Hay momentos en la vida de cada uno en que suceden pequeñísimas cosas que nos recuerdan una cualidad extravagante de la realidad. Podemos ir caminando y sentir una ráfaga de viento, por ejemplo, pasando a través del follaje de un árbol; en ese momento, producto del más simple de los eventos, quedamos encantados (en el sentido mágico de la palabra). Entendemos, como si fuera, algo que está tanto en ese árbol y en ese viento como dentro de nosotros mismos, todo al mismo tiempo. A estos acontecimientos sencillos y brujos, en la tradición tibetana de Shambala, se les llama “dralas”.

Los dralas dan nombre a algo tan impalpable que quizá nunca consideraríamos si no tuviera un término (como todas esas cosas que por falta de denominación se quedan entre sueños). Fue Chögyam Trungpa Rimpoche quien, en su libro Shambala: el camino sagrado del guerrero, recuperó el principio de los dralas, que preceden a la introducción del budismo al Tíbet como parte de tradiciones indígenas del país, y lo puso a disposición del mundo como una suerte de palabra mágica; aquello que nombras es. Gracias a Trungpa, entonces, podemos incluir a los dralas en nuestro acervo de fenómenos metafísicos y prestarles más atención. Cuando el agua nos recuerda al agua, dice Trungpa, el fuego al fuego o la tierra a la tierra, y sentimos algo así como un entendimiento ecuménico, estamos conociendo a los dralas de la realidad.

Los dralas son elementos de la realidad (el agua del agua, el fuego del fuego, la tierra de la tierra), cualquier cosa que te conecte con la cualidad elemental de la naturaleza, cualquier cosa que te recuerde a la profundidad de la percepción. Los dralas están en las rocas, árboles, montañas, un copo de nieve o un puñado de tierra. Lo que sea que esté ahí. Esos son los dralas de la realidad. Cuando haces esa conexión, estás conociendo a los dralas en su lugar.

En otras palabras, el drala es la develación del mundo que está disponible a nosotros mediante la percepción de las cosas que lo componen. Cuando sentimos los árboles, los ríos, las grietas, las nubes, tal como son, estamos encontrando una sabiduría que no está separada de la nuestra. Es una conexión íntima con la realidad, que nos reconcilia con todo, en un repentino momento.

Quizá para entenderlos mejor podemos pensar en ellos como fantasmas que se asoman de las cosas si les prestamos atención. Son espectros de la brillantez y elegancia del mundo fenoménico, que requieren de nuestra parte una suerte de silencio o apertura para manifestarse. Están en cada uno de los elementos de la naturaleza (donde quizá es más fácil encontrarlos), pero también están en una silla, en una roca, en un rostro.

La vastedad de la percepción puede ser capturada en la simplicidad, una sola percepción, justo en donde estás. Cuando permitimos que la vastedad entre a nuestra percepción, entonces se convierte en drala.

Basta recordar que los hemos sentido alguna vez para saber que existen, pero nombrarlos les confiere perdurabilidad. Y como todo el catálogo de fantasmas, los dralas también se son “invocables”. Así como nuestro mundo tangible está poblado –y a veces sobrepoblado— de personas y otras creaturas sintientes, su contraparte intangible o “invisible” está poblada de toda clase se seres, o cualidades del ser, y algunos de ellos son los dralas. Contemplar un río es mucho más que solo mirar un río, estamos potencialmente conociendo los dralas. Y a “los dralas les encantaría conocernos”, dice Trungpa.

El principio del drala es aplicable no sólo a practicantes de budismo sino a todos. Viktor Shklovski alguna vez apuntó que el principio del arte es hacer a la piedra más “pedril”, esto es invocar un drala. Re-encantar el mundo.

Hay momentos en la vida de cada uno en que suceden pequeñísimas cosas que nos recuerdan una cualidad extravagante de la realidad. Podemos ir caminando y sentir una ráfaga de viento, por ejemplo, pasando a través del follaje de un árbol; en ese momento, producto del más simple de los eventos, quedamos encantados (en el sentido mágico de la palabra). Entendemos, como si fuera, algo que está tanto en ese árbol y en ese viento como dentro de nosotros mismos, todo al mismo tiempo. A estos acontecimientos sencillos y brujos, en la tradición tibetana de Shambala, se les llama “dralas”.

Los dralas dan nombre a algo tan impalpable que quizá nunca consideraríamos si no tuviera un término (como todas esas cosas que por falta de denominación se quedan entre sueños). Fue Chögyam Trungpa Rimpoche quien, en su libro Shambala: el camino sagrado del guerrero, recuperó el principio de los dralas, que preceden a la introducción del budismo al Tíbet como parte de tradiciones indígenas del país, y lo puso a disposición del mundo como una suerte de palabra mágica; aquello que nombras es. Gracias a Trungpa, entonces, podemos incluir a los dralas en nuestro acervo de fenómenos metafísicos y prestarles más atención. Cuando el agua nos recuerda al agua, dice Trungpa, el fuego al fuego o la tierra a la tierra, y sentimos algo así como un entendimiento ecuménico, estamos conociendo a los dralas de la realidad.

Los dralas son elementos de la realidad (el agua del agua, el fuego del fuego, la tierra de la tierra), cualquier cosa que te conecte con la cualidad elemental de la naturaleza, cualquier cosa que te recuerde a la profundidad de la percepción. Los dralas están en las rocas, árboles, montañas, un copo de nieve o un puñado de tierra. Lo que sea que esté ahí. Esos son los dralas de la realidad. Cuando haces esa conexión, estás conociendo a los dralas en su lugar.

En otras palabras, el drala es la develación del mundo que está disponible a nosotros mediante la percepción de las cosas que lo componen. Cuando sentimos los árboles, los ríos, las grietas, las nubes, tal como son, estamos encontrando una sabiduría que no está separada de la nuestra. Es una conexión íntima con la realidad, que nos reconcilia con todo, en un repentino momento.

Quizá para entenderlos mejor podemos pensar en ellos como fantasmas que se asoman de las cosas si les prestamos atención. Son espectros de la brillantez y elegancia del mundo fenoménico, que requieren de nuestra parte una suerte de silencio o apertura para manifestarse. Están en cada uno de los elementos de la naturaleza (donde quizá es más fácil encontrarlos), pero también están en una silla, en una roca, en un rostro.

La vastedad de la percepción puede ser capturada en la simplicidad, una sola percepción, justo en donde estás. Cuando permitimos que la vastedad entre a nuestra percepción, entonces se convierte en drala.

Basta recordar que los hemos sentido alguna vez para saber que existen, pero nombrarlos les confiere perdurabilidad. Y como todo el catálogo de fantasmas, los dralas también se son “invocables”. Así como nuestro mundo tangible está poblado –y a veces sobrepoblado— de personas y otras creaturas sintientes, su contraparte intangible o “invisible” está poblada de toda clase se seres, o cualidades del ser, y algunos de ellos son los dralas. Contemplar un río es mucho más que solo mirar un río, estamos potencialmente conociendo los dralas. Y a “los dralas les encantaría conocernos”, dice Trungpa.

El principio del drala es aplicable no sólo a practicantes de budismo sino a todos. Viktor Shklovski alguna vez apuntó que el principio del arte es hacer a la piedra más “pedril”, esto es invocar un drala. Re-encantar el mundo.

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