Exactamente 15 minutos después de las 8 de la mañana del 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica destelló sobre Hiroshima, el maestro del bonsái Masaru Yamaki estaba dentro de su invernadero de cristal. Los vidrios rotos le cortaron la cara, 100,000 personas murieron a sus alrededores, pero él y su familia, que vivían a algunos kilómetros del sitio, sobrevivieron. O, mejor dicho, él, su familia y un antiguo bonsái de pino blanco.

Aquel bonsái ya tenía más de 300 años antes de Hiroshima, y había pasado de generación en generación dentro de la familia Yamaki; era de por sí un improbable sobreviviente y testigo de la historia del mundo. Durante 25 años reposó silencioso entre el resto de la colección de bonsáis del Museo Penjing, en Washington D. C., con sus hojas verdísimas y un tronco de más de 18 pulgadas de ancho. Cuando en 1976 Yamaki lo donó al museo para ser parte de la colección otorgada por la Asociación Nipona al arboretum, lo único que realmente se sabía era que el árbol tenía 390 años de edad y había sido cuidado por el donante.

Bonsai 2

El secreto permaneció guardado hasta 2001, cuando dos nietos del maestro Yamaki visitaron el museo en busca de un bonsái del que habían escuchado hablar toda su vida. Se reunieron con el curador del recinto y le relataron la historia. Desde entonces el pino miniatura es llamado “el árbol de la paz”, y es considerado un símbolo de la relación amistosa que emergió entre los dos países en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

Se habla mucho sobre la paciencia de los maestros del bonsái, que tienen que cuidar minuciosamente a los árboles y esperar años para ver manifiestas las formas que diseñan con las ramas, pero pocas veces se habla de la paciencia propia del bonsái. No sabemos de cuántas cosas fue testigo el “pino Yamaki” además de la primera bomba atómica de la historia, pero sabemos que su templanza, a todas luces palpable, es producto de una fortaleza y una paciencia que no nos toca siquiera vislumbrar como seres humanos.

Hiroshima borró tantas imaginaciones, dejó tanto vacío, tantas historias incompletas y silenciadas, que una vez que el pino Yamaki indirectamente contó su historia, se convirtió en un resarcimiento. Hay muchas maneras de contar una historia, hay muchas diminutas historias dentro de la Historia, entre ellas la de un árbol anciano pero miniatura que sobrevivió al sometimiento del hombre y a la guerra y luego fue obsequio de paz para los enemigos.

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Exactamente 15 minutos después de las 8 de la mañana del 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica destelló sobre Hiroshima, el maestro del bonsái Masaru Yamaki estaba dentro de su invernadero de cristal. Los vidrios rotos le cortaron la cara, 100,000 personas murieron a sus alrededores, pero él y su familia, que vivían a algunos kilómetros del sitio, sobrevivieron. O, mejor dicho, él, su familia y un antiguo bonsái de pino blanco.

Aquel bonsái ya tenía más de 300 años antes de Hiroshima, y había pasado de generación en generación dentro de la familia Yamaki; era de por sí un improbable sobreviviente y testigo de la historia del mundo. Durante 25 años reposó silencioso entre el resto de la colección de bonsáis del Museo Penjing, en Washington D. C., con sus hojas verdísimas y un tronco de más de 18 pulgadas de ancho. Cuando en 1976 Yamaki lo donó al museo para ser parte de la colección otorgada por la Asociación Nipona al arboretum, lo único que realmente se sabía era que el árbol tenía 390 años de edad y había sido cuidado por el donante.

Bonsai 2

El secreto permaneció guardado hasta 2001, cuando dos nietos del maestro Yamaki visitaron el museo en busca de un bonsái del que habían escuchado hablar toda su vida. Se reunieron con el curador del recinto y le relataron la historia. Desde entonces el pino miniatura es llamado “el árbol de la paz”, y es considerado un símbolo de la relación amistosa que emergió entre los dos países en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

Se habla mucho sobre la paciencia de los maestros del bonsái, que tienen que cuidar minuciosamente a los árboles y esperar años para ver manifiestas las formas que diseñan con las ramas, pero pocas veces se habla de la paciencia propia del bonsái. No sabemos de cuántas cosas fue testigo el “pino Yamaki” además de la primera bomba atómica de la historia, pero sabemos que su templanza, a todas luces palpable, es producto de una fortaleza y una paciencia que no nos toca siquiera vislumbrar como seres humanos.

Hiroshima borró tantas imaginaciones, dejó tanto vacío, tantas historias incompletas y silenciadas, que una vez que el pino Yamaki indirectamente contó su historia, se convirtió en un resarcimiento. Hay muchas maneras de contar una historia, hay muchas diminutas historias dentro de la Historia, entre ellas la de un árbol anciano pero miniatura que sobrevivió al sometimiento del hombre y a la guerra y luego fue obsequio de paz para los enemigos.

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