La vida tal y como es debería ser razón suficiente para reír.

Es tan absurda, tan ridícula. Es tan hermosa, tan maravillosa.

Es todo tipo de cosas al mismo tiempo.

Es una gran broma cósmica.

Osho

¿Te has dado cuenta de que a menudo las imágenes de los Budas aparecen con una breve pero inconfundible sonrisa, y que muchos maestros espirituales, incluyendo el Dalai Lama, suelen reír sonora y contagiosamente? En la cultura occidental, la religión nos ha enseñado que conceptos como “salvación” y “gloria eterna” deben representarse en la imaginación como fenómenos solemnes, incluso temibles.

Para bien o para mal, cuando buscamos ampliar nuestros horizontes espirituales siempre terminamos volviendo al punto de partida: lo que buscábamos estuvo siempre en nuestro interior, pero es ese periplo, esa odisea, esa vuelta al mundo la que constituye la gracia del camino, la broma del iluminado.

Nos representamos mentalmente la iluminación como un estado caricaturesco, ausente de tensiones y deseos carnales, terrenales, sin pensar que un momento de vida plenamente vivida (esto quiere decir, que sin olvidarnos de que vamos a morir, participamos en el flujo de los acontecimientos sin crear apegos ni aprehensiones) está hecha de instantes iluminados.

En otras palabras, vemos la iluminación como el eslabón final de una cadena, en lugar de ver que la iluminación es la vida misma y nosotros ocurriendo en ella, a cada momento: la condición de la vida es la iluminación, pero al tomarnos demasiado en serio, al no sabernos reír de nosotros mismos, oscurecemos la vida.

El novelista Ernest Hemingway dijo alguna vez:

Trata de aprender a respirar profundamente, de realmente probar la comida cuando comas, y cuando duermas, dormir realmente. Trata, en la medida de lo posible, de estar completamente vivo con toda tu voluntad, y cuando rías, muérete de risa. Y cuando te enojes, enójate bien. Trata de estar vivo. No pasará mucho antes de que estés muerto.

La figura del trickster, el gran bromista que aparece en las mitologías, el cuervo que se burla de la seriedad de la zorra, el bufón que le dice sus verdades al monarca en El rey Lear de Shakespeare, incluso los cómicos inteligentes como Louis C.K. o George Carlin están ahí para decirnos cómo nos vemos cuando nos tomamos muy seriamente a nosotros mismos: nos vemos ridículos.

La carta “Le Mat” del Tarot de Marsella, llamada por lo general “El Loco”, no está numerada, a diferencia del resto de los 21 arcanos mayores. En una lectura de cartas se puede interpretar su aparición como una liberación de las ataduras mentales, intelectuales, incluso físicas o emocionales del consultante; como un estallido de risa en medio del dolor del mundo, incluso como un retorno a la irracionalidad fructífera y a la soledad, lo que se contrapone a la socialización electrónica y mecánica de nuestros días.

El maestro zen Thich Nhat Hanh dijo una vez:

Me rio cuando pienso en cómo alguna vez busqué el paraíso como una dimensión fuera del mundo del nacimiento. Es justamente en el mundo del nacimiento y la muerte que la milagrosa verdad es revelada. Pero ésta no es la risa de alguien que de pronto adquiere una gran fortuna; ni tampoco la risa de uno que ha ganado una victoria. Es, más bien, la risa de quien, luego de buscar dolorosamente algo durante mucho tiempo, se da cuenta una mañana de que siempre lo tuvo en el bolsillo.

Los payasos y los locos de todo tipo nos recuerdan que la vida es una gran broma, y que vivir la vida en serio no quiere decir tomarse la vida muy en serio. Si consideramos que somos una especie de simios que evolucionaron durante miles de años a partir de una anomalía genética que nos permitió hacernos de pulgares oponibles, y que toda la historia de nuestra cultura ha ocurrido sobre una enorme piedra que da vueltas y vueltas alrededor de una estrella incandescente, podemos tomar un poco de perspectiva con respecto a nuestros problemas cotidianos y tratar de enfrentar el hecho de estar vivos desde una perspectiva más lúcida, iluminada, incluso.

La vida tal y como es debería ser razón suficiente para reír.

Es tan absurda, tan ridícula. Es tan hermosa, tan maravillosa.

Es todo tipo de cosas al mismo tiempo.

Es una gran broma cósmica.

Osho

¿Te has dado cuenta de que a menudo las imágenes de los Budas aparecen con una breve pero inconfundible sonrisa, y que muchos maestros espirituales, incluyendo el Dalai Lama, suelen reír sonora y contagiosamente? En la cultura occidental, la religión nos ha enseñado que conceptos como “salvación” y “gloria eterna” deben representarse en la imaginación como fenómenos solemnes, incluso temibles.

Para bien o para mal, cuando buscamos ampliar nuestros horizontes espirituales siempre terminamos volviendo al punto de partida: lo que buscábamos estuvo siempre en nuestro interior, pero es ese periplo, esa odisea, esa vuelta al mundo la que constituye la gracia del camino, la broma del iluminado.

Nos representamos mentalmente la iluminación como un estado caricaturesco, ausente de tensiones y deseos carnales, terrenales, sin pensar que un momento de vida plenamente vivida (esto quiere decir, que sin olvidarnos de que vamos a morir, participamos en el flujo de los acontecimientos sin crear apegos ni aprehensiones) está hecha de instantes iluminados.

En otras palabras, vemos la iluminación como el eslabón final de una cadena, en lugar de ver que la iluminación es la vida misma y nosotros ocurriendo en ella, a cada momento: la condición de la vida es la iluminación, pero al tomarnos demasiado en serio, al no sabernos reír de nosotros mismos, oscurecemos la vida.

El novelista Ernest Hemingway dijo alguna vez:

Trata de aprender a respirar profundamente, de realmente probar la comida cuando comas, y cuando duermas, dormir realmente. Trata, en la medida de lo posible, de estar completamente vivo con toda tu voluntad, y cuando rías, muérete de risa. Y cuando te enojes, enójate bien. Trata de estar vivo. No pasará mucho antes de que estés muerto.

La figura del trickster, el gran bromista que aparece en las mitologías, el cuervo que se burla de la seriedad de la zorra, el bufón que le dice sus verdades al monarca en El rey Lear de Shakespeare, incluso los cómicos inteligentes como Louis C.K. o George Carlin están ahí para decirnos cómo nos vemos cuando nos tomamos muy seriamente a nosotros mismos: nos vemos ridículos.

La carta “Le Mat” del Tarot de Marsella, llamada por lo general “El Loco”, no está numerada, a diferencia del resto de los 21 arcanos mayores. En una lectura de cartas se puede interpretar su aparición como una liberación de las ataduras mentales, intelectuales, incluso físicas o emocionales del consultante; como un estallido de risa en medio del dolor del mundo, incluso como un retorno a la irracionalidad fructífera y a la soledad, lo que se contrapone a la socialización electrónica y mecánica de nuestros días.

El maestro zen Thich Nhat Hanh dijo una vez:

Me rio cuando pienso en cómo alguna vez busqué el paraíso como una dimensión fuera del mundo del nacimiento. Es justamente en el mundo del nacimiento y la muerte que la milagrosa verdad es revelada. Pero ésta no es la risa de alguien que de pronto adquiere una gran fortuna; ni tampoco la risa de uno que ha ganado una victoria. Es, más bien, la risa de quien, luego de buscar dolorosamente algo durante mucho tiempo, se da cuenta una mañana de que siempre lo tuvo en el bolsillo.

Los payasos y los locos de todo tipo nos recuerdan que la vida es una gran broma, y que vivir la vida en serio no quiere decir tomarse la vida muy en serio. Si consideramos que somos una especie de simios que evolucionaron durante miles de años a partir de una anomalía genética que nos permitió hacernos de pulgares oponibles, y que toda la historia de nuestra cultura ha ocurrido sobre una enorme piedra que da vueltas y vueltas alrededor de una estrella incandescente, podemos tomar un poco de perspectiva con respecto a nuestros problemas cotidianos y tratar de enfrentar el hecho de estar vivos desde una perspectiva más lúcida, iluminada, incluso.

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