Aprender es, en buena medida, una operación artificial que a lo largo de la historia ha conocido diversas técnicas para realizarla de la mejor manera posible.

Repetir hasta memorizar, dibujar esquemas, tener en la boca una goma de mascar de determinado sabor mientras se estudia, inventar recursos mnemotécnicos, son solo algunas de las muchas argucias que estudiantes y profesores de todas las épocas han puesto en operación para conseguir eso tan deseado: aprender.

Pero pocas veces encontraremos un esfuerzo tan notable de síntesis y esquematización como el que realizó, en el siglo XVII, Martin Meurisse, monje franciscano y profesor de filosofía en el Grand Couvent des Cordeliers de París, quien tradujo las ideas de Aristóteles en complejas representaciones, para beneficio de sus clases y sus alumnos.

En colaboración con el grabador Léonard Gaultier y el impresor Jean Messager, Meurisse condensó las ideas del Estagirita en los dibujos de una ciudad, un árbol, animales, personas, símbolos, figuras geométricas y, en suma, en una especie de microcosmos que no sólo es notablemente estético, sino además útil y coherente.

Nada en los grabados de Meurisse está puesto en vano, sino que cada uno de los elementos que conforman el diseño del dibujo se corresponde tanto con la filosofía de Aristóteles como con la lógica progresiva de su enseñanza, de modo tal que basta con seguir las anotaciones incluidas por Meurisse, y encontrar el sentido del diseño, para comenzar a andar el camino del aprendizaje.

La leyenda asegura que Aristóteles filosofaba con sus alumnos mientras paseaban todos por un jardín cercano al templo de Apolo Liceo en Atenas, hábito que les valió el apodo con que pasaron a la historia, los peripatéticos. Muchos siglos después, esa práctica persistió, aun cuando la filosofía entró al espacio cerrado y sedentario de los claustros y las universidades.

Con todo, no hay reflexión sin movimiento, y esa laboriosidad con que Meurisse realizó sus grabados es una exquisita e inesperada prueba de ello.

 

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También en Faena Aleph: 7 recomendaciones para aprender a argumentar tus ideas

 *Imágenes: Dominio Público

Aprender es, en buena medida, una operación artificial que a lo largo de la historia ha conocido diversas técnicas para realizarla de la mejor manera posible.

Repetir hasta memorizar, dibujar esquemas, tener en la boca una goma de mascar de determinado sabor mientras se estudia, inventar recursos mnemotécnicos, son solo algunas de las muchas argucias que estudiantes y profesores de todas las épocas han puesto en operación para conseguir eso tan deseado: aprender.

Pero pocas veces encontraremos un esfuerzo tan notable de síntesis y esquematización como el que realizó, en el siglo XVII, Martin Meurisse, monje franciscano y profesor de filosofía en el Grand Couvent des Cordeliers de París, quien tradujo las ideas de Aristóteles en complejas representaciones, para beneficio de sus clases y sus alumnos.

En colaboración con el grabador Léonard Gaultier y el impresor Jean Messager, Meurisse condensó las ideas del Estagirita en los dibujos de una ciudad, un árbol, animales, personas, símbolos, figuras geométricas y, en suma, en una especie de microcosmos que no sólo es notablemente estético, sino además útil y coherente.

Nada en los grabados de Meurisse está puesto en vano, sino que cada uno de los elementos que conforman el diseño del dibujo se corresponde tanto con la filosofía de Aristóteles como con la lógica progresiva de su enseñanza, de modo tal que basta con seguir las anotaciones incluidas por Meurisse, y encontrar el sentido del diseño, para comenzar a andar el camino del aprendizaje.

La leyenda asegura que Aristóteles filosofaba con sus alumnos mientras paseaban todos por un jardín cercano al templo de Apolo Liceo en Atenas, hábito que les valió el apodo con que pasaron a la historia, los peripatéticos. Muchos siglos después, esa práctica persistió, aun cuando la filosofía entró al espacio cerrado y sedentario de los claustros y las universidades.

Con todo, no hay reflexión sin movimiento, y esa laboriosidad con que Meurisse realizó sus grabados es una exquisita e inesperada prueba de ello.

 

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 *Imágenes: Dominio Público