Espaciosos, ventilados y suspendidos por encima del ruido de las urbes, los penthouses son hoy las residencias más cotizadas de la ciudad. Habitar uno significa estar elevado en la región de los techos, ese territorio privilegiado que permite mirar al horizonte y recibir aire puro –aspectos que a menudo se nos olvida que extrañamos hasta que los sentimos de nuevo. Pero antes de existir como tales, las cimas de los edificios eran consideradas inhabitables y sucias; nadie, salvo a algunos trabajadores, se paseaba por allí.

El cambio de paradigma ocurrió en la década de 1920 en Nueva York, después de la Primera Guerra Mundial, cuando la “emancipación de las alturas” llegó como un síntoma necesario para una sociedad aturdida. Hasta 1922 los espacios directamente debajo del techo de los edificios estaban contaminados de hollín, escombro y materiales de construcción, y por lo tanto se les consideraba irrentables; se utilizaban típicamente como cuartos de servicio o de lavandería. Además, los elevadores aún eran una novedad y no resultaban confiables para que un inquilino subiera hasta allá. No es casualidad que en esa misma década de posguerra y modernidad industrial Manhattan necesitara el jazz, el mejoramiento de los parques y una región más trasparente que se encontraba, desde luego, en las alturas que ya había conquistado con sus implacables rascacielos. La necesidad de limpieza y de experimentar el mundo de manera distinta llevó, entre otras cosas, a una inversión completa en la jerarquía vertical.

Penthouse3

Junto con la rápida mejoría de los sistemas de elevadores, los arquitectos aprovecharon para habilitar los espacios del último piso de los edificios: construyeron hermosos departamentos con ventanas enormes en los cuatro puntos cardinales, con terrazas intercaladas con jardines que parecían aislar todo el ruido y el movimiento de las calles. Ahora la cima ya no estaba relegada a los trabajadores y al servicio; era un lugar codiciado por los artistas, los ricos y famosos por igual, que antes preferían el primer piso para tener acceso a la calle y no tener que subir demasiadas escaleras. Entre 1922 y 1923 el gran arquitecto Emery Roth construyó los edificios gemelos de 15 pisos llamados Myron Arms y Jerome Palace en Broadway y la calle 82, y fue para estos rascacielos que el biógrafo de Roth, Steven Ruttenbaum, introdujo la palabra “penthouse” por primera vez en la historia. Luego, en 1925, Roth construyó la Ritz Tower, con sus numerosas terrazas que surgían de entre las nubes, y ello fue el punto culminante en que los neoyorkinos levantaron la mirada al cielo: el bel étage del siglo XX había nacido para, literalmente, ampliar el horizonte de los citadinos.

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Para mejor o peor, la historia de los espacios es también siempre la historia del pensamiento. La inspiración de las cimas, como bien supieron los románticos, invadió el imaginario de los citadinos ávidos de aire y luz y el mundo cayó en cuenta de que estos dos elementos, antes tan menospreciados por la arquitectura, tenían enormes beneficios para la salud. Pero además, el punto de vista aéreo del que se gozaba en un penthouse significaba un desapego físico y anímico del ruido mundanal, y por lo tanto un bellísimo cambio de perspectiva. La década de los 20 inauguró la vista panorámica como una fuente importante de especulación: mirar las copas de los árboles, los trenes silenciosos a lo lejos y el skyline de una ciudad es suficiente para incitar la reflexión. No por nada se le llama “visionarios” a aquellos que tienen cierto dominio sobre las cosas y por ello consiguen mirar lejos, al futuro. Ampliar los horizontes es mucho más que una metáfora consabida; es un acto necesario para llenarse los ojos de luz, para entender el mundo y obtener limpieza.

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Espaciosos, ventilados y suspendidos por encima del ruido de las urbes, los penthouses son hoy las residencias más cotizadas de la ciudad. Habitar uno significa estar elevado en la región de los techos, ese territorio privilegiado que permite mirar al horizonte y recibir aire puro –aspectos que a menudo se nos olvida que extrañamos hasta que los sentimos de nuevo. Pero antes de existir como tales, las cimas de los edificios eran consideradas inhabitables y sucias; nadie, salvo a algunos trabajadores, se paseaba por allí.

El cambio de paradigma ocurrió en la década de 1920 en Nueva York, después de la Primera Guerra Mundial, cuando la “emancipación de las alturas” llegó como un síntoma necesario para una sociedad aturdida. Hasta 1922 los espacios directamente debajo del techo de los edificios estaban contaminados de hollín, escombro y materiales de construcción, y por lo tanto se les consideraba irrentables; se utilizaban típicamente como cuartos de servicio o de lavandería. Además, los elevadores aún eran una novedad y no resultaban confiables para que un inquilino subiera hasta allá. No es casualidad que en esa misma década de posguerra y modernidad industrial Manhattan necesitara el jazz, el mejoramiento de los parques y una región más trasparente que se encontraba, desde luego, en las alturas que ya había conquistado con sus implacables rascacielos. La necesidad de limpieza y de experimentar el mundo de manera distinta llevó, entre otras cosas, a una inversión completa en la jerarquía vertical.

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Junto con la rápida mejoría de los sistemas de elevadores, los arquitectos aprovecharon para habilitar los espacios del último piso de los edificios: construyeron hermosos departamentos con ventanas enormes en los cuatro puntos cardinales, con terrazas intercaladas con jardines que parecían aislar todo el ruido y el movimiento de las calles. Ahora la cima ya no estaba relegada a los trabajadores y al servicio; era un lugar codiciado por los artistas, los ricos y famosos por igual, que antes preferían el primer piso para tener acceso a la calle y no tener que subir demasiadas escaleras. Entre 1922 y 1923 el gran arquitecto Emery Roth construyó los edificios gemelos de 15 pisos llamados Myron Arms y Jerome Palace en Broadway y la calle 82, y fue para estos rascacielos que el biógrafo de Roth, Steven Ruttenbaum, introdujo la palabra “penthouse” por primera vez en la historia. Luego, en 1925, Roth construyó la Ritz Tower, con sus numerosas terrazas que surgían de entre las nubes, y ello fue el punto culminante en que los neoyorkinos levantaron la mirada al cielo: el bel étage del siglo XX había nacido para, literalmente, ampliar el horizonte de los citadinos.

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Para mejor o peor, la historia de los espacios es también siempre la historia del pensamiento. La inspiración de las cimas, como bien supieron los románticos, invadió el imaginario de los citadinos ávidos de aire y luz y el mundo cayó en cuenta de que estos dos elementos, antes tan menospreciados por la arquitectura, tenían enormes beneficios para la salud. Pero además, el punto de vista aéreo del que se gozaba en un penthouse significaba un desapego físico y anímico del ruido mundanal, y por lo tanto un bellísimo cambio de perspectiva. La década de los 20 inauguró la vista panorámica como una fuente importante de especulación: mirar las copas de los árboles, los trenes silenciosos a lo lejos y el skyline de una ciudad es suficiente para incitar la reflexión. No por nada se le llama “visionarios” a aquellos que tienen cierto dominio sobre las cosas y por ello consiguen mirar lejos, al futuro. Ampliar los horizontes es mucho más que una metáfora consabida; es un acto necesario para llenarse los ojos de luz, para entender el mundo y obtener limpieza.

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