divulgación de la ciencia (y la cultura) tiene en esa tarea una función fundamental, sobre todo ahora que los medios de comunicación han ampliado su capacidad de alcance gracias a la tecnología digital. ¿Por qué no aprovechar esa enorme oportunidad de difusión en provecho de una forma de conocimiento que nos ayude a comprender mejor el mundo, fomenta nuestra curiosidad y en última instancia nos enseñe a pensar, preguntar y acaso incluso a liberarnos de creencias falsas?

Neil deGrasse Tyson es probablemente uno de los divulgadores de la ciencia más conocidos de nuestra época. Su lugar está sin duda al lado de Carl Sagan, de quien podría considerarse heredero, no sólo por el campo de interés académico común en ambos (astrofísica), sino también porque como Sagan, deGrasse Tyson ha asumido su tarea de dar a conocer las maravillas de los descubrimientos científicos con simpatía y sencillez, bajo la premisa de que la ciencia no es nada del otro mundo.

En este video realizado para el portal Big Think, el científico explicó su estrategia fundamental para acercar el conocimiento científico al gran público, misma que consiste en dos sencillos elementos:

1) Aprovechar la cultura popular.

2) Confiar en la capacidad de asombro propia del conocimiento.

En el primero, deGrasse Tyson ha encontrado una forma útil y eficiente de captar de inicio la atención de miles o millones de personas y, en un segundo momento, de poner la ciencia al alcance de su mano. Partiendo del conocimiento que la mayoría de nosotros tenemos –los deportes, alguna serie de televisión, los hechos biográficos de una persona célebre, etcétera–, el científico utiliza una referencia a la cultura popular para crear una conexión entre ésta y la esfera científica, que de ordinario se cree alejada de la vida de todos los días (más aún en el caso de la astrofísica). Uno de los mejores ejemplos fue cuando explicó uno de los efectos de la rotación de la Tierra luego de un gol de campo anotado durante un partido de la Liga Nacional de Futbol de Estados Unidos, el cual no hubiera sido exitoso de no contar con la existencia del efecto Coriolis (el mismo que provoca los huracanes en el hemisferio norte).

A veces, sin embargo, el conocimiento científico no necesita de ningún “gancho” suplementario que atraiga la atención de la audiencia. A veces éste es suficientemente asombroso como para seducir por sí mismo, tal vez incluso a las personas menos expuestas a la ciencia. El universo, después de todo, ha cautivado al ser humano desde el nacimiento de la conciencia y la percepción, y ese misterio fundamental no se ha apagado, por el contrario, pervive cada vez que alzamos la mirada al cielo y miramos las estrellas, las nubes y la inmensidad en la que estamos suspendidos. Cuando alguien comienza a explicarnos eso que nos parece inaccesible, ¿no comenzamos de inmediato a escuchar?

“La alfabetización científica no se trata sólo de lo que sabes, sino de la profundidad de tu curiosidad y tu capacidad para evaluar la evidencia”, escribió deGrasse Tyson hace poco: una síntesis acertada sobre el propósito último de estas estrategias.

También en Faena Aleph: Breve manual de escepticismo, cortesía de Carl Sagan

 

 

 

Imagen: Public Domain.