Cuando la musa gozaba de más respeto y de un lugar fundamental en el acto de la escritura, todos los escritores tenían un escritor fantasma. La literatura vibraba en tres dimensiones: la musa que dictaba, el escritor que mediaba, el texto. La historia de Pearl Curran y su musa fantasma Patience Worth –a quién invocó en una tabla de ouija– es una gran manera de ilustrar la relación entre un escritor y su fantasma (o musa), de la manera más exótica y literal.

En 1913, la escritora Pearl Curran tuvo su primera comunicación exitosa con un muerto a través de su tablero de ouija. “De esta correspondencia inicial, Curran escribió (o transcribió, dependiendo de la perspectiva) millones de palabras que atribuyó a una poeta del siglo XVII que se hacía llamar Patience Worth”, relata Ed Simon para Public Domain Review. Lo sorprendente del caso es que las novelas históricas, tratados religiosos y poemas líricos de considerable mérito literario que Curran publicó a partir de esto fueron recibidos con brazos abiertos por académicos como ejemplos auténticos de literatura norteamericana mediada más allá de la tumba. Más sorprendente aún, los lectores y críticos estuvieron de acuerdo en que este era el trabajo de una mujer que aseguraba haber estado muerta por más de dos siglos y medio.

Hay, por supuesto, más de una probabilidad ante la situación. La primera es que los escritos son documentos auténticos que proporcionan espectacular evidencia de la sobrevivencia humana después de la muerte. La segunda es que haya sido un intrincado e impresionante engaño que logró timar a académicos, críticos y editores por igual (lo cual no le quita mérito a Curran, sino acaso le añade). Pero hay una tercera posibilidad que se antoja como la más viable: que estos textos fueron producciones literarias improvisadas por un genio que en verdad creía ser un conducto de alguna musa del mas allá. Es decir, que inconscientemente adoptó el papel de médium como una suerte de heterónimo que le daba valor para publicar sus trabajos.

Pearl Curran nació en 1883, hacia el final de un siglo heredero de una bizarra diversidad religiosa. Para cuando comenzó a escribir, a principios del siglo XX, la experimentación ocultista era acogida por escritores serios como William James, W.B. Yeats o Fernando Pessoa. La figura de Patience Worth se reveló en un momento perfecto, además de que en los tiempos, por su pasividad y pureza, las mujeres eran consideradas como receptáculos ideales para recibir noticias del “Otro lado” ––recordemos a Madame Blavatsky.

Pero el caso de Curran es distinto. Médiums como Blavatsky siempre delinearon enfáticamente sus escritos propios de aquellos atribuidos a espíritus; y los segundos eran cortos; algunos versos o cometarios aislados. Curran, en cambio, produjo un increíble número de escritos, todos atribuidos a Patience Worth. Hay cientos de poemas, cartas y novelas como Telka, The Sorry Tale, Hope Trueblood, The Pot upon the Wheel, Samuel Wheaton, An Elizabethan Mask, algunas de las cuales tenían más de 600 páginas de largo. Si todo era un engaño esotérico, fue un engaño extremadamente complejo y difícil.

Aunque no tengamos que explicar la tan prolífica carrera de Currant, enmarcada de una manera tan extraña, y sugerir que Patience Worth era una persona real, existe la posibilidad de que Currant haya entendido la autoría de una manera anti-convencional y realmente anticipada a su tiempo. Su corpus proporciona una ocasión para preguntarnos de dónde viene la inspiración, cómo operan los escritores (¿de dónde viene su obra?) y qué es lo que importa cuando leemos un texto. “La muerte del autor” de Roland Barthes podría ser una buena pista (tanto el lector como el académico deben sentirse cómodos con la idea de que el autor es en sí una suerte de ficción).

Por mucho tiempo, los escritos de Currant (o Worth) fueron relegados al olvido por su supuesta proveniencia (aunque, sin comparar calidad literaria, ello nunca le sucedió a W.B. Yeats quien atribuía algunos de sus poemas a un espíritu llamado Leo Africanus, que encontró también por medio de una tabla de ouija), pero por fortuna se están volviendo a revisar. Los orígenes de sus textos no deben ser un impedimento para su estudio racional o sus cualidades estructurales; más bien debería ser un fascinante recuento de las relaciones entre un autor y sus fantasmas; una fuente de fecundas preguntas en cuanto a la autoría y las razones por las que leemos.

La historia de Curran y Worth, ese prolífico dúo sobrenatural, es una fascinante joya que habla de un momento olvidado en la historia en que académicos y charlatanes, lo racional y lo oculto, los eruditos y la magia se mezclaban en un solo discurso popular. “Lo que para los demás es el inconsciente”, dijo Ray Bradbury, “para el escritor se convierte en La Musa. Son dos nombres de lo mismo”.

Cuando la musa gozaba de más respeto y de un lugar fundamental en el acto de la escritura, todos los escritores tenían un escritor fantasma. La literatura vibraba en tres dimensiones: la musa que dictaba, el escritor que mediaba, el texto. La historia de Pearl Curran y su musa fantasma Patience Worth –a quién invocó en una tabla de ouija– es una gran manera de ilustrar la relación entre un escritor y su fantasma (o musa), de la manera más exótica y literal.

En 1913, la escritora Pearl Curran tuvo su primera comunicación exitosa con un muerto a través de su tablero de ouija. “De esta correspondencia inicial, Curran escribió (o transcribió, dependiendo de la perspectiva) millones de palabras que atribuyó a una poeta del siglo XVII que se hacía llamar Patience Worth”, relata Ed Simon para Public Domain Review. Lo sorprendente del caso es que las novelas históricas, tratados religiosos y poemas líricos de considerable mérito literario que Curran publicó a partir de esto fueron recibidos con brazos abiertos por académicos como ejemplos auténticos de literatura norteamericana mediada más allá de la tumba. Más sorprendente aún, los lectores y críticos estuvieron de acuerdo en que este era el trabajo de una mujer que aseguraba haber estado muerta por más de dos siglos y medio.

Hay, por supuesto, más de una probabilidad ante la situación. La primera es que los escritos son documentos auténticos que proporcionan espectacular evidencia de la sobrevivencia humana después de la muerte. La segunda es que haya sido un intrincado e impresionante engaño que logró timar a académicos, críticos y editores por igual (lo cual no le quita mérito a Curran, sino acaso le añade). Pero hay una tercera posibilidad que se antoja como la más viable: que estos textos fueron producciones literarias improvisadas por un genio que en verdad creía ser un conducto de alguna musa del mas allá. Es decir, que inconscientemente adoptó el papel de médium como una suerte de heterónimo que le daba valor para publicar sus trabajos.

Pearl Curran nació en 1883, hacia el final de un siglo heredero de una bizarra diversidad religiosa. Para cuando comenzó a escribir, a principios del siglo XX, la experimentación ocultista era acogida por escritores serios como William James, W.B. Yeats o Fernando Pessoa. La figura de Patience Worth se reveló en un momento perfecto, además de que en los tiempos, por su pasividad y pureza, las mujeres eran consideradas como receptáculos ideales para recibir noticias del “Otro lado” ––recordemos a Madame Blavatsky.

Pero el caso de Curran es distinto. Médiums como Blavatsky siempre delinearon enfáticamente sus escritos propios de aquellos atribuidos a espíritus; y los segundos eran cortos; algunos versos o cometarios aislados. Curran, en cambio, produjo un increíble número de escritos, todos atribuidos a Patience Worth. Hay cientos de poemas, cartas y novelas como Telka, The Sorry Tale, Hope Trueblood, The Pot upon the Wheel, Samuel Wheaton, An Elizabethan Mask, algunas de las cuales tenían más de 600 páginas de largo. Si todo era un engaño esotérico, fue un engaño extremadamente complejo y difícil.

Aunque no tengamos que explicar la tan prolífica carrera de Currant, enmarcada de una manera tan extraña, y sugerir que Patience Worth era una persona real, existe la posibilidad de que Currant haya entendido la autoría de una manera anti-convencional y realmente anticipada a su tiempo. Su corpus proporciona una ocasión para preguntarnos de dónde viene la inspiración, cómo operan los escritores (¿de dónde viene su obra?) y qué es lo que importa cuando leemos un texto. “La muerte del autor” de Roland Barthes podría ser una buena pista (tanto el lector como el académico deben sentirse cómodos con la idea de que el autor es en sí una suerte de ficción).

Por mucho tiempo, los escritos de Currant (o Worth) fueron relegados al olvido por su supuesta proveniencia (aunque, sin comparar calidad literaria, ello nunca le sucedió a W.B. Yeats quien atribuía algunos de sus poemas a un espíritu llamado Leo Africanus, que encontró también por medio de una tabla de ouija), pero por fortuna se están volviendo a revisar. Los orígenes de sus textos no deben ser un impedimento para su estudio racional o sus cualidades estructurales; más bien debería ser un fascinante recuento de las relaciones entre un autor y sus fantasmas; una fuente de fecundas preguntas en cuanto a la autoría y las razones por las que leemos.

La historia de Curran y Worth, ese prolífico dúo sobrenatural, es una fascinante joya que habla de un momento olvidado en la historia en que académicos y charlatanes, lo racional y lo oculto, los eruditos y la magia se mezclaban en un solo discurso popular. “Lo que para los demás es el inconsciente”, dijo Ray Bradbury, “para el escritor se convierte en La Musa. Son dos nombres de lo mismo”.

Etiquetado: , , , , , , ,