Jorge Luis Borges es, fuera de toda duda, uno de los nombres más importantes no solo de la literatura argentina, latinoamericana o hispánica, sino de la literatura a secas, la que no necesita de adjetivos ni añadiduras para atraernos y cautivarnos, un ejemplo perfecto de eso que el editor y escritor italiano Roberto Calasso denomina “literatura absoluta”.

Una posición tan privilegiada en el imaginario colectivo de los lectores, ese acervo no siempre explícito sino más bien de referencias tácitas que nos guían con azar y fortuna por el dédalo de los libros, contribuyó de alguna manera a hacer de Borges un objeto de veneración más que de lectura efectiva.

Por fortuna la diligente labor de Daniel Martino ha vivificado la figura del escritor con la publicación, en 2006, de las detalladas minutas que Adolfo Bioy Casares elaboró cuando se reunía con su amigo. El Borges de Bioy es, a pesar de la apariencia monumental que tiene, una inesperada ventisca sobre el artífice de esas construcciones narrativas inimitables como lo son “El Aleph” o “El jardín de senderos que se bifurcan”, entre varias otras.

Bioy ha legado al patrimonio común de los lectores un retrato acabado de la cotidianeidad de Borges, un recuento que no excluye aquellos incidentes que también se presentan en los hombres de libros: sus escarceos amorosos y sus gustos musicales, fílmicos y de paladar, un mundano dolor de muelas y sus conflictos para decidirse a acudir con un dentista.

El motto «Come en casa Borges», como una suerte de conjuro o de mantra, se repite indefinidamente para introducir conversaciones que este dúo fraterno se permitía en la soberanía de su intimidad, muchas de ellas desembocando inevitablemente y con placer compartido en cuestiones estéticas y literarias.

Paradójica o curiosamente ese atisbo confesional al santuario más recóndito del autor, lejos de devolver una imagen menos legendaria, contribuye a su engrandecimiento desde una óptica sutilmente renovada: el reconocimiento de que el único destino de Borges, el mejor de sus mundos posibles, podía ser la literatura.

Jorge Luis Borges es, fuera de toda duda, uno de los nombres más importantes no solo de la literatura argentina, latinoamericana o hispánica, sino de la literatura a secas, la que no necesita de adjetivos ni añadiduras para atraernos y cautivarnos, un ejemplo perfecto de eso que el editor y escritor italiano Roberto Calasso denomina “literatura absoluta”.

Una posición tan privilegiada en el imaginario colectivo de los lectores, ese acervo no siempre explícito sino más bien de referencias tácitas que nos guían con azar y fortuna por el dédalo de los libros, contribuyó de alguna manera a hacer de Borges un objeto de veneración más que de lectura efectiva.

Por fortuna la diligente labor de Daniel Martino ha vivificado la figura del escritor con la publicación, en 2006, de las detalladas minutas que Adolfo Bioy Casares elaboró cuando se reunía con su amigo. El Borges de Bioy es, a pesar de la apariencia monumental que tiene, una inesperada ventisca sobre el artífice de esas construcciones narrativas inimitables como lo son “El Aleph” o “El jardín de senderos que se bifurcan”, entre varias otras.

Bioy ha legado al patrimonio común de los lectores un retrato acabado de la cotidianeidad de Borges, un recuento que no excluye aquellos incidentes que también se presentan en los hombres de libros: sus escarceos amorosos y sus gustos musicales, fílmicos y de paladar, un mundano dolor de muelas y sus conflictos para decidirse a acudir con un dentista.

El motto «Come en casa Borges», como una suerte de conjuro o de mantra, se repite indefinidamente para introducir conversaciones que este dúo fraterno se permitía en la soberanía de su intimidad, muchas de ellas desembocando inevitablemente y con placer compartido en cuestiones estéticas y literarias.

Paradójica o curiosamente ese atisbo confesional al santuario más recóndito del autor, lejos de devolver una imagen menos legendaria, contribuye a su engrandecimiento desde una óptica sutilmente renovada: el reconocimiento de que el único destino de Borges, el mejor de sus mundos posibles, podía ser la literatura.

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