La era moderna del vuelo se inauguró en 1783, cuando un borrego, un pato y un gallo abordaron el prototipo de un globo aerostático y volaron durante 8 minutos. El rey de Francia había propuesto usar prisioneros, pero los hermanos Montgolfier, inventores e ingenieros del globo, prefirieron estos animales, lo cual era una idea científicamente cabal. Entonces se creía que la psicología del borrego era similar a la humana, que el pato de vuelo alto no sufriría la altura y que el gallo, que no puede elevarse demasiado, era una buena manera de medir los límites de altitud.

El vuelo fue presenciado por Luis XVI, María Antonieta y un público de 130,000 civiles. El globo voló aproximadamente 3.2 kilómetros y aterrizó sin incidentes.

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El próximo paso de los hermanos Joseph-Michel y Jacques-Étienne Montgolfier era colocar a una persona en la canasta. En octubre de 1783 lanzaron un globo atado a una correa que llevaba a bordo al valiente profesor de química y física Jean-François Pilâtre de Rozier, quién permaneció arriba 4 minutos.

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Casi 1 mes después, Pilâtre de Rozier y el Marques d’Arlandes, un oficial militar francés, hicieron lo que fue quizás el espectáculo aviar más impresionante del siglo. Volaron juntos del centro de París a los suburbios (casi 9 kilómetros) en 25 minutos. Benjamín Franklin describió la anécdota en su diario:

Lo observamos elevarse de la manera más majestuosa. Cuando alcanzó los 250 pies de altitud, los intrépidos navegantes se quitaron el sombrero para saludar a los espectadores. No pudimos evitar sentir una cierta mezcla de asombro y admiración.

Como suele suceder a menudo en la geometría de anécdotas, el primer pasajero humano fue también la primera víctima del viaje en globo. Pilâtre de Rozier murió el 15 de junio de 1785, cuando su globo, inflado de una combinación de hidrógeno y aire caliente, explotó en un intento de sobrevolar el canal de la Mancha.

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No obstante la controversial pérdida, los hermanos Montgolfier siguieron con su experimento, y en 1784 un inmenso globo que construyeron pudo llevar a siete pasajeros a una altura de 914 metros y causaron sensación. Su éxito fue conmemorado en las más bellas ilustraciones, grabados y diseños de mobiliario. Hubo incluso acróbatas que subieron a un globo a dar espectáculo, y, desde luego, la fotografía aérea tomó un impulso magnífico.

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Poco después de estos vuelos libres (sin correas al suelo), las limitaciones de utilizar aire caliente fueron evidentes: mientras el aire se enfriaba, el globo estaba forzado a descender. Mantener un fuego encendido significaba el riesgo de que las chispas incendiaran la bolsa del vehículo. Así, un hombre llamado Jacques Alexandre César Charles, famosísimo inventor y matemático, lanzó un globo que contenía hidrógeno.

Con esto y otros avances, el viaje en globo fue firmemente establecido. Dejando de lado las implicaciones obvias que inauguraron los Montgolfier en el siglo XVIII, imaginemos que sin el invento del globo aerostático no existiría la maravillosa novela de Julio Verne (que a su vez inspiró uno de los viajes más emocionantes de la historia), o el mítico Sonora Aero Club que tantas horas felices ha propiciado.

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La era moderna del vuelo se inauguró en 1783, cuando un borrego, un pato y un gallo abordaron el prototipo de un globo aerostático y volaron durante 8 minutos. El rey de Francia había propuesto usar prisioneros, pero los hermanos Montgolfier, inventores e ingenieros del globo, prefirieron estos animales, lo cual era una idea científicamente cabal. Entonces se creía que la psicología del borrego era similar a la humana, que el pato de vuelo alto no sufriría la altura y que el gallo, que no puede elevarse demasiado, era una buena manera de medir los límites de altitud.

El vuelo fue presenciado por Luis XVI, María Antonieta y un público de 130,000 civiles. El globo voló aproximadamente 3.2 kilómetros y aterrizó sin incidentes.

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El próximo paso de los hermanos Joseph-Michel y Jacques-Étienne Montgolfier era colocar a una persona en la canasta. En octubre de 1783 lanzaron un globo atado a una correa que llevaba a bordo al valiente profesor de química y física Jean-François Pilâtre de Rozier, quién permaneció arriba 4 minutos.

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Casi 1 mes después, Pilâtre de Rozier y el Marques d’Arlandes, un oficial militar francés, hicieron lo que fue quizás el espectáculo aviar más impresionante del siglo. Volaron juntos del centro de París a los suburbios (casi 9 kilómetros) en 25 minutos. Benjamín Franklin describió la anécdota en su diario:

Lo observamos elevarse de la manera más majestuosa. Cuando alcanzó los 250 pies de altitud, los intrépidos navegantes se quitaron el sombrero para saludar a los espectadores. No pudimos evitar sentir una cierta mezcla de asombro y admiración.

Como suele suceder a menudo en la geometría de anécdotas, el primer pasajero humano fue también la primera víctima del viaje en globo. Pilâtre de Rozier murió el 15 de junio de 1785, cuando su globo, inflado de una combinación de hidrógeno y aire caliente, explotó en un intento de sobrevolar el canal de la Mancha.

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No obstante la controversial pérdida, los hermanos Montgolfier siguieron con su experimento, y en 1784 un inmenso globo que construyeron pudo llevar a siete pasajeros a una altura de 914 metros y causaron sensación. Su éxito fue conmemorado en las más bellas ilustraciones, grabados y diseños de mobiliario. Hubo incluso acróbatas que subieron a un globo a dar espectáculo, y, desde luego, la fotografía aérea tomó un impulso magnífico.

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Poco después de estos vuelos libres (sin correas al suelo), las limitaciones de utilizar aire caliente fueron evidentes: mientras el aire se enfriaba, el globo estaba forzado a descender. Mantener un fuego encendido significaba el riesgo de que las chispas incendiaran la bolsa del vehículo. Así, un hombre llamado Jacques Alexandre César Charles, famosísimo inventor y matemático, lanzó un globo que contenía hidrógeno.

Con esto y otros avances, el viaje en globo fue firmemente establecido. Dejando de lado las implicaciones obvias que inauguraron los Montgolfier en el siglo XVIII, imaginemos que sin el invento del globo aerostático no existiría la maravillosa novela de Julio Verne (que a su vez inspiró uno de los viajes más emocionantes de la historia), o el mítico Sonora Aero Club que tantas horas felices ha propiciado.

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