Tantos barcos naufragaban a finales del siglo XIX en las costas de Cornwall que una familia de las islas Sorlingas comenzó una rarísima tradición: documentar en fotografía cada uno de los barcos que se hundían cerca de ellos. Esta familia se apellidaba Gibson y la costumbre le duró más de 100 años.

La obsesiva documentación de estos naufragios –que se volvió cada vez más artística, más imponente– comenzó con John, un pescador convertido en fotógrafo profesional quien luego instruyó a sus dos hijos, Alexander y Herbert. Armados con cámaras, los Gibson corrían a ver el accidente y escalaban los arrecifes más cercanos a la escena para capturar el cataclismo. Para tener noticias de cada naufragio, la familia aprovechaba la nueva tecnología de los telégrafos y con los años perfeccionaron su técnica. De esta manera también rápidamente despachaban sus imágenes a periódicos y revistas europeos. Pero sus fotografías no eran meros testimonios de hundimientos, eran escenarios dramáticos y, dentro de su terrible anunciamiento, hermosos.

En su libro The Wreckers, la escritora Bella Bathurst describe las fotografías de los Gibson mejor que nadie:

Los naufragios en otras partes del país generalmente terminan con nada más que una toma granulosa e indeterminada, capturada en mal clima desde un ángulo difícil por el fotógrafo residente de algún periódico local. Usualmente hay rocas que tapan la vista o la tormenta ha oscurecido el detalle, o el barco mismo está demasiado lejos para ser claro. Incluso cuando las fotos sí revelan más que sólo condiciones del clima, la mayoría de los navíos del siglo XX con trabajos inspiran poesía.

Pero estas fotografías son incuestionablemente bellas. No que, uno supone, la tripulación y los pasajeros de estos naufragios se preocuparan mucho por su aspecto mientras se precipitaban a su tumba. Pero al mostrar a estos barcos y a las personas que los rodean con tanto cuidado y veracidad, las fotografías sí les regresan algo de dignidad final.

“El barco”, decía José Emilio Pacheco, “es el símbolo universal de nuestro viaje por el Mar de las Tormentas: la vida. Evoca a un tiempo la cuna y el féretro y la movilidad siempre amenazada por el abismo”. En el momento en que John Gibson comenzó a tomar estas fotografías, los naufragios eran terrores vivos que sucedían a menudo; incluso hoy, que existen otros modos de transporte, siguen manteniendo su prominencia en metáforas de aislamiento y destrucción. Los barcos se siguen hundiendo en la poesía y en la imaginación. Sin embargo, puede haber sobrevivientes.

Los Gibson continuaron su trabajo a lo largo del siglo XX hasta que en 2012 murió Frank, el último de los fotógrafos con esta tradición. Recientemente el National Maritime Museum de Inglaterra adquirió el archivo amasado por la familia Gibson durante más de 125 años en una subasta en Sotheby’s. La colección consta de 1,360 negativos en vidrio y película de más de 200 naufragios en las traicioneras aguas de Cornwall y las islas Sorlingas. Compartimos aquí una selección.

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Tantos barcos naufragaban a finales del siglo XIX en las costas de Cornwall que una familia de las islas Sorlingas comenzó una rarísima tradición: documentar en fotografía cada uno de los barcos que se hundían cerca de ellos. Esta familia se apellidaba Gibson y la costumbre le duró más de 100 años.

La obsesiva documentación de estos naufragios –que se volvió cada vez más artística, más imponente– comenzó con John, un pescador convertido en fotógrafo profesional quien luego instruyó a sus dos hijos, Alexander y Herbert. Armados con cámaras, los Gibson corrían a ver el accidente y escalaban los arrecifes más cercanos a la escena para capturar el cataclismo. Para tener noticias de cada naufragio, la familia aprovechaba la nueva tecnología de los telégrafos y con los años perfeccionaron su técnica. De esta manera también rápidamente despachaban sus imágenes a periódicos y revistas europeos. Pero sus fotografías no eran meros testimonios de hundimientos, eran escenarios dramáticos y, dentro de su terrible anunciamiento, hermosos.

En su libro The Wreckers, la escritora Bella Bathurst describe las fotografías de los Gibson mejor que nadie:

Los naufragios en otras partes del país generalmente terminan con nada más que una toma granulosa e indeterminada, capturada en mal clima desde un ángulo difícil por el fotógrafo residente de algún periódico local. Usualmente hay rocas que tapan la vista o la tormenta ha oscurecido el detalle, o el barco mismo está demasiado lejos para ser claro. Incluso cuando las fotos sí revelan más que sólo condiciones del clima, la mayoría de los navíos del siglo XX con trabajos inspiran poesía.

Pero estas fotografías son incuestionablemente bellas. No que, uno supone, la tripulación y los pasajeros de estos naufragios se preocuparan mucho por su aspecto mientras se precipitaban a su tumba. Pero al mostrar a estos barcos y a las personas que los rodean con tanto cuidado y veracidad, las fotografías sí les regresan algo de dignidad final.

“El barco”, decía José Emilio Pacheco, “es el símbolo universal de nuestro viaje por el Mar de las Tormentas: la vida. Evoca a un tiempo la cuna y el féretro y la movilidad siempre amenazada por el abismo”. En el momento en que John Gibson comenzó a tomar estas fotografías, los naufragios eran terrores vivos que sucedían a menudo; incluso hoy, que existen otros modos de transporte, siguen manteniendo su prominencia en metáforas de aislamiento y destrucción. Los barcos se siguen hundiendo en la poesía y en la imaginación. Sin embargo, puede haber sobrevivientes.

Los Gibson continuaron su trabajo a lo largo del siglo XX hasta que en 2012 murió Frank, el último de los fotógrafos con esta tradición. Recientemente el National Maritime Museum de Inglaterra adquirió el archivo amasado por la familia Gibson durante más de 125 años en una subasta en Sotheby’s. La colección consta de 1,360 negativos en vidrio y película de más de 200 naufragios en las traicioneras aguas de Cornwall y las islas Sorlingas. Compartimos aquí una selección.

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