Existe una femineidad casi esencial en el Art Nouveau. Por eso, no es una sorpresa que dos mujeres, provenientes de la ciudad escocesa de Glasgow, hayan estado entre los creadores que dictaron las bases estéticas de la corriente artística que iluminó Europa entre 1890 y 1915. A pesar de que hoy Margaret y Frances MacDonald son poco conocidas, ellas formaron parte de la Escuela de Glasgow, un importante círculo de artistas modernos escoceses —al lado de Charles Rennie Mackintosh (quien dio vida a los muebles–fantasma) y Herbert MacNair, ambos esposos de las hermanas, respectivamente.

Mientras en Europa un nuevo arte (y de ahí su nombre) tomaba forma, una escuela que utilizaba elementos naturales, siluetas de plantas y motivos mitológicos como inspiración, los cuatro artistas escoceses estudiaban arte en la Escuela de Arte de Glasgow —de ahí su sobrenombre “los cuatro de Glasgow” (Glasgow four). Inspirados, entre otras cosas, en la espiritualidad celta y el puritanismo victoriano, crearon piezas gráficas que abundaban en siluetas alargadas y graciosas, usando paletas oníricas y etéreas que además mostraban elementos tempranos del arte moderno, como el uso de simetrías y de figuras geométricas.

El arte de estas dos hermanas, la manera en que retratan a las figuras femeninas, era un eco de sus propias vidas. Mientras que en aquella época las mujeres que estudiaban arte lo hacían por placer personal (o tal vez, para sostener charlas llevaderas a la hora del té), ellas hicieron de su arte una forma de vida, una actividad que las llevó a ser exitosas, tanto comercial como intelectualmente, y por lo tanto, profundamente revolucionarias. Al terminar sus estudios, Frances y Margaret abrieron su propio taller; sus carteles, anuncios, acuarelas, su trabajo en metal y textiles se vendían prolíficamente, y sus piezas fueron expuestas en toda Europa. Además de deslumbrar por su trabajo, estas artistas también fueron conocidas por su fraternidad: muchas de sus obras tempranas están firmadas por ambas y, en el caso de algunas otras piezas, ellas nunca supieron decir quién de las dos la había hecho.

Más tarde, cuando las hermanas MacDonald se casaron, Frances y Herbert se mudaron a Liverpool donde hicieron una vida académica, familiar, y siguieron produciendo piezas casi exclusivamente para su hogar. Por su parte, Margaret y Charles se quedaron en Glasgow, donde él habría de convertirse en un famoso arquitecto y diseñador de muebles. A pesar de que hoy en día la figura más recordada es, precisamente, Charles Mackintosh, él y Margaret, además de ser pareja, fueron colegas durante toda su vida.

Etéreas y casi místicas, las piezas de Margaret y Frances influenciaron profundamente la obra de otros artistas del periodo como Hoffmann, Moser e incluso, Gustav Klimt —hombres que hoy son mucho más conocidos que las hermanas MacDonald. La cuna del Art Nouveau, entonces, era Viena y estas artistas vivían a una distancia demasiado grande para mantenerse en el centro del movimiento. Sin embargo, la delicadeza, fuerza y, sobre todo, la originalidad de sus creaciones fueron en parte responsables de uno de los estilos más encantadores de la modernidad europea.

Vía Daily Jstor.

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A Paradox, Frances MacDonald (1905).

 

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The Mysterious Garden, Margaret MacDonald (1911).

 

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Spring, Frances MacDonald (c. 1905).

 

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​Opera of the Winds, Margaret MacDonald (1903).

 

Imágenes: Public Domain / Public Domain

Existe una femineidad casi esencial en el Art Nouveau. Por eso, no es una sorpresa que dos mujeres, provenientes de la ciudad escocesa de Glasgow, hayan estado entre los creadores que dictaron las bases estéticas de la corriente artística que iluminó Europa entre 1890 y 1915. A pesar de que hoy Margaret y Frances MacDonald son poco conocidas, ellas formaron parte de la Escuela de Glasgow, un importante círculo de artistas modernos escoceses —al lado de Charles Rennie Mackintosh (quien dio vida a los muebles–fantasma) y Herbert MacNair, ambos esposos de las hermanas, respectivamente.

Mientras en Europa un nuevo arte (y de ahí su nombre) tomaba forma, una escuela que utilizaba elementos naturales, siluetas de plantas y motivos mitológicos como inspiración, los cuatro artistas escoceses estudiaban arte en la Escuela de Arte de Glasgow —de ahí su sobrenombre “los cuatro de Glasgow” (Glasgow four). Inspirados, entre otras cosas, en la espiritualidad celta y el puritanismo victoriano, crearon piezas gráficas que abundaban en siluetas alargadas y graciosas, usando paletas oníricas y etéreas que además mostraban elementos tempranos del arte moderno, como el uso de simetrías y de figuras geométricas.

El arte de estas dos hermanas, la manera en que retratan a las figuras femeninas, era un eco de sus propias vidas. Mientras que en aquella época las mujeres que estudiaban arte lo hacían por placer personal (o tal vez, para sostener charlas llevaderas a la hora del té), ellas hicieron de su arte una forma de vida, una actividad que las llevó a ser exitosas, tanto comercial como intelectualmente, y por lo tanto, profundamente revolucionarias. Al terminar sus estudios, Frances y Margaret abrieron su propio taller; sus carteles, anuncios, acuarelas, su trabajo en metal y textiles se vendían prolíficamente, y sus piezas fueron expuestas en toda Europa. Además de deslumbrar por su trabajo, estas artistas también fueron conocidas por su fraternidad: muchas de sus obras tempranas están firmadas por ambas y, en el caso de algunas otras piezas, ellas nunca supieron decir quién de las dos la había hecho.

Más tarde, cuando las hermanas MacDonald se casaron, Frances y Herbert se mudaron a Liverpool donde hicieron una vida académica, familiar, y siguieron produciendo piezas casi exclusivamente para su hogar. Por su parte, Margaret y Charles se quedaron en Glasgow, donde él habría de convertirse en un famoso arquitecto y diseñador de muebles. A pesar de que hoy en día la figura más recordada es, precisamente, Charles Mackintosh, él y Margaret, además de ser pareja, fueron colegas durante toda su vida.

Etéreas y casi místicas, las piezas de Margaret y Frances influenciaron profundamente la obra de otros artistas del periodo como Hoffmann, Moser e incluso, Gustav Klimt —hombres que hoy son mucho más conocidos que las hermanas MacDonald. La cuna del Art Nouveau, entonces, era Viena y estas artistas vivían a una distancia demasiado grande para mantenerse en el centro del movimiento. Sin embargo, la delicadeza, fuerza y, sobre todo, la originalidad de sus creaciones fueron en parte responsables de uno de los estilos más encantadores de la modernidad europea.

Vía Daily Jstor.

a-paradox-fm-1905 

A Paradox, Frances MacDonald (1905).

 

the-mysterious-garden-mm-1911 

The Mysterious Garden, Margaret MacDonald (1911).

 

spring-fm 

Spring, Frances MacDonald (c. 1905).

 

opera-of-the-winds-mm-1903 

​Opera of the Winds, Margaret MacDonald (1903).

 

Imágenes: Public Domain / Public Domain