Quien haya estado en un jardín zen seguramente habrá sentido de inmediato una sensación auténtica de paz y tranquilidad. Habrá quienes, sabiendo de antemano la naturaleza del lugar, lleguen preparados para entrar a ese estado emocional y mental específico; otros quizá, sin ninguna referencia ni predisposición, simplemente se dejen inundar por la calma y la armonía que suelen inspirar estos espacios, y en medio de estas dos formas de experiencia, los matices de cada una: la contemplación, el gozo, la admiración de la belleza, el asombro ante el enigma, la reflexión, la alegría simple frente a la vida que colma el instante pero también transita a la par del tiempo…

En otro sentido, sin embargo, puede ser que quien pasee por un jardín zen y eventualmente tenga que salir, piense también en la posibilidad de que todo aquello no sea una excepción, sino la norma. Después de todo, es una intención no sólo válida, sino necesaria. ¿Por qué toda esa paz, toda esa tranquilidad, no podrían ser la norma de nuestra existencia? ¿No es posible que eso que sentimos al interior de un jardín zen pueda trasladarse a otros ámbitos de nuestra vida común?

La respuesta es sencilla: sí es posible. Una de las grandes características del zen es que en su propio desarrollo posee una tendencia hacia una especie de nada que puede ser difícil de aprehender para la mente occidental, pues en nuestras culturas esa idea suele tener connotaciones negativas. No así en el zen, en donde el vacío tiene otra significación; no es el vacío nihilista de la filosofía occidental, sino un vacío “lleno” de una sola verdad: eterna, afirmativa. ¿Qué verdad es esa? Justamente el zen.

Esto puede parecer contradictorio, pero una vez que comenzamos a explorar las “ideas” del zen, el sentido aflora. Pongamos un ejemplo muy concreto y que no es otro más que el tema de este texto. Pensemos en el jardín zen y quizá incluso en un jardín cualquiera. Pensemos en nuestra experiencia mientras paseamos por él. A la pregunta ‘¿Qué es zen?’ podría responderse con eso. Es aquello que cada persona está experimentando ahora mismo: zen es lo que está ocupando ahora mismo el aquí y el ahora.

En el caso específico del jardín, su ejemplo puede mirarse como una experiencia que nos confronta de lleno con la manera en que cada cual vive el aquí y el ahora. En este sentido, es una especie de meditación ambulante y, por decirlo de algún modo, físicamente activa. Aunque pueda sonar extraño (pero quizá no tanto), aun caminando bajo árboles de cerezos en flor, aun teniendo a la vista el nado sereno de las carpas o la quietud definitiva de la arena y las piedras, hay quienes no se sientan ni calmos ni tranquilos; quizá algunos piensen en sus pendientes laborales, otros más en las expectativas de la persona con quien comparten el paseo, en el hijo que corre entre los arbustos, o en el ángulo idóneo para la fotografía que compartirá más tarde en redes sociales. 

Como podemos constatar con facilidad, ocupamos mucho el aquí y el ahora, pero lo experimentamos poco. Lo llenamos de preocupaciones, pensamientos, suposiciones, recuerdos, proyecciones… pero en muy poca medida de la experiencia simple del presente. 

En este sentido, el jardín zen no es una excepción, sino la norma. Esa es, de hecho, la paradoja, pues aquello que ocurre entre sus caminos y sus prados es lo mismo que puede ocurrir en cualquier otro espacio de nuestra vida. En el trabajo, en nuestra casa, en la calle o en cualquier otro lugar. Adonde vayamos, llevamos con nosotros el grado de conciencia con que experimentamos la realidad.

El zen (y sus jardines) consiste esencialmente en darnos cuenta de esa situación en que vivimos, sin juicios de ningún tipo, únicamente la observación consciente. Se trata de darnos cuenta de nuestra propia vida y de todo aquello que dejamos que la conduzca y que no es conciencia del aquí y del ahora.

Como el agua que fluye en el jardín, el paseante navega esa misma corriente, cuyo nombre es el tiempo. Como los cerezos que florean y se marchitan, el paseante también está lleno de vida. Como las carpas, la arena y las piedras, todo está en movimiento. Y todo pasa aquí, y todo pasa ahora. Es lo único que el zen nos invita a mirar.

También en Faena Aleph: Koan: polvo de budas y diamantes

 

 

Imagen: Creative Commons – そらみみ

Quien haya estado en un jardín zen seguramente habrá sentido de inmediato una sensación auténtica de paz y tranquilidad. Habrá quienes, sabiendo de antemano la naturaleza del lugar, lleguen preparados para entrar a ese estado emocional y mental específico; otros quizá, sin ninguna referencia ni predisposición, simplemente se dejen inundar por la calma y la armonía que suelen inspirar estos espacios, y en medio de estas dos formas de experiencia, los matices de cada una: la contemplación, el gozo, la admiración de la belleza, el asombro ante el enigma, la reflexión, la alegría simple frente a la vida que colma el instante pero también transita a la par del tiempo…

En otro sentido, sin embargo, puede ser que quien pasee por un jardín zen y eventualmente tenga que salir, piense también en la posibilidad de que todo aquello no sea una excepción, sino la norma. Después de todo, es una intención no sólo válida, sino necesaria. ¿Por qué toda esa paz, toda esa tranquilidad, no podrían ser la norma de nuestra existencia? ¿No es posible que eso que sentimos al interior de un jardín zen pueda trasladarse a otros ámbitos de nuestra vida común?

La respuesta es sencilla: sí es posible. Una de las grandes características del zen es que en su propio desarrollo posee una tendencia hacia una especie de nada que puede ser difícil de aprehender para la mente occidental, pues en nuestras culturas esa idea suele tener connotaciones negativas. No así en el zen, en donde el vacío tiene otra significación; no es el vacío nihilista de la filosofía occidental, sino un vacío “lleno” de una sola verdad: eterna, afirmativa. ¿Qué verdad es esa? Justamente el zen.

Esto puede parecer contradictorio, pero una vez que comenzamos a explorar las “ideas” del zen, el sentido aflora. Pongamos un ejemplo muy concreto y que no es otro más que el tema de este texto. Pensemos en el jardín zen y quizá incluso en un jardín cualquiera. Pensemos en nuestra experiencia mientras paseamos por él. A la pregunta ‘¿Qué es zen?’ podría responderse con eso. Es aquello que cada persona está experimentando ahora mismo: zen es lo que está ocupando ahora mismo el aquí y el ahora.

En el caso específico del jardín, su ejemplo puede mirarse como una experiencia que nos confronta de lleno con la manera en que cada cual vive el aquí y el ahora. En este sentido, es una especie de meditación ambulante y, por decirlo de algún modo, físicamente activa. Aunque pueda sonar extraño (pero quizá no tanto), aun caminando bajo árboles de cerezos en flor, aun teniendo a la vista el nado sereno de las carpas o la quietud definitiva de la arena y las piedras, hay quienes no se sientan ni calmos ni tranquilos; quizá algunos piensen en sus pendientes laborales, otros más en las expectativas de la persona con quien comparten el paseo, en el hijo que corre entre los arbustos, o en el ángulo idóneo para la fotografía que compartirá más tarde en redes sociales. 

Como podemos constatar con facilidad, ocupamos mucho el aquí y el ahora, pero lo experimentamos poco. Lo llenamos de preocupaciones, pensamientos, suposiciones, recuerdos, proyecciones… pero en muy poca medida de la experiencia simple del presente. 

En este sentido, el jardín zen no es una excepción, sino la norma. Esa es, de hecho, la paradoja, pues aquello que ocurre entre sus caminos y sus prados es lo mismo que puede ocurrir en cualquier otro espacio de nuestra vida. En el trabajo, en nuestra casa, en la calle o en cualquier otro lugar. Adonde vayamos, llevamos con nosotros el grado de conciencia con que experimentamos la realidad.

El zen (y sus jardines) consiste esencialmente en darnos cuenta de esa situación en que vivimos, sin juicios de ningún tipo, únicamente la observación consciente. Se trata de darnos cuenta de nuestra propia vida y de todo aquello que dejamos que la conduzca y que no es conciencia del aquí y del ahora.

Como el agua que fluye en el jardín, el paseante navega esa misma corriente, cuyo nombre es el tiempo. Como los cerezos que florean y se marchitan, el paseante también está lleno de vida. Como las carpas, la arena y las piedras, todo está en movimiento. Y todo pasa aquí, y todo pasa ahora. Es lo único que el zen nos invita a mirar.

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Imagen: Creative Commons – そらみみ