Para la mayoría de nosotros, la lectura es en esencia una actividad intelectual. Si leemos es sobre todo porque encontramos algún tipo de recompensa relacionada con nuestra mente y nuestro pensamiento. Desde el beneficio elemental de mantener la mente activa, de estar informados o de adquirir conocimiento sobre cierta materia en particular, hasta otros más personales como el placer que se puede encontrar al leer un texto bien escrito o el regalo estético que igualmente se obtiene de la literatura en sus distintas formas, al leer tenemos en cuenta pocos efectos más allá de aquello que ocurre y permanece en nuestra mente al hacerlo.

En parte, puede ser que esta perspectiva de la lectura sea consecuencia de la división entre mente y cuerpo que en Occidente se encuentra tan arraigada. En nuestras culturas y sociedades, desde hace siglos, se ha asentado una corriente de pensamiento y formación que separa las cualidades de la conciencia de ese “soporte” físico en donde esta se encuentra. De Platón a Descartes (por lo menos), pasando por no pocos filósofos y teólogos de orientación católica, en el ser humano occidental se ha fomentado la idea de que la mente posee cierta preeminencia sobre el cuerpo y que, por ello, es más importante cultivarla, incluso sin importar si se descuida el cuerpo, pues después de todo éste no es más que materia finita, mientras que la mente y sus frutos aspiran a la perdurabilidad.

Esta idea, sin embargo, merece cuando menos una interrogación seria. Después de todo, aunque es cierto que somos seres con una inteligencia particular en comparación con otros animales, la vida de cualquier manera corre por nuestro cuerpo. Dicho de otro modo: sin éste, ninguna inteligencia podría existir.

En este sentido, podemos pensar que aquello que ocurre en nuestra mente no está en modo alguno desconectado del cuerpo que habitamos. El uno y el otro forman parte de una misma unidad: eso que llamamos Yo. Así, no es que tengamos un cuerpo, sino que somos un cuerpo, y por ende, todo aquello que configura nuestra vida tiene un efecto sobre nuestro cuerpo, siempre.

¿Qué relación guardan estas premisas con la lectura? De inicio, la posibilidad de considerar esta actividad más allá de sus aportes intelectuales, que han sido examinados con suficiencia. Quizá no se trate de pensar que al leer un libro realizamos una actividad física, pues de entrada leer usualmente se hace en reposo y casi en inmovilidad, pero en cierta sí es una propuesta a reflexionar sobre el efecto que una lectura puede tener sobre el bienestar de nuestro cuerpo.

Hace unos meses las autoras inglesas Ella Berthoud y Susan Elderkin hicieron realidad un libro que “cura”. Dicho así podríamos pensar en esos volúmenes que se encuentran en algunos cuentos de Las mil y una noches y de ciertas tradiciones folclóricas de Europa, o acaso en un manual de remedios naturales como los que se realizaron en distintas culturas de la antigüedad.

Sin embargo, no es así. La idea de Berthoud y Elderkin es a un tiempo más literal pero también figurada. Por un lado, ambas autoras están convencidas de que la literatura es capaz de provocar un efecto terapéutico en el lector y, efectivamente, curarlo de alguna dolencia que éste padezca. De ese modo, en The Novel Cure (editado en español como Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con los libros), Berthoud y Elderkin reunieron textos que ayudaran a una persona a sobrellevar circunstancias adversas y de diverso orden como la fractura de una pierna, por ejemplo (para la cual prescriben la novela Cleave, de Nikki Gemmell), la pérdida del apetito sexual (la recomendación es el Elogio de la madrastra, de Mario Vargas Llosa) o un descalabro amoroso (que se cura leyendo Jane Eyre de Charlotte Brontë, según las autoras).

En cuanto al aspecto figurado de esta notable idea, es necesario volver a hablar de la condición humana y otra de sus cualidades singulares. Si, como decíamos antes, la mente y el cuerpo nos pueden parecer divididos, también es porque el ser humano no experimenta la realidad únicamente en su dimensión física, inmediata, sino también en otro registro simbólico que le permite entenderla y, así, habitarla. Dicho registro está simbolizado en el lenguaje.

¿Por qué, aunque sean obras ficticias, una novela o un poema pueden conmovernos, hacernos dudar, incitarnos a la reflexión? En buena medida, porque el lenguaje estructura nuestra experiencia con la realidad a tal punto, que se confunde con ésta. Para el ser humano, puede parecer tan real una escena narrada en un libro como otra que acontece frente a sus propios ojos.

Por eso la lectura puede curar y, en efecto, Berthoud y Elderkin tuvieron un acierto en la idea de este libro. Escuchar ciertas palabras, atestiguar cierta historia, sentir la sacudida de algunas emociones: la mente y el cuerpo participan por igual de esas acciones y, como tal, en una y en otro se presentan esos efectos de la literatura.

La próxima vez que sientas alguna aflicción, ¿por qué no le das una oportunidad a la cura por la palabra?

También en Faena Aleph: 43 recomendaciones literarias de Patti Smith

Imagen: Internet Archive – flickr

Para la mayoría de nosotros, la lectura es en esencia una actividad intelectual. Si leemos es sobre todo porque encontramos algún tipo de recompensa relacionada con nuestra mente y nuestro pensamiento. Desde el beneficio elemental de mantener la mente activa, de estar informados o de adquirir conocimiento sobre cierta materia en particular, hasta otros más personales como el placer que se puede encontrar al leer un texto bien escrito o el regalo estético que igualmente se obtiene de la literatura en sus distintas formas, al leer tenemos en cuenta pocos efectos más allá de aquello que ocurre y permanece en nuestra mente al hacerlo.

En parte, puede ser que esta perspectiva de la lectura sea consecuencia de la división entre mente y cuerpo que en Occidente se encuentra tan arraigada. En nuestras culturas y sociedades, desde hace siglos, se ha asentado una corriente de pensamiento y formación que separa las cualidades de la conciencia de ese “soporte” físico en donde esta se encuentra. De Platón a Descartes (por lo menos), pasando por no pocos filósofos y teólogos de orientación católica, en el ser humano occidental se ha fomentado la idea de que la mente posee cierta preeminencia sobre el cuerpo y que, por ello, es más importante cultivarla, incluso sin importar si se descuida el cuerpo, pues después de todo éste no es más que materia finita, mientras que la mente y sus frutos aspiran a la perdurabilidad.

Esta idea, sin embargo, merece cuando menos una interrogación seria. Después de todo, aunque es cierto que somos seres con una inteligencia particular en comparación con otros animales, la vida de cualquier manera corre por nuestro cuerpo. Dicho de otro modo: sin éste, ninguna inteligencia podría existir.

En este sentido, podemos pensar que aquello que ocurre en nuestra mente no está en modo alguno desconectado del cuerpo que habitamos. El uno y el otro forman parte de una misma unidad: eso que llamamos Yo. Así, no es que tengamos un cuerpo, sino que somos un cuerpo, y por ende, todo aquello que configura nuestra vida tiene un efecto sobre nuestro cuerpo, siempre.

¿Qué relación guardan estas premisas con la lectura? De inicio, la posibilidad de considerar esta actividad más allá de sus aportes intelectuales, que han sido examinados con suficiencia. Quizá no se trate de pensar que al leer un libro realizamos una actividad física, pues de entrada leer usualmente se hace en reposo y casi en inmovilidad, pero en cierta sí es una propuesta a reflexionar sobre el efecto que una lectura puede tener sobre el bienestar de nuestro cuerpo.

Hace unos meses las autoras inglesas Ella Berthoud y Susan Elderkin hicieron realidad un libro que “cura”. Dicho así podríamos pensar en esos volúmenes que se encuentran en algunos cuentos de Las mil y una noches y de ciertas tradiciones folclóricas de Europa, o acaso en un manual de remedios naturales como los que se realizaron en distintas culturas de la antigüedad.

Sin embargo, no es así. La idea de Berthoud y Elderkin es a un tiempo más literal pero también figurada. Por un lado, ambas autoras están convencidas de que la literatura es capaz de provocar un efecto terapéutico en el lector y, efectivamente, curarlo de alguna dolencia que éste padezca. De ese modo, en The Novel Cure (editado en español como Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con los libros), Berthoud y Elderkin reunieron textos que ayudaran a una persona a sobrellevar circunstancias adversas y de diverso orden como la fractura de una pierna, por ejemplo (para la cual prescriben la novela Cleave, de Nikki Gemmell), la pérdida del apetito sexual (la recomendación es el Elogio de la madrastra, de Mario Vargas Llosa) o un descalabro amoroso (que se cura leyendo Jane Eyre de Charlotte Brontë, según las autoras).

En cuanto al aspecto figurado de esta notable idea, es necesario volver a hablar de la condición humana y otra de sus cualidades singulares. Si, como decíamos antes, la mente y el cuerpo nos pueden parecer divididos, también es porque el ser humano no experimenta la realidad únicamente en su dimensión física, inmediata, sino también en otro registro simbólico que le permite entenderla y, así, habitarla. Dicho registro está simbolizado en el lenguaje.

¿Por qué, aunque sean obras ficticias, una novela o un poema pueden conmovernos, hacernos dudar, incitarnos a la reflexión? En buena medida, porque el lenguaje estructura nuestra experiencia con la realidad a tal punto, que se confunde con ésta. Para el ser humano, puede parecer tan real una escena narrada en un libro como otra que acontece frente a sus propios ojos.

Por eso la lectura puede curar y, en efecto, Berthoud y Elderkin tuvieron un acierto en la idea de este libro. Escuchar ciertas palabras, atestiguar cierta historia, sentir la sacudida de algunas emociones: la mente y el cuerpo participan por igual de esas acciones y, como tal, en una y en otro se presentan esos efectos de la literatura.

La próxima vez que sientas alguna aflicción, ¿por qué no le das una oportunidad a la cura por la palabra?

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Imagen: Internet Archive – flickr