En 1759 apareció Cándido, o el optimismo de Voltaire. Según sus biógrafos y los investigadores de su obra, algunos años antes el escritor se encontraba en uno de los momentos más plácidos de su existencia: había adquirido una propiedad en Ginebra, Suiza, a la que significativamente llamó “Delicias”, que no dudó en comparar con los jardines que caracterizaron la escuela epicúrea, donde la reflexión filosófica en torno al placer se reflejaba en las prácticas cotidianas nacidas de ésta. En cierto modo, Voltaire se había creado su propio paraíso de meditación y recreación.

Pero como podríamos esperar si tenemos en cuenta la historia del ser humano, este retiro edénico no duró mucho. En noviembre de 1755 un terremoto arrasó la ciudad de Lisboa, provocando la muerte de entre 50 mil y 70 mil personas: todas de un solo golpe. Algunos meses más tarde, diversas tensiones políticas entre las potencias europeas condujeron a un conflicto que sería conocido como la Guerra de los siete años, que inició en abril de 1756 y que, poco a poco, entre enfrentamientos abiertos, saqueos y la confusión provocada por las batallas, dejó casi un millón y medio de fallecidos, la mayoría en circunstancias violentas.

Ambos hechos afectaron profundamente a Voltaire. En ese mismo año publicó el Poema sobre el desastre de Lisboa y su célebre Ensayo sobre las costumbres y el Espíritu de las Naciones, en el cual estampó esta frase más bien sombría: “Casi toda la historia es una secuencia de atrocidades inútiles”.

Este pesimismo aparente podría explicarse por la sensibilidad propia del autor. Podemos suponer que Voltaire se sintió apesadumbrado por la fragilidad de la vida humana, y acaso sobre todo asombrado e impotente ante la insignificancia de ésta, que puede terminan de un momento a otro, azarosamente, por causa de un fenómeno que por otro lado, como un sismo, es perfectamente natural.

En otro sentido, lo podemos imaginar también exasperado ante la malicia incurable del hombre, su ambición sin límites y, acaso también, frente a la necedad incurable de nuestra especie que nos ha impedido una y otra vez convivir en paz y en armonía, y más bien nos ha llevado a enfrentarnos hasta niveles trágicos e inverosímiles.

Cuando consideramos nuestra historia desde esa perspectiva más amplia, ¿cómo no compartir el pesar de Voltaire?

Pero más allá de esta empatía, es necesario tomar en cuenta un referente histórico efectivo. En la época en que ocurrieron tanto dichos desastres como la publicación de las obras citadas, una de las corrientes filosóficas en boga era la que encabezó G. W. Leibniz, matemático pero también teólogo, científico, diplomático y jurista. Un estudioso del ser humano y su entorno que, como resultado de sus investigaciones y sus reflexiones, llegó a la conclusión de que este mundo en el que vivimos, es el mejor de todos los mundos posibles. Leibniz sostuvo esta idea en ocasión de un debate con el filósofo francés Pierre Bayle, en el marco del cual demostró que Dios, en su sabiduría y poder infinitos, únicamente pudo crear un mundo que fuera perfecto; de otro modo, si el mundo fuera imperfecto, entonces Dios no es ni omnipotente ni infinitamente sabio.

Ya en el poema dedicado al terremoto de Lisboa y en el Ensayo sobre la historia, Voltaire había satirizado dicha idea, pero en Cándido encontró un medio todavía más efectivo para evidenciar la contradicción entre esa idea y la realidad que el género humano había encarado cotidianamente a lo largo de su historia, una que, ante todo, el ser humano había construido hasta entonces con sus decisiones, sus acciones y sus omisiones.

En su “cuento filosófico”, Voltaire hace transitar a su personaje por las atrocidades más emblemáticas de su época: la guerra, el saqueo, la Inquisición, el colonialismo, la suntuosidad de la nobleza, la miseria del pueblo llano, el robo, el abuso… todo en el marco de una suerte de arco de crecimiento, descubrimiento y, podría decirse, pérdida de cierto “candor” que el protagonista lleva en su nombre.

“Cándido”, en efecto, no es una elección casual para el nombre del personaje que además da título al relato. Aunque se trata de una narración contada en tercera persona (desde la perspectiva del llamado “narrador omnisciente”), desde el inicio y prácticamente hasta el final de ésta se respira un cierto aire de ingenuidad y podría decirse que hasta de inocencia que, si bien en varios momentos del relato parece fuera de lugar, incoherente en vista de los hechos que Cándido enfrenta, en otros es necesario como una especie de esperanza vital que sostiene al personaje ante las atrocidades que experimenta.

Esa es justamente la vigencia que, ahora mismo, podríamos encontrar en la obra de Voltaire. Más allá de ciertos “progresos” técnicos o científicos, podemos preguntarnos: ¿qué tanto ha cambiado el ser humano desde los días de Voltaire? ¿Qué tanto somos mejores con nuestro prójimo y con nuestro mundo en general? ¿Qué tanto hemos sido capaces de cambiar conscientemente nuestra naturaleza para ser más compasivos, más honestos, más conciliadores, etc.? Las respuestas a estas preguntas quizá no parezcan muy alentadoras.

Pero como enseña Cándido, hay algo de ese “optimismo” que es necesario cultivar. No el optimismo ingenuo o candoroso con que este héroe improbable inicia su recorrido. Más bien ese otro optimismo que Voltaire nos muestra al final del relato, una vez que su personaje a atravesado mil y una adversidades y ha comprobado por sí mismo la medida del hombre.

El optimismo que se gana al advertir que la respuesta a la pregunta de si vivimos o no en el mejor de los mundos posible no se obtiene en la reflexión apartada y erudita, sino en la acción y en la convivencia, en la fraternidad y en la valentía; en pocas palabras: en el trabajo cotidiano de quien, como Cándido, se da cuenta de que es necesario cultivar este jardín del Edén que recibimos en heredad.

También en Faena Aleph: ¿Es posible acabar con la guerra? Einstein y Freud lo discuten en estas cartas

 

 

 

Imagen: Creative Commons

En 1759 apareció Cándido, o el optimismo de Voltaire. Según sus biógrafos y los investigadores de su obra, algunos años antes el escritor se encontraba en uno de los momentos más plácidos de su existencia: había adquirido una propiedad en Ginebra, Suiza, a la que significativamente llamó “Delicias”, que no dudó en comparar con los jardines que caracterizaron la escuela epicúrea, donde la reflexión filosófica en torno al placer se reflejaba en las prácticas cotidianas nacidas de ésta. En cierto modo, Voltaire se había creado su propio paraíso de meditación y recreación.

Pero como podríamos esperar si tenemos en cuenta la historia del ser humano, este retiro edénico no duró mucho. En noviembre de 1755 un terremoto arrasó la ciudad de Lisboa, provocando la muerte de entre 50 mil y 70 mil personas: todas de un solo golpe. Algunos meses más tarde, diversas tensiones políticas entre las potencias europeas condujeron a un conflicto que sería conocido como la Guerra de los siete años, que inició en abril de 1756 y que, poco a poco, entre enfrentamientos abiertos, saqueos y la confusión provocada por las batallas, dejó casi un millón y medio de fallecidos, la mayoría en circunstancias violentas.

Ambos hechos afectaron profundamente a Voltaire. En ese mismo año publicó el Poema sobre el desastre de Lisboa y su célebre Ensayo sobre las costumbres y el Espíritu de las Naciones, en el cual estampó esta frase más bien sombría: “Casi toda la historia es una secuencia de atrocidades inútiles”.

Este pesimismo aparente podría explicarse por la sensibilidad propia del autor. Podemos suponer que Voltaire se sintió apesadumbrado por la fragilidad de la vida humana, y acaso sobre todo asombrado e impotente ante la insignificancia de ésta, que puede terminan de un momento a otro, azarosamente, por causa de un fenómeno que por otro lado, como un sismo, es perfectamente natural.

En otro sentido, lo podemos imaginar también exasperado ante la malicia incurable del hombre, su ambición sin límites y, acaso también, frente a la necedad incurable de nuestra especie que nos ha impedido una y otra vez convivir en paz y en armonía, y más bien nos ha llevado a enfrentarnos hasta niveles trágicos e inverosímiles.

Cuando consideramos nuestra historia desde esa perspectiva más amplia, ¿cómo no compartir el pesar de Voltaire?

Pero más allá de esta empatía, es necesario tomar en cuenta un referente histórico efectivo. En la época en que ocurrieron tanto dichos desastres como la publicación de las obras citadas, una de las corrientes filosóficas en boga era la que encabezó G. W. Leibniz, matemático pero también teólogo, científico, diplomático y jurista. Un estudioso del ser humano y su entorno que, como resultado de sus investigaciones y sus reflexiones, llegó a la conclusión de que este mundo en el que vivimos, es el mejor de todos los mundos posibles. Leibniz sostuvo esta idea en ocasión de un debate con el filósofo francés Pierre Bayle, en el marco del cual demostró que Dios, en su sabiduría y poder infinitos, únicamente pudo crear un mundo que fuera perfecto; de otro modo, si el mundo fuera imperfecto, entonces Dios no es ni omnipotente ni infinitamente sabio.

Ya en el poema dedicado al terremoto de Lisboa y en el Ensayo sobre la historia, Voltaire había satirizado dicha idea, pero en Cándido encontró un medio todavía más efectivo para evidenciar la contradicción entre esa idea y la realidad que el género humano había encarado cotidianamente a lo largo de su historia, una que, ante todo, el ser humano había construido hasta entonces con sus decisiones, sus acciones y sus omisiones.

En su “cuento filosófico”, Voltaire hace transitar a su personaje por las atrocidades más emblemáticas de su época: la guerra, el saqueo, la Inquisición, el colonialismo, la suntuosidad de la nobleza, la miseria del pueblo llano, el robo, el abuso… todo en el marco de una suerte de arco de crecimiento, descubrimiento y, podría decirse, pérdida de cierto “candor” que el protagonista lleva en su nombre.

“Cándido”, en efecto, no es una elección casual para el nombre del personaje que además da título al relato. Aunque se trata de una narración contada en tercera persona (desde la perspectiva del llamado “narrador omnisciente”), desde el inicio y prácticamente hasta el final de ésta se respira un cierto aire de ingenuidad y podría decirse que hasta de inocencia que, si bien en varios momentos del relato parece fuera de lugar, incoherente en vista de los hechos que Cándido enfrenta, en otros es necesario como una especie de esperanza vital que sostiene al personaje ante las atrocidades que experimenta.

Esa es justamente la vigencia que, ahora mismo, podríamos encontrar en la obra de Voltaire. Más allá de ciertos “progresos” técnicos o científicos, podemos preguntarnos: ¿qué tanto ha cambiado el ser humano desde los días de Voltaire? ¿Qué tanto somos mejores con nuestro prójimo y con nuestro mundo en general? ¿Qué tanto hemos sido capaces de cambiar conscientemente nuestra naturaleza para ser más compasivos, más honestos, más conciliadores, etc.? Las respuestas a estas preguntas quizá no parezcan muy alentadoras.

Pero como enseña Cándido, hay algo de ese “optimismo” que es necesario cultivar. No el optimismo ingenuo o candoroso con que este héroe improbable inicia su recorrido. Más bien ese otro optimismo que Voltaire nos muestra al final del relato, una vez que su personaje a atravesado mil y una adversidades y ha comprobado por sí mismo la medida del hombre.

El optimismo que se gana al advertir que la respuesta a la pregunta de si vivimos o no en el mejor de los mundos posible no se obtiene en la reflexión apartada y erudita, sino en la acción y en la convivencia, en la fraternidad y en la valentía; en pocas palabras: en el trabajo cotidiano de quien, como Cándido, se da cuenta de que es necesario cultivar este jardín del Edén que recibimos en heredad.

También en Faena Aleph: ¿Es posible acabar con la guerra? Einstein y Freud lo discuten en estas cartas

 

 

 

Imagen: Creative Commons