El fin de año –o de algún otro periodo significativo– en nuestra vida suele venir acompañado de un ánimo reflexivo que nos lleva a considerar las experiencias pasadas, los cambios, los logros y también nuestros pendientes y proyectos inconclusos, así como aquello que quizá nos propusimos pero por que por alguna razón no llevamos a cabo.

Esto último puede llegar a causarnos cierto recelo e incluso un sentimiento de frustración, en especial cuando pensamos en proyectos o propósitos que han sido recurrentes en nuestra vida y que hasta la fecha no podemos obtener o, en otro sentido, otros que al inicio parecían muy sencillos de realizar pero al final terminaron abandonados. No por nada se señala con humor, a este respecto, cómo los gimnasios lucen tan abarrotados en enero como desiertos en diciembre.

¿Qué se necesita para cumplir un propósito? Si lanzáramos esta pregunta a una decena de personas, es muy probable que varias de ellas responderían con ideas asociadas a la fuerza de voluntad, la perseverancia, la firmeza de las intenciones. Algunos más nos aconsejarían métodos para adoptar nuevos hábitos, nos hablarían de cronogramas, estrategias y aun trucos para “engañarnos” a nosotros mismos y obtener así lo que buscamos.

En todos estos casos, la opinión mayoritaria nos animaría a “poder”, es decir, a superar nuestras dudas, calibrar nuestra mira y con paso decidido acercarnos a lo que tanto queremos.

¿Pero no es eso lo que hemos hecho hasta ahora? Nos planteamos ese propósito, damos los primeros pasos con miras en su consecución, hacemos planes, le dedicamos tiempo… Es decir, ponemos la voluntad en ello. Entonces, ¿Qué pasa? ¿No se dice que “querer es poder”?

Con cierto ánimo subversivo podría ser conveniente pensar de otra manera esos propósitos que se repiten una y otra vez en nuestras listas de Año Nuevo. Quizá, después de tanta insistencia, sea momento de aceptar que es imposible realizarlos.

Para algunos esa idea podría parecer derrotista y, por ello, descartable. Si es así, antes de abandonar la lectura de este artículo pedimos que nos permitan exponer nuestros argumentos.

1-6 
¿Qué hay de malo en aceptar que no podemos con algo? Nada, en realidad. De hecho, si revisamos un poco la biografía de personajes destacados, en todas las áreas, descubriremos que la historia de sus logros es indisociable de la historia de sus derrotas.

A pesar de todo, actualmente nos causa pavor la idea de “no poder”. Hay una especie de vergüenza en aceptar que no podemos hacer algo, en buena medida porque en la cultura contemporánea vivimos bajo el signo opuesto, el de la capacidad supuestamente ilimitada de poder siempre y con todo, de pensar que nuestra voluntad es suficiente para obtener lo que queremos.

¿Qué pasaría si aceptáramos que no podemos? De entrada, sentiríamos alivio. La presión de poder suele ser agobiante y, en ese sentido, soltarla se experimenta como dejar una carga, como liberarse de un peso.

Justo por eso no se trata de una derrota, porque no estamos aceptando que no podemos para abandonar nuestros proyectos, nuestros sueños o nuestro deseo. Por el contrario. Si es aceptable el término, podría hablarse de una “retirada estratégica”, una interrupción que nos permita comprender mejor no sólo las condiciones de nuestro proyecto, sino también aquellas de nosotros mismos. Querer algo implica también preguntarnos por qué lo queremos, qué hemos hecho hasta ahora para conseguirlo, qué recursos podemos poner en juego para volverlo realidad. En ese sentido podría decirse que querer es no poder.

No se trata, como vemos, de un problema de voluntad. O no solamente. A veces es necesario darnos cuenta de que nuestra determinación no lo puede todo. Que necesitamos detenernos, reflexionar, dar algunos rodeos, reconsiderar, y también pedir ayuda, asociarnos, pensar que en realidad los proyectos no son nunca individuales, sino el resultado de la suma, la cooperación y el esfuerzo compartido.

Si este fin de año vas a volver a anotar un propósito pendiente en tu lista para el Año Nuevo, ¡hazlo! No te desanimes si es la tercera o cuarta ocasión en que lo haces. Pero ahora abórdalo bajo esta perspectiva. No desde la individualidad, sino desde la cooperación; no como un proyecto concluido y exitoso, sino como una obra en proceso; no desde la certeza, sino desde lo impredecible; no como una emanación de tu voluntad y tu ingenio, sino como un esfuerzo más humilde, más modesto, como los pasos que dan los niños cuando aprenden a caminar: temblorosos, dubitativos, buscando siempre en qué y quién apoyarse (porque quieren caminar, pero no pueden, no todavía).

 

 

Imagen: 1) Wikimedia Commons 2) Creative Commons

El fin de año –o de algún otro periodo significativo– en nuestra vida suele venir acompañado de un ánimo reflexivo que nos lleva a considerar las experiencias pasadas, los cambios, los logros y también nuestros pendientes y proyectos inconclusos, así como aquello que quizá nos propusimos pero por que por alguna razón no llevamos a cabo.

Esto último puede llegar a causarnos cierto recelo e incluso un sentimiento de frustración, en especial cuando pensamos en proyectos o propósitos que han sido recurrentes en nuestra vida y que hasta la fecha no podemos obtener o, en otro sentido, otros que al inicio parecían muy sencillos de realizar pero al final terminaron abandonados. No por nada se señala con humor, a este respecto, cómo los gimnasios lucen tan abarrotados en enero como desiertos en diciembre.

¿Qué se necesita para cumplir un propósito? Si lanzáramos esta pregunta a una decena de personas, es muy probable que varias de ellas responderían con ideas asociadas a la fuerza de voluntad, la perseverancia, la firmeza de las intenciones. Algunos más nos aconsejarían métodos para adoptar nuevos hábitos, nos hablarían de cronogramas, estrategias y aun trucos para “engañarnos” a nosotros mismos y obtener así lo que buscamos.

En todos estos casos, la opinión mayoritaria nos animaría a “poder”, es decir, a superar nuestras dudas, calibrar nuestra mira y con paso decidido acercarnos a lo que tanto queremos.

¿Pero no es eso lo que hemos hecho hasta ahora? Nos planteamos ese propósito, damos los primeros pasos con miras en su consecución, hacemos planes, le dedicamos tiempo… Es decir, ponemos la voluntad en ello. Entonces, ¿Qué pasa? ¿No se dice que “querer es poder”?

Con cierto ánimo subversivo podría ser conveniente pensar de otra manera esos propósitos que se repiten una y otra vez en nuestras listas de Año Nuevo. Quizá, después de tanta insistencia, sea momento de aceptar que es imposible realizarlos.

Para algunos esa idea podría parecer derrotista y, por ello, descartable. Si es así, antes de abandonar la lectura de este artículo pedimos que nos permitan exponer nuestros argumentos.

1-6 
¿Qué hay de malo en aceptar que no podemos con algo? Nada, en realidad. De hecho, si revisamos un poco la biografía de personajes destacados, en todas las áreas, descubriremos que la historia de sus logros es indisociable de la historia de sus derrotas.

A pesar de todo, actualmente nos causa pavor la idea de “no poder”. Hay una especie de vergüenza en aceptar que no podemos hacer algo, en buena medida porque en la cultura contemporánea vivimos bajo el signo opuesto, el de la capacidad supuestamente ilimitada de poder siempre y con todo, de pensar que nuestra voluntad es suficiente para obtener lo que queremos.

¿Qué pasaría si aceptáramos que no podemos? De entrada, sentiríamos alivio. La presión de poder suele ser agobiante y, en ese sentido, soltarla se experimenta como dejar una carga, como liberarse de un peso.

Justo por eso no se trata de una derrota, porque no estamos aceptando que no podemos para abandonar nuestros proyectos, nuestros sueños o nuestro deseo. Por el contrario. Si es aceptable el término, podría hablarse de una “retirada estratégica”, una interrupción que nos permita comprender mejor no sólo las condiciones de nuestro proyecto, sino también aquellas de nosotros mismos. Querer algo implica también preguntarnos por qué lo queremos, qué hemos hecho hasta ahora para conseguirlo, qué recursos podemos poner en juego para volverlo realidad. En ese sentido podría decirse que querer es no poder.

No se trata, como vemos, de un problema de voluntad. O no solamente. A veces es necesario darnos cuenta de que nuestra determinación no lo puede todo. Que necesitamos detenernos, reflexionar, dar algunos rodeos, reconsiderar, y también pedir ayuda, asociarnos, pensar que en realidad los proyectos no son nunca individuales, sino el resultado de la suma, la cooperación y el esfuerzo compartido.

Si este fin de año vas a volver a anotar un propósito pendiente en tu lista para el Año Nuevo, ¡hazlo! No te desanimes si es la tercera o cuarta ocasión en que lo haces. Pero ahora abórdalo bajo esta perspectiva. No desde la individualidad, sino desde la cooperación; no como un proyecto concluido y exitoso, sino como una obra en proceso; no desde la certeza, sino desde lo impredecible; no como una emanación de tu voluntad y tu ingenio, sino como un esfuerzo más humilde, más modesto, como los pasos que dan los niños cuando aprenden a caminar: temblorosos, dubitativos, buscando siempre en qué y quién apoyarse (porque quieren caminar, pero no pueden, no todavía).

 

 

Imagen: 1) Wikimedia Commons 2) Creative Commons