“Hay mucho trabajo que se hace hoy en día que no tiene ningún espíritu en él. La técnica podrá ser la perfección máxima, y sin embargo no tiene vida. No tiene alma. Espero que mis muebles tengan alma”, dijo el legendario carpintero Sam Maloof.

Hay algo en él, en su manera de trabajar, que recuerda mucho a la carpintería tradicional japonesa, en que un pedazo de árbol cobra una segunda vida cuando es convertido en mueble. Maloof fue enteramente autóctono y creó algunos de los muebles más bellos y resistentes de la historia, y aunque todos ellos tienen cualidad de esculturas, él nunca se consideró un artista sino un carpintero, un trabajador cuyas manos eran un medio entre lo divino y lo mortal.

sam-maloof

Una de sus tan cotizadas mecedoras, donada en 1997 al Museo Smithsoniano de Arte Americano, despliega esa combinación ideal entre la belleza y la utilidad. Y es que el arte al servicio de la utilidad es la esencia de su filosofía de diseño. Si la silla ya es el mueble más “humano” que existe precisamente porque reproduce la forma de un individuo sentado, la mecedora, además, tiene esa gracia del ritmo y la repetición melódica, hipnotizante, que vincula al humano con la magia. No por nada las mecedoras han sido el artefacto predilecto para amamantar bebés, para arrullarlos, o para contemplar la tarde pasar. Hay algo encantador, literalmente, en el movimiento marítimo de ese mueble, pero el diseño de Sam Maloof, cuando apareció en la década de los 20, la posicionó en cientos de habitaciones y jardines ya que de su forma emanaba la belleza.

Maloof hizo a mano cada una de sus más de 5,000 piezas que surgieron de su taller en California. “Quiero ser capaz de trabajar un pedazo de madera que sea un objeto que contribuya algo hermoso y útil a la vida diaria. Y quiero hacer esto para un individuo que pueda llegar a conocer como amigo”, señaló alguna vez como si emplumara un manifiesto que llevó a cabo siempre al pie de la letra. Fue un carpintero sencillo que pasó a la historia porque hizo sillas que estaban vivas; que tenían espíritu.

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Imágenes cortesía de SAAM.

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“Hay mucho trabajo que se hace hoy en día que no tiene ningún espíritu en él. La técnica podrá ser la perfección máxima, y sin embargo no tiene vida. No tiene alma. Espero que mis muebles tengan alma”, dijo el legendario carpintero Sam Maloof.

Hay algo en él, en su manera de trabajar, que recuerda mucho a la carpintería tradicional japonesa, en que un pedazo de árbol cobra una segunda vida cuando es convertido en mueble. Maloof fue enteramente autóctono y creó algunos de los muebles más bellos y resistentes de la historia, y aunque todos ellos tienen cualidad de esculturas, él nunca se consideró un artista sino un carpintero, un trabajador cuyas manos eran un medio entre lo divino y lo mortal.

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Una de sus tan cotizadas mecedoras, donada en 1997 al Museo Smithsoniano de Arte Americano, despliega esa combinación ideal entre la belleza y la utilidad. Y es que el arte al servicio de la utilidad es la esencia de su filosofía de diseño. Si la silla ya es el mueble más “humano” que existe precisamente porque reproduce la forma de un individuo sentado, la mecedora, además, tiene esa gracia del ritmo y la repetición melódica, hipnotizante, que vincula al humano con la magia. No por nada las mecedoras han sido el artefacto predilecto para amamantar bebés, para arrullarlos, o para contemplar la tarde pasar. Hay algo encantador, literalmente, en el movimiento marítimo de ese mueble, pero el diseño de Sam Maloof, cuando apareció en la década de los 20, la posicionó en cientos de habitaciones y jardines ya que de su forma emanaba la belleza.

Maloof hizo a mano cada una de sus más de 5,000 piezas que surgieron de su taller en California. “Quiero ser capaz de trabajar un pedazo de madera que sea un objeto que contribuya algo hermoso y útil a la vida diaria. Y quiero hacer esto para un individuo que pueda llegar a conocer como amigo”, señaló alguna vez como si emplumara un manifiesto que llevó a cabo siempre al pie de la letra. Fue un carpintero sencillo que pasó a la historia porque hizo sillas que estaban vivas; que tenían espíritu.

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Imágenes cortesía de SAAM.

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