Los mapas que nos han vendido como fieles reflejos de nuestro mundo carecen de precisión y privilegian algunos países sobre otros, dibujándolos más grandes de lo que son. Habitamos un territorio que nada tiene que ver con su representación iconográfica.

Si hoy en día uno se pregunta de qué tamaño es el Sahara, la única manera de vislumbrarlo es en contraste con el tamaño de algún otro territorio del mapa. Por su dimensión visual, podríamos compáralo con Estados Unidos, que es sólo un poco más grande que la envergadura total del desierto africano. Esta manera de conjeturar el espacio, para alguien que no puede concebir la dimensión de algo tan inmenso en km², es hasta cierto punto efectiva. Al menos nos da el consuelo de la visualización espacial –esa necesidad humana tan cargada de ontologías–, más allá de que sepamos que el Sahara es esencialmente infinito.

Pero si vemos un mapa el día de hoy, Norte América es más grande que África, Alaska más grande que México y China más pequeña que Groenlandia; cuando en realidad China es cuatro veces más grande que Groenlandia, África tres veces más grande que Norte América y México más grande que Alaska. De ahí que conocer la dimensión de un lugar por compararlo con otro es un dictamen ficticio. Todo está distorsionado.

Ya desde el siglo II, los cartógrafos del Imperio Romano sabían que dibujar un mapa preciso de la tierra es básicamente imposible: el mundo es redondo, un mapa es plano. Al aplanar, por ejemplo, la cáscara de una naranja, por más que haya innumerables maneras de hacerlo, nunca tendremos un rectángulo limpio. Sin embrago, la distorsión que tenemos como oficial en nuestros salones de clase y libros de texto son el resultado de la Proyección de Mercator, mapa que fue creado en 1596 para asistir a los navegantes en sus viajes por el mundo.

Y como toda visión general del mundo, los mapas siempre han estado influenciados por los sistemas políticos de su momento. El familiar mapa de Mercator da las formas y las masas precisas, pero a costa de distorsionar sus tamaños en favor de las tierras ricas del Norte. En su fantástica proyección, por ejemplo, además de los problemas mencionados con África, China y México, sugiere que los países escandinavos son más grandes que India, cuando en realidad India es tres veces el tamaño de todos los países escandinavos juntos. Podemos leer la historia política y ontológica de la Tierra con solo revisar sus mapas, y darnos cuenta que todo lo que nos han dado como “cartografía oficial” es un increíble hoax planetario, quizá el más grande de todos.

Incluso hoy, que casi por primera vez tenemos a la mano la habilidad para crear un mapa preciso, las cosas no han cambiado mucho. Google Earth ha transformado la manera en que vemos el mundo; pero con un costo importante. Aún hay muy pocos (si es que hay) acuerdos sobre qué debería incluirse en el mapa y qué regiones “menos importantes” deberían ignorarse. Google Maps afirma que se encuentra en “una búsqueda interminable por el mapa perfecto”, pero Jerry Brotton, historiador, cartógrafo y autor de La historia del mundo en doce mapas, no está tan seguro. Él argumenta que:

Ningún mapa es, o puede ser, una representación definitiva y transparente de su tema que ofrezca un ojo desencarnado del mundo. Cada uno es una negociación continua entre sus creadores y sus usuarios, mientras su entendimiento del mundo cambia.

Google tiene sus propias parcialidades y propósitos al crear inmensos mapamundis, y Brotton cree que estas motivaciones residen en sus metas corporativas. Dejar, por ejemplo, regiones de Sudáfrica en blanco es evidenciar los intereses geopolíticos de la compañía. África queda muy bajo en el orden jerárquico del globo.

Todo lo anterior apunta a que quizá la humanidad no quiera realmente ver el planeta tal cual está dispuesto. La representación de África, por ejemplo, no ha cambiado mucho desde que los cartógrafos del siglo XIX solían dibujar elefantes y quimeras por falta de conocimiento de sus pueblos. África sigue siendo, al menos cartográficamente, el corazón de las tinieblas.

Habitamos y recorremos territorios que poco tienen que ver con sus cartas representativas; pero parecemos haber acordado, tanto los cartógrafos como los usuarios, una ficción iconográfica común a todos, en la que cabemos todos, que dejamos de cuestionar hace años. Acaso un día tengamos a la mano una versión precisa de nuestro mundo y, al verla, no podamos sino sentirnos extranjeros en ella. Nuestro mapa es nuestra alegoría, nuestro espejo: somos seres políticos y estamos más cómodos ahí donde hay efectismos y alteraciones.

Mientras tanto tenemos, al menos, el consuelo de la máxima de Alfred Korzybski, que nos recuerda tajantemente que “el mapa no es el territorio”.

Los mapas que nos han vendido como fieles reflejos de nuestro mundo carecen de precisión y privilegian algunos países sobre otros, dibujándolos más grandes de lo que son. Habitamos un territorio que nada tiene que ver con su representación iconográfica.

Si hoy en día uno se pregunta de qué tamaño es el Sahara, la única manera de vislumbrarlo es en contraste con el tamaño de algún otro territorio del mapa. Por su dimensión visual, podríamos compáralo con Estados Unidos, que es sólo un poco más grande que la envergadura total del desierto africano. Esta manera de conjeturar el espacio, para alguien que no puede concebir la dimensión de algo tan inmenso en km², es hasta cierto punto efectiva. Al menos nos da el consuelo de la visualización espacial –esa necesidad humana tan cargada de ontologías–, más allá de que sepamos que el Sahara es esencialmente infinito.

Pero si vemos un mapa el día de hoy, Norte América es más grande que África, Alaska más grande que México y China más pequeña que Groenlandia; cuando en realidad China es cuatro veces más grande que Groenlandia, África tres veces más grande que Norte América y México más grande que Alaska. De ahí que conocer la dimensión de un lugar por compararlo con otro es un dictamen ficticio. Todo está distorsionado.

Ya desde el siglo II, los cartógrafos del Imperio Romano sabían que dibujar un mapa preciso de la tierra es básicamente imposible: el mundo es redondo, un mapa es plano. Al aplanar, por ejemplo, la cáscara de una naranja, por más que haya innumerables maneras de hacerlo, nunca tendremos un rectángulo limpio. Sin embrago, la distorsión que tenemos como oficial en nuestros salones de clase y libros de texto son el resultado de la Proyección de Mercator, mapa que fue creado en 1596 para asistir a los navegantes en sus viajes por el mundo.

Y como toda visión general del mundo, los mapas siempre han estado influenciados por los sistemas políticos de su momento. El familiar mapa de Mercator da las formas y las masas precisas, pero a costa de distorsionar sus tamaños en favor de las tierras ricas del Norte. En su fantástica proyección, por ejemplo, además de los problemas mencionados con África, China y México, sugiere que los países escandinavos son más grandes que India, cuando en realidad India es tres veces el tamaño de todos los países escandinavos juntos. Podemos leer la historia política y ontológica de la Tierra con solo revisar sus mapas, y darnos cuenta que todo lo que nos han dado como “cartografía oficial” es un increíble hoax planetario, quizá el más grande de todos.

Incluso hoy, que casi por primera vez tenemos a la mano la habilidad para crear un mapa preciso, las cosas no han cambiado mucho. Google Earth ha transformado la manera en que vemos el mundo; pero con un costo importante. Aún hay muy pocos (si es que hay) acuerdos sobre qué debería incluirse en el mapa y qué regiones “menos importantes” deberían ignorarse. Google Maps afirma que se encuentra en “una búsqueda interminable por el mapa perfecto”, pero Jerry Brotton, historiador, cartógrafo y autor de La historia del mundo en doce mapas, no está tan seguro. Él argumenta que:

Ningún mapa es, o puede ser, una representación definitiva y transparente de su tema que ofrezca un ojo desencarnado del mundo. Cada uno es una negociación continua entre sus creadores y sus usuarios, mientras su entendimiento del mundo cambia.

Google tiene sus propias parcialidades y propósitos al crear inmensos mapamundis, y Brotton cree que estas motivaciones residen en sus metas corporativas. Dejar, por ejemplo, regiones de Sudáfrica en blanco es evidenciar los intereses geopolíticos de la compañía. África queda muy bajo en el orden jerárquico del globo.

Todo lo anterior apunta a que quizá la humanidad no quiera realmente ver el planeta tal cual está dispuesto. La representación de África, por ejemplo, no ha cambiado mucho desde que los cartógrafos del siglo XIX solían dibujar elefantes y quimeras por falta de conocimiento de sus pueblos. África sigue siendo, al menos cartográficamente, el corazón de las tinieblas.

Habitamos y recorremos territorios que poco tienen que ver con sus cartas representativas; pero parecemos haber acordado, tanto los cartógrafos como los usuarios, una ficción iconográfica común a todos, en la que cabemos todos, que dejamos de cuestionar hace años. Acaso un día tengamos a la mano una versión precisa de nuestro mundo y, al verla, no podamos sino sentirnos extranjeros en ella. Nuestro mapa es nuestra alegoría, nuestro espejo: somos seres políticos y estamos más cómodos ahí donde hay efectismos y alteraciones.

Mientras tanto tenemos, al menos, el consuelo de la máxima de Alfred Korzybski, que nos recuerda tajantemente que “el mapa no es el territorio”.

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