Son pocos los creadores que se hayan propuesto superar las limitaciones de su propio medio de expresión. La contradicción y dificultad interpretativa de la obra de Mark Rothko, por ejemplo, radica en que intentó superar la pintura misma, elevarla más allá de su condición material, con un pincel y una tela como únicos cómplices.

El ansia por negar las limitaciones implícitas a nuestra capacidad humana ha conducido tradicionalmente a la extravagancia de la trascendencia o a lo desesperado del gesto; algunos, más que otros, se acercaron épicamente a este utópico paraje.

Similar a lo que Rothko intentó en la plástica, Samuel Beckett se empeñó en hacerlo dentro de la literatura. Dotado con el don del verbo, Beckett se propuso sin embargo erradicar la vana proliferación de la palabra; su cometido, declarado en esta temprana carta a su amigo Kaun, fue nada menos que el de alcanzar el silencio – o más que el silencio, la nada- a través de su enemigo más acérrimo: la palabra.

Beckett escribió esta carta en los días en que también tradujo poemas de Ringelnatz. Además de ser reacción a estos, Beckett utilizó el medio para transmitir a su amigo su idea de literatura.

Mi propia lengua cada vez se me antoja más un velo que ha de rasgarse para acceder a las cosas –o a la nada– que haya tras él.

Como el cuchillo de Lucio Fontana, que rasgará violentamente la tela de su pintura para asomarse a su abismo, Beckett se propondrá socavar la engañosa membrana de la palabra a base de silencios y de un particular modo de volverla contra ella misma; en definitiva, Beckett propondrá una literatura del “despalabro”.

Como no es posible eliminar la lengua de golpe y porrazo, al menos será preciso no dejar cabos sueltos que puedan propiciar su caída en descredito. Abrir en ella un agujero tras otro hasta que lo que acecha detrás, sea algo, sea nada, comience a rezumar y filtrarse. No se me ocurre que el escritor de hoy en día pueda fijarse una meta más alta.

Ahora sabemos que Beckett no hablaba por hablar. Su declaración de intenciones se materializaría más tarde en relatos donde la palabra sirve a su propia disolución, relatos en donde el lenguaje parece reducido a una suerte de prospección técnica, a meras indicaciones espaciales o de maniobra corporal que sus protagonistas obedecen vaciados de toda identidad; es el caso de narraciones como Mal visto mal dicho, Basta o Textos para nada, donde la palabra se retuerce sobre si misma para dar lugar a historias sin historia, a relatos que bordean la nada para tratar de dibujar su forma inimaginable.

El empeño de Beckett terminará por eclosionar en el teatro en obras como Acto sin palabras, en la que explicitó su conocida admiración por Buster Keaton –a quien emplearía en su esotérico Film—.

En La carta alemana, Beckett demuestra su lucidez al reconocer que la dificultad de su propósito, el de atentar contra el lenguaje, le conducirá inexorablemente, al menos durante un tiempo, a la ironía, ingrediente que inyectaría en sus obras una implícita comicidad

Por el momento, hemos de conformarnos con bien poco. Al principio, de un modo u otro sólo puede ser cuestión de hallar un método en virtud del cual podamos representar esta actitud burlesca hacia la palabra, sólo que por medio de palabras.

De la descomposición del lenguaje tratará Beckett de hacer crecer eso otro que nunca logra ser dicho por las palabras, ese reverso que la poesía ha tratado tantas veces de hacer aflorar, ese rostro tras la máscara que en su obra parece hacer aparición eventualmente, como la expresión siniestra de algo que somos pero no nos atrevemos a reconocer.

En esta discordancia entre los medios y su empleo tal vez sea posible percibir un susurro de esa música última o de ese definitivo silencio que subyace a Todo.

No hay sentido, no hay nada que decir o, más bien, no hay manera de decir la nada que toda palabra en definitiva es. La meta de Beckett se parece mucho a ese Godot que nunca llega, pero que los personajes de Vladimir y Estragón deben inexorablemente esperar.

Entretanto, no hago nada en absoluto. Sólo de vez en cuando me permito el consuelo de pecar mal que bien, quieras que no, contra una lengua extranjera, tal como me encantaría y de hecho me propongo hacer con pleno conocimiento de causa contra la mía propia, como sin duda haré. Deo juvante.

Son pocos los creadores que se hayan propuesto superar las limitaciones de su propio medio de expresión. La contradicción y dificultad interpretativa de la obra de Mark Rothko, por ejemplo, radica en que intentó superar la pintura misma, elevarla más allá de su condición material, con un pincel y una tela como únicos cómplices.

El ansia por negar las limitaciones implícitas a nuestra capacidad humana ha conducido tradicionalmente a la extravagancia de la trascendencia o a lo desesperado del gesto; algunos, más que otros, se acercaron épicamente a este utópico paraje.

Similar a lo que Rothko intentó en la plástica, Samuel Beckett se empeñó en hacerlo dentro de la literatura. Dotado con el don del verbo, Beckett se propuso sin embargo erradicar la vana proliferación de la palabra; su cometido, declarado en esta temprana carta a su amigo Kaun, fue nada menos que el de alcanzar el silencio – o más que el silencio, la nada- a través de su enemigo más acérrimo: la palabra.

Beckett escribió esta carta en los días en que también tradujo poemas de Ringelnatz. Además de ser reacción a estos, Beckett utilizó el medio para transmitir a su amigo su idea de literatura.

Mi propia lengua cada vez se me antoja más un velo que ha de rasgarse para acceder a las cosas –o a la nada– que haya tras él.

Como el cuchillo de Lucio Fontana, que rasgará violentamente la tela de su pintura para asomarse a su abismo, Beckett se propondrá socavar la engañosa membrana de la palabra a base de silencios y de un particular modo de volverla contra ella misma; en definitiva, Beckett propondrá una literatura del “despalabro”.

Como no es posible eliminar la lengua de golpe y porrazo, al menos será preciso no dejar cabos sueltos que puedan propiciar su caída en descredito. Abrir en ella un agujero tras otro hasta que lo que acecha detrás, sea algo, sea nada, comience a rezumar y filtrarse. No se me ocurre que el escritor de hoy en día pueda fijarse una meta más alta.

Ahora sabemos que Beckett no hablaba por hablar. Su declaración de intenciones se materializaría más tarde en relatos donde la palabra sirve a su propia disolución, relatos en donde el lenguaje parece reducido a una suerte de prospección técnica, a meras indicaciones espaciales o de maniobra corporal que sus protagonistas obedecen vaciados de toda identidad; es el caso de narraciones como Mal visto mal dicho, Basta o Textos para nada, donde la palabra se retuerce sobre si misma para dar lugar a historias sin historia, a relatos que bordean la nada para tratar de dibujar su forma inimaginable.

El empeño de Beckett terminará por eclosionar en el teatro en obras como Acto sin palabras, en la que explicitó su conocida admiración por Buster Keaton –a quien emplearía en su esotérico Film—.

En La carta alemana, Beckett demuestra su lucidez al reconocer que la dificultad de su propósito, el de atentar contra el lenguaje, le conducirá inexorablemente, al menos durante un tiempo, a la ironía, ingrediente que inyectaría en sus obras una implícita comicidad

Por el momento, hemos de conformarnos con bien poco. Al principio, de un modo u otro sólo puede ser cuestión de hallar un método en virtud del cual podamos representar esta actitud burlesca hacia la palabra, sólo que por medio de palabras.

De la descomposición del lenguaje tratará Beckett de hacer crecer eso otro que nunca logra ser dicho por las palabras, ese reverso que la poesía ha tratado tantas veces de hacer aflorar, ese rostro tras la máscara que en su obra parece hacer aparición eventualmente, como la expresión siniestra de algo que somos pero no nos atrevemos a reconocer.

En esta discordancia entre los medios y su empleo tal vez sea posible percibir un susurro de esa música última o de ese definitivo silencio que subyace a Todo.

No hay sentido, no hay nada que decir o, más bien, no hay manera de decir la nada que toda palabra en definitiva es. La meta de Beckett se parece mucho a ese Godot que nunca llega, pero que los personajes de Vladimir y Estragón deben inexorablemente esperar.

Entretanto, no hago nada en absoluto. Sólo de vez en cuando me permito el consuelo de pecar mal que bien, quieras que no, contra una lengua extranjera, tal como me encantaría y de hecho me propongo hacer con pleno conocimiento de causa contra la mía propia, como sin duda haré. Deo juvante.

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