Los cuerpos de agua existen empapados de misterio y magia. Lugar preferido de las mujeres fantasma y hogar de tantos seres monstruosos y seres mitológicos, los lagos, ríos y mares también han sido fantasmas por sí mismos, una prueba de ello son los que en otros tiempos figuraron como reales en mapas y cartas de navegación del continente americano.

En una edición de 1708 del periódico inglés The Monthly Miscellany of Memoirs for the Curious, el almirante Bartholomew de Fonte narró un fabuloso viaje por Norteamérica. El navegante partió de Lima, Perú, surcó el Pacífico y llegó hasta el norte del continente; una vez ahí, encontró una intrincada ruta de cuerpos de agua, lagos, ríos y un mar interior que le permitieron cruzar hasta el Atlántico —un camino que en aquel entonces, comerciantes y viajeros añoraban encontrar pero que, como sabemos, nunca existió.

La crónica del almirante es fantásticamente detallada. Ayudado por un viento suave, él llegó hasta un lago (al que bautizó el Lago de Fonte) de unos 100 metros de profundidad; ahí encontró enormes bacalaos y abadejos. No sólo eso, el lago estaba lleno de pequeñas islas donde crecían abundantes matas de cerezas, fresas y otras moras silvestres. Las tierras circundantes eran hermosos bosques cubiertos de arbustos y musgos que alimentaban hordas de corpulentos alces.

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El viaje de este personaje y su existencia misma nunca han sido comprobados, y varios estudiosos atribuyen su crónica al editor del periódico inglés. Pero este viaje imaginario nos recuerda que los mapas, en épocas pasadas, estaban hechos de ideas. Al hacer las cartas de Norteamérica, especialmente durante el siglo XVIII, los cartógrafos europeos se inspiraban en las historias de quienes habían viajado a América o en las crónicas que llegaban a sus manos —las líneas en los mapas, en efecto, nacían de crónicas y referencias náuticas. Como era completamente imposible comprobar su veracidad, hasta los cartógrafos más reconocidos hacían cartas llenas de errores y elementos que nunca existieron. Muchos de éstos eran más aspiraciones (que frecuentemente eran vías navegables) o mentiras, que realidades geográficas. En el caso de de Fonte, su ruta hubiera sido una conveniente solución para los comerciantes franceses e ingleses de su época. Así, quienes registraron su trayecto en un plano, tal vez, deseaban que ésta existiera.

Expertos en mapas antiguos, han rastreado la supuesta existencia de un mar interior en Norteamérica hasta el siglo XVI; éste se llamó Mer de la Ouest o Mar del Oeste. Todo empezó cuando el navegante italiano Giovanni de Verrazzano divisó los cuerpos de agua adyacentes a los Bancos Externos (un grupo de islas) de Carolina del Norte y pensó que estaba viendo un océano —mismo que figuro en los mapas un tiempo, para luego desaparecer. El navegante Juan de Fuca (1536-1602), por su parte, describió el Mar del Oeste como un enorme mar interior que habría de aparecer en una gran cantidad de mapas para luego desvanecerse cuando cartógrafos y exploradores pudieron comprobar que nunca existió y que su fantasía obedecía a los intereses de la corona francesa en el Nuevo Mundo. Lo mismo sucedió con un supuesto Río del Oeste que fue dibujado en tantos mapas pero que nunca bañó tierras norteamericanas.

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Los mares y ríos que nunca existieron son capaces de recordarnos la hermosa ficción que es la cartografía —una que, antes de la existencia de los satélites, fue también una expresión de algo más que un mero territorio; los cuerpos de agua que nunca existieron, al igual que las islas fantasma, delineaban deseos, temores, fantasías y también mentiras de quienes los hicieron o alguna vez los narraron.

 

 

 

Imágenes: 1) Public Domain 2) Creative Commons 3) Public Domain

Los cuerpos de agua existen empapados de misterio y magia. Lugar preferido de las mujeres fantasma y hogar de tantos seres monstruosos y seres mitológicos, los lagos, ríos y mares también han sido fantasmas por sí mismos, una prueba de ello son los que en otros tiempos figuraron como reales en mapas y cartas de navegación del continente americano.

En una edición de 1708 del periódico inglés The Monthly Miscellany of Memoirs for the Curious, el almirante Bartholomew de Fonte narró un fabuloso viaje por Norteamérica. El navegante partió de Lima, Perú, surcó el Pacífico y llegó hasta el norte del continente; una vez ahí, encontró una intrincada ruta de cuerpos de agua, lagos, ríos y un mar interior que le permitieron cruzar hasta el Atlántico —un camino que en aquel entonces, comerciantes y viajeros añoraban encontrar pero que, como sabemos, nunca existió.

La crónica del almirante es fantásticamente detallada. Ayudado por un viento suave, él llegó hasta un lago (al que bautizó el Lago de Fonte) de unos 100 metros de profundidad; ahí encontró enormes bacalaos y abadejos. No sólo eso, el lago estaba lleno de pequeñas islas donde crecían abundantes matas de cerezas, fresas y otras moras silvestres. Las tierras circundantes eran hermosos bosques cubiertos de arbustos y musgos que alimentaban hordas de corpulentos alces.

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El viaje de este personaje y su existencia misma nunca han sido comprobados, y varios estudiosos atribuyen su crónica al editor del periódico inglés. Pero este viaje imaginario nos recuerda que los mapas, en épocas pasadas, estaban hechos de ideas. Al hacer las cartas de Norteamérica, especialmente durante el siglo XVIII, los cartógrafos europeos se inspiraban en las historias de quienes habían viajado a América o en las crónicas que llegaban a sus manos —las líneas en los mapas, en efecto, nacían de crónicas y referencias náuticas. Como era completamente imposible comprobar su veracidad, hasta los cartógrafos más reconocidos hacían cartas llenas de errores y elementos que nunca existieron. Muchos de éstos eran más aspiraciones (que frecuentemente eran vías navegables) o mentiras, que realidades geográficas. En el caso de de Fonte, su ruta hubiera sido una conveniente solución para los comerciantes franceses e ingleses de su época. Así, quienes registraron su trayecto en un plano, tal vez, deseaban que ésta existiera.

Expertos en mapas antiguos, han rastreado la supuesta existencia de un mar interior en Norteamérica hasta el siglo XVI; éste se llamó Mer de la Ouest o Mar del Oeste. Todo empezó cuando el navegante italiano Giovanni de Verrazzano divisó los cuerpos de agua adyacentes a los Bancos Externos (un grupo de islas) de Carolina del Norte y pensó que estaba viendo un océano —mismo que figuro en los mapas un tiempo, para luego desaparecer. El navegante Juan de Fuca (1536-1602), por su parte, describió el Mar del Oeste como un enorme mar interior que habría de aparecer en una gran cantidad de mapas para luego desvanecerse cuando cartógrafos y exploradores pudieron comprobar que nunca existió y que su fantasía obedecía a los intereses de la corona francesa en el Nuevo Mundo. Lo mismo sucedió con un supuesto Río del Oeste que fue dibujado en tantos mapas pero que nunca bañó tierras norteamericanas.

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Los mares y ríos que nunca existieron son capaces de recordarnos la hermosa ficción que es la cartografía —una que, antes de la existencia de los satélites, fue también una expresión de algo más que un mero territorio; los cuerpos de agua que nunca existieron, al igual que las islas fantasma, delineaban deseos, temores, fantasías y también mentiras de quienes los hicieron o alguna vez los narraron.

 

 

 

Imágenes: 1) Public Domain 2) Creative Commons 3) Public Domain