Si nos detenemos un momento a pensar, no hay nada más extravagante que una máquina para detectar fantasmas. Un artificio para “percibir” lo incorpóreo y lo atemporal: una máquina que siente. Si toda la fe que hemos depositado en la física y en la tecnología manufacturada incrementó nuestra fe en la metafísica y los espíritus, entonces estamos frente a una de las grandes y más recreativas paradojas.

Desde que el primer dispositivo de comunicación con espíritus se inventó, y supuestamente pudimos establecer comunicación con el “más allá”, cientos de miles de médiums surgieron junto con el popular movimiento espiritista que, definido de manera sencilla, responde a la creencia en que las almas continúan existiendo después de la muerte y que es posible hablar con ellas. Cuando proliferaron en el siglo XIX, los médiums se servían de encantadores artefactos para facilitar su vínculo con los muertos y avalar, con la nueva tecnología de telégrafo, la práctica de la ghost 2comunicación con espíritus.

Estos dispositivos tenían la habilidad de excretar un material del médium llamado “ectoplasma” y también de dar voz a los espíritus cercanos a los clientes. Todo ello inició cuando el mundo occidental se desarrollaban más y más descubrimientos científicos, como la teoría de la evolución, que debilitaban la existencia de Dios. Las personas estaban en una crisis de fe y al mismo tiempo invirtiendo increíblemente en historias de fantasmas. El espiritismo fue una profunda respuesta a las ansiedades acerca de Dios y de si existe una vida después de la muerte. Si podías demostrar que esto último existía, todo el juego cambiaba. La comunicación con los muertos era vista como una inescrutable prueba de Dios.

Años antes de que la tabla de ouija se convirtiera en una obsesión internacional, los espiritistas de la era Victoriana se entretenían con los famosos planchettes: cajitas en forma de corazón que rayaban mensajes supuestamente dictados por los espíritus de los muertos. Los planchettes deben mucha de su popularidad a la dinámica coqueta y potencialmente sexual que permitía entre los usuarios. Hombres y mujeres se sentaban en contacto cercano, a menudo a media luz y rozando las rodillas, con las manos íntimamente tocando la tabla mientras escribían los mensajes de los espíritus.

Mientras tanto, otros artefactos surgían fugazmente antes de perderse en la oscuridad. El llamado “dial plate”, con la intervención de una placa parecida a la cara de un reloj, fue uno de ellos: cuando un médium manipulaba la máquina, las manecillas apuntaban a letras y se iban formando mensajes específicos. Otro artefacto fascinante fue el llamado Psicógrafo o Indicador de pensamiento. Esta complicada maquinaria trabajaba con varias palancas y discos que los usuarios manipulaban para deletrear las palabras de los fantasmas. Fue nada menos que el primer artefacto espiritista en ser patentado en el mundo.

ghost 3

Como esos hubieron decenas de versiones (el espiritoscopio, la cámara de materialización, la trompeta de espíritus, el cablégrafo, la fotografía espiritista), pero nada perduró como lo hizo, por supuesto, la ouija. Este instrumento es el fragmento más prominente que queda de la era del espiritismo, y que hoy hace a la gente doblarse de miedo. Es muy probable que la connotación demoniaca de la ouija pueda trazarse a esa breve escena del El exorcista cuando la pequeña niña está hablando con el Capitán Howdy en la tabla antes de ser poseída.

Hoy, sin embargo, cuando hablamos de máquinas para detectar fantasmas estamos hablando de toda suerte de interfaces y aplicaciones virtuales que recrean el tablero de la ouija pero también van mucho más allá. Hay detectores de espíritus, cámaras infrarrojas, detectores de campos electromagnéticos, radares para fantasmas y otras muchas aplicaciones que miden actividad paranormal. Todas cumplen una función fundamental: ayudarnos a contar historias. Historias de fantasmas, por supuesto. Involucrarlos en nuestra vida.

 ghost 4

La paradoja de la “máquina que percibe” es entonces un aliado en nuestra necesidad ontológica de contar historias y en nuestra necesidad metafísica de traducir lo que está más allá. La expresión latina Deus ex machina, que significa “dios desde la máquina”, además de ser un recurso dramático para resolver situaciones inesperadamente, resume bien la extravagancia del espiritismo. Es un recurso narrativo pero también metafísico. Inventamos la máquina para conciliar mundos; para fungir como el mejor de los médiums y para que lo incorpóreo e improbable se maquinice ante nosotros, que creemos más en esa “natural injerencia” tecnologica que en nuestra propia capacidad intuitiva. El verdadero misterio no es si las máquinas sienten sino si el humano lo hace.

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Si nos detenemos un momento a pensar, no hay nada más extravagante que una máquina para detectar fantasmas. Un artificio para “percibir” lo incorpóreo y lo atemporal: una máquina que siente. Si toda la fe que hemos depositado en la física y en la tecnología manufacturada incrementó nuestra fe en la metafísica y los espíritus, entonces estamos frente a una de las grandes y más recreativas paradojas.

Desde que el primer dispositivo de comunicación con espíritus se inventó, y supuestamente pudimos establecer comunicación con el “más allá”, cientos de miles de médiums surgieron junto con el popular movimiento espiritista que, definido de manera sencilla, responde a la creencia en que las almas continúan existiendo después de la muerte y que es posible hablar con ellas. Cuando proliferaron en el siglo XIX, los médiums se servían de encantadores artefactos para facilitar su vínculo con los muertos y avalar, con la nueva tecnología de telégrafo, la práctica de la ghost 2comunicación con espíritus.

Estos dispositivos tenían la habilidad de excretar un material del médium llamado “ectoplasma” y también de dar voz a los espíritus cercanos a los clientes. Todo ello inició cuando el mundo occidental se desarrollaban más y más descubrimientos científicos, como la teoría de la evolución, que debilitaban la existencia de Dios. Las personas estaban en una crisis de fe y al mismo tiempo invirtiendo increíblemente en historias de fantasmas. El espiritismo fue una profunda respuesta a las ansiedades acerca de Dios y de si existe una vida después de la muerte. Si podías demostrar que esto último existía, todo el juego cambiaba. La comunicación con los muertos era vista como una inescrutable prueba de Dios.

Años antes de que la tabla de ouija se convirtiera en una obsesión internacional, los espiritistas de la era Victoriana se entretenían con los famosos planchettes: cajitas en forma de corazón que rayaban mensajes supuestamente dictados por los espíritus de los muertos. Los planchettes deben mucha de su popularidad a la dinámica coqueta y potencialmente sexual que permitía entre los usuarios. Hombres y mujeres se sentaban en contacto cercano, a menudo a media luz y rozando las rodillas, con las manos íntimamente tocando la tabla mientras escribían los mensajes de los espíritus.

Mientras tanto, otros artefactos surgían fugazmente antes de perderse en la oscuridad. El llamado “dial plate”, con la intervención de una placa parecida a la cara de un reloj, fue uno de ellos: cuando un médium manipulaba la máquina, las manecillas apuntaban a letras y se iban formando mensajes específicos. Otro artefacto fascinante fue el llamado Psicógrafo o Indicador de pensamiento. Esta complicada maquinaria trabajaba con varias palancas y discos que los usuarios manipulaban para deletrear las palabras de los fantasmas. Fue nada menos que el primer artefacto espiritista en ser patentado en el mundo.

ghost 3

Como esos hubieron decenas de versiones (el espiritoscopio, la cámara de materialización, la trompeta de espíritus, el cablégrafo, la fotografía espiritista), pero nada perduró como lo hizo, por supuesto, la ouija. Este instrumento es el fragmento más prominente que queda de la era del espiritismo, y que hoy hace a la gente doblarse de miedo. Es muy probable que la connotación demoniaca de la ouija pueda trazarse a esa breve escena del El exorcista cuando la pequeña niña está hablando con el Capitán Howdy en la tabla antes de ser poseída.

Hoy, sin embargo, cuando hablamos de máquinas para detectar fantasmas estamos hablando de toda suerte de interfaces y aplicaciones virtuales que recrean el tablero de la ouija pero también van mucho más allá. Hay detectores de espíritus, cámaras infrarrojas, detectores de campos electromagnéticos, radares para fantasmas y otras muchas aplicaciones que miden actividad paranormal. Todas cumplen una función fundamental: ayudarnos a contar historias. Historias de fantasmas, por supuesto. Involucrarlos en nuestra vida.

 ghost 4

La paradoja de la “máquina que percibe” es entonces un aliado en nuestra necesidad ontológica de contar historias y en nuestra necesidad metafísica de traducir lo que está más allá. La expresión latina Deus ex machina, que significa “dios desde la máquina”, además de ser un recurso dramático para resolver situaciones inesperadamente, resume bien la extravagancia del espiritismo. Es un recurso narrativo pero también metafísico. Inventamos la máquina para conciliar mundos; para fungir como el mejor de los médiums y para que lo incorpóreo e improbable se maquinice ante nosotros, que creemos más en esa “natural injerencia” tecnologica que en nuestra propia capacidad intuitiva. El verdadero misterio no es si las máquinas sienten sino si el humano lo hace.

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