Esta es la historia de una de las epidemias más antiguas (y extravagantes) jamás registradas. Todo comenzó con un pequeño grupo de personas bailando al aire libre en el calor del verano de 1518 y terminó como una emergencia en la que las autoridades tuvieron que intervenir ante cientos de personas danzando frenéticamente sin parar durante días. Es difícil saber cómo o por qué sucedió el insólito acontecimiento, pero registros de la época pueden darnos algunas pistas.

Empapados en sudor, los bailarines sólo se detenían a comer o tomar agua ante una audiencia de personas que los miraban en absoluto asombro. En el curso de los siguientes tres meses de ese caluroso verano, la epidemia se extendió en la ciudad francesa de Estrasburgo, y  muchos perecieron en esta compulsión colectiva. Hoy este fenómeno resulta sorprendente y hasta cierto punto misterioso, pero existen algunos registros de entre los cuales destaca el del médico Paracelso. De acuerdo a un recuento que este célebre doctor escribió, la “epidemia de baile de Estrasburgo” comenzó a mediados de julio de 1518, cuando una mujer salió a la calle y comenzó a bailar sola. Una semana después, docenas de personas se habían unido a ella.

Por su parte, los burgueses y poderosos de Estrasburgo se sintieron profundamente molestos. El escritor Sebastian Brant, por ejemplo, dedicó todo un capítulo de su exitosa guía moral La nave de los necios a esta fiebre por el baile, y al consultar a consejeros y médicos de la ciudad, éstos aseguraron que la causa del suceso era un exceso de sangre demasiado caliente en el cerebro de los danzantes. Los doctores recetaron a los afectados con un remedio un poco inverosímil: seguir bailando. Así, un mercado fue acondicionado, una banda de músicos fue contratada y los afectados por la epidemia fueron escoltados hasta ahí con al esperanza de que el baile les curara la fiebre por el baile.

Un poema que fue encontrado en los archivos de la ciudad narra lo que sucedió a continuación. La gente siguió bailando sin parar, hasta que muchos de ellos cayeron muertos. Cuando los consejeros de la ciudad encontraron que su supuesta solución había sido un error, prohibieron la danza y la música en espacios públicos. Finalmente y como una última medida, los bailarines fueron llevados a un templo ubicado en una gruta en las montañas de Saverne dedicado a San Vito. Una vez ahí, fueron calzados con zapatos rojos y guiados para que bailaran alrededor del ídolo. En las semanas que siguieron, la fiebre paró.

Este curioso suceso ha sobrevivido en la memoria de muchos, acompañado de varios misterios como, por ejemplo, los zapatos rojos, el intento por frenar el baile con más baile o el hecho de que tanta gente haya muerto de forma tan extraña —de acuerdo con testigos de la época, 15 personas al día, al menos durante los primeros días.

Algunos estudiosos han atribuido este suceso al ergotismo, un tipo de envenenamiento conocido también como “fiebre de San Antonio” que deriva de la ingesta de alimentos contaminados por micotoxinas, es decir, hongos alucinógenos. Pero esta teoría es rebatible ya que ninguna intoxicación de esta naturaleza permite a una persona bailar durante días sin parar, además de que muchos de los testigos aseguran que la gente parecía bailar sin querer hacerlo. Otros, fascinados por este extraño suceso, han asegurado que la epidemia de Estrasburgo fue el producto de una enfermedad psicogénica masiva, un tipo de histeria colectiva.

Durante siglos, han existido otros casos de bailes colectivos en la zona, lo que ha llevado a algunos a asegurar que estos brotes son producto del castigo de San Vito, una presunción que posiblemente causó la crisis hace 500 años. Sólo bastaban unos cuantos creyentes con la suficiente convicción para convencer a cientos. Además, se sabe que esa época fue especialmente mala para la zona pues estuvo llena de epidemias y pobreza, y esto pudo ser otro de los factores causantes de esta reacción masiva.

A cinco siglos del suceso —uno que podría bien recordarnos aquellas fiestas que duraban días, incluían música electrónica y nacieron en la década de 1980— es posible decir que la curiosa epidemia aún puede invitarnos a reflexionar sobre el poder de la mente humana y, también, sobre el extraño y asombroso poder que sobre nosotros ejerce el baile.

Vía The Guardian

 

 

Imagen: Wikimedia Commons

Esta es la historia de una de las epidemias más antiguas (y extravagantes) jamás registradas. Todo comenzó con un pequeño grupo de personas bailando al aire libre en el calor del verano de 1518 y terminó como una emergencia en la que las autoridades tuvieron que intervenir ante cientos de personas danzando frenéticamente sin parar durante días. Es difícil saber cómo o por qué sucedió el insólito acontecimiento, pero registros de la época pueden darnos algunas pistas.

Empapados en sudor, los bailarines sólo se detenían a comer o tomar agua ante una audiencia de personas que los miraban en absoluto asombro. En el curso de los siguientes tres meses de ese caluroso verano, la epidemia se extendió en la ciudad francesa de Estrasburgo, y  muchos perecieron en esta compulsión colectiva. Hoy este fenómeno resulta sorprendente y hasta cierto punto misterioso, pero existen algunos registros de entre los cuales destaca el del médico Paracelso. De acuerdo a un recuento que este célebre doctor escribió, la “epidemia de baile de Estrasburgo” comenzó a mediados de julio de 1518, cuando una mujer salió a la calle y comenzó a bailar sola. Una semana después, docenas de personas se habían unido a ella.

Por su parte, los burgueses y poderosos de Estrasburgo se sintieron profundamente molestos. El escritor Sebastian Brant, por ejemplo, dedicó todo un capítulo de su exitosa guía moral La nave de los necios a esta fiebre por el baile, y al consultar a consejeros y médicos de la ciudad, éstos aseguraron que la causa del suceso era un exceso de sangre demasiado caliente en el cerebro de los danzantes. Los doctores recetaron a los afectados con un remedio un poco inverosímil: seguir bailando. Así, un mercado fue acondicionado, una banda de músicos fue contratada y los afectados por la epidemia fueron escoltados hasta ahí con al esperanza de que el baile les curara la fiebre por el baile.

Un poema que fue encontrado en los archivos de la ciudad narra lo que sucedió a continuación. La gente siguió bailando sin parar, hasta que muchos de ellos cayeron muertos. Cuando los consejeros de la ciudad encontraron que su supuesta solución había sido un error, prohibieron la danza y la música en espacios públicos. Finalmente y como una última medida, los bailarines fueron llevados a un templo ubicado en una gruta en las montañas de Saverne dedicado a San Vito. Una vez ahí, fueron calzados con zapatos rojos y guiados para que bailaran alrededor del ídolo. En las semanas que siguieron, la fiebre paró.

Este curioso suceso ha sobrevivido en la memoria de muchos, acompañado de varios misterios como, por ejemplo, los zapatos rojos, el intento por frenar el baile con más baile o el hecho de que tanta gente haya muerto de forma tan extraña —de acuerdo con testigos de la época, 15 personas al día, al menos durante los primeros días.

Algunos estudiosos han atribuido este suceso al ergotismo, un tipo de envenenamiento conocido también como “fiebre de San Antonio” que deriva de la ingesta de alimentos contaminados por micotoxinas, es decir, hongos alucinógenos. Pero esta teoría es rebatible ya que ninguna intoxicación de esta naturaleza permite a una persona bailar durante días sin parar, además de que muchos de los testigos aseguran que la gente parecía bailar sin querer hacerlo. Otros, fascinados por este extraño suceso, han asegurado que la epidemia de Estrasburgo fue el producto de una enfermedad psicogénica masiva, un tipo de histeria colectiva.

Durante siglos, han existido otros casos de bailes colectivos en la zona, lo que ha llevado a algunos a asegurar que estos brotes son producto del castigo de San Vito, una presunción que posiblemente causó la crisis hace 500 años. Sólo bastaban unos cuantos creyentes con la suficiente convicción para convencer a cientos. Además, se sabe que esa época fue especialmente mala para la zona pues estuvo llena de epidemias y pobreza, y esto pudo ser otro de los factores causantes de esta reacción masiva.

A cinco siglos del suceso —uno que podría bien recordarnos aquellas fiestas que duraban días, incluían música electrónica y nacieron en la década de 1980— es posible decir que la curiosa epidemia aún puede invitarnos a reflexionar sobre el poder de la mente humana y, también, sobre el extraño y asombroso poder que sobre nosotros ejerce el baile.

Vía The Guardian

 

 

Imagen: Wikimedia Commons