No pressure, no diamonds. 

Thomas Carlyle

Lo más extraño del diamante es que desaparece. Químicamente es sólo un pedazo de carbón. A diferencia del rubí u otras piedras preciosas que jamás cambian de estructura, a altas temperaturas el diamante se consumirá por completo hasta convertirse en gas de ácido carbónico. El hecho es extraño porque, como todo el mundo sabe, el diamante es símbolo de lo eterno; “los diamantes son para siempre”, dijo el copywriter de una industria de diamantes como eslogan para venderlos.

Pero no obstante su pasivo contingente, el diamante es espectacular. Como ninguna otra piedra preciosa, si se le frota, por ejemplo, exhibe electricidad vítrea. Si se le pasa una chispa eléctrica por encima, la piedra se vuelve fosforescente y retiene esta cualidad por algún tiempo. Estas son sólo algunas de las pruebas técnicas que usan los joyeros para descartar diamantes falsos o sintéticos, pero ya el hecho de que los haya falsos dice mucho de su valor simbólico y material. Para empezar, saber que la formación de un diamante ocurre en las entrañas de la Tierra, a unos 250 kilómetros bajo la superficie y bajo temperaturas de más de 1,500°C, es suficiente para reconocerlos como un tesoro del tiempo, además del conocer el largo proceso que toma limpiarlos y cortarlos para enfatizar sus características especiales.

La historia de su fama comenzó hace mucho más de lo que imaginamos, desde los griegos clásicos que vestían a sus dioses con el llamado adamas, un material “no conquistable” que después significaría diamante (adamant). La espada de Cronos, el casco de Heracles y las cadenas que ataron a Prometeo estaban compuestos de adamas. Luego, los poetas romanos copiaron la idea y construyeron las puertas del Hades con el mismo material eterno y ya en la Edad Media se creía que eran “las lágrimas de los dioses”, por lo cual se usaban como talismanes en el campo de batalla. Mas su prestigio entre los mortales comenzó en los tiempos de Carlomagno (768 a 814) y culminó, desde luego, con Luis XIV y Carlota de Francia, cuando el famoso Travenier visitó el Oriente para coleccionar piedras preciosas y regresó con el diamante más grande de que se tenga registro hasta hoy.

Dicho diamante, según los diarios de Travenier, fue encontrado en Persia y pesó 900 quilates, aunque no hay testimonio físico de que de hecho haya existido. La tesorería francesa, sin embargo, sí tiene en su colección al famoso diamante Regent, que es por mucho el más grande de su ostentosísimo acervo de minerales y piedras. De su peso original de 410 quilates ha sido cortado a 1361/2. Su pureza absoluta y la elegancia de su corte lo tuvieron por mucho tiempo en el estatus más alto de los diamantes conocidos. “Un diamante tan grande como el Ritz”, diría Scott Fitzgerald.

Sobre decir que muchas culturas vieron el diamante como un símbolo del proceso evolutivo del ser humano. Una de las más famosas es la filosofía tibetana del vajrayana o “el camino del diamante”, que tomó la piedra para ilustrar cómo el hombre comienza como un grafito y, si lleva a cabo un trabajo interno constante, terminará en su última expresión luminosa y pura.

La idea de dar un anillo de diamante como símbolo de compromiso, que es su insignia al día de hoy, tiene también mucho que ver con su luminosidad (su incomparable índice de refracción) y, por supuesto, con la creencia de que durará perpetuamente. Los diamantes no son para siempre, como se nos dijo cuando explotaban las minas de Sudáfrica para venderlos, pero la verdad escondida en un diamante sí es eterna y suprema, como notó la maga y alquimista Madame Blavatsky.

No pressure, no diamonds. 

Thomas Carlyle

Lo más extraño del diamante es que desaparece. Químicamente es sólo un pedazo de carbón. A diferencia del rubí u otras piedras preciosas que jamás cambian de estructura, a altas temperaturas el diamante se consumirá por completo hasta convertirse en gas de ácido carbónico. El hecho es extraño porque, como todo el mundo sabe, el diamante es símbolo de lo eterno; “los diamantes son para siempre”, dijo el copywriter de una industria de diamantes como eslogan para venderlos.

Pero no obstante su pasivo contingente, el diamante es espectacular. Como ninguna otra piedra preciosa, si se le frota, por ejemplo, exhibe electricidad vítrea. Si se le pasa una chispa eléctrica por encima, la piedra se vuelve fosforescente y retiene esta cualidad por algún tiempo. Estas son sólo algunas de las pruebas técnicas que usan los joyeros para descartar diamantes falsos o sintéticos, pero ya el hecho de que los haya falsos dice mucho de su valor simbólico y material. Para empezar, saber que la formación de un diamante ocurre en las entrañas de la Tierra, a unos 250 kilómetros bajo la superficie y bajo temperaturas de más de 1,500°C, es suficiente para reconocerlos como un tesoro del tiempo, además del conocer el largo proceso que toma limpiarlos y cortarlos para enfatizar sus características especiales.

La historia de su fama comenzó hace mucho más de lo que imaginamos, desde los griegos clásicos que vestían a sus dioses con el llamado adamas, un material “no conquistable” que después significaría diamante (adamant). La espada de Cronos, el casco de Heracles y las cadenas que ataron a Prometeo estaban compuestos de adamas. Luego, los poetas romanos copiaron la idea y construyeron las puertas del Hades con el mismo material eterno y ya en la Edad Media se creía que eran “las lágrimas de los dioses”, por lo cual se usaban como talismanes en el campo de batalla. Mas su prestigio entre los mortales comenzó en los tiempos de Carlomagno (768 a 814) y culminó, desde luego, con Luis XIV y Carlota de Francia, cuando el famoso Travenier visitó el Oriente para coleccionar piedras preciosas y regresó con el diamante más grande de que se tenga registro hasta hoy.

Dicho diamante, según los diarios de Travenier, fue encontrado en Persia y pesó 900 quilates, aunque no hay testimonio físico de que de hecho haya existido. La tesorería francesa, sin embargo, sí tiene en su colección al famoso diamante Regent, que es por mucho el más grande de su ostentosísimo acervo de minerales y piedras. De su peso original de 410 quilates ha sido cortado a 1361/2. Su pureza absoluta y la elegancia de su corte lo tuvieron por mucho tiempo en el estatus más alto de los diamantes conocidos. “Un diamante tan grande como el Ritz”, diría Scott Fitzgerald.

Sobre decir que muchas culturas vieron el diamante como un símbolo del proceso evolutivo del ser humano. Una de las más famosas es la filosofía tibetana del vajrayana o “el camino del diamante”, que tomó la piedra para ilustrar cómo el hombre comienza como un grafito y, si lleva a cabo un trabajo interno constante, terminará en su última expresión luminosa y pura.

La idea de dar un anillo de diamante como símbolo de compromiso, que es su insignia al día de hoy, tiene también mucho que ver con su luminosidad (su incomparable índice de refracción) y, por supuesto, con la creencia de que durará perpetuamente. Los diamantes no son para siempre, como se nos dijo cuando explotaban las minas de Sudáfrica para venderlos, pero la verdad escondida en un diamante sí es eterna y suprema, como notó la maga y alquimista Madame Blavatsky.

Etiquetado: , ,