Con la concesión del Premio Nobel de Literatura en 2006, el escritor de origen turco Orhan Pamuk (1952) pasó a ser conocido en prácticamente todo el mundo. Un verdadero regalo para quienes de otro modo tendrían pocas oportunidades de conocer su obra e incluso más que eso, pues Pamuk ha suscitado interés también al respecto de su extravagante biografía.

En este sentido cabe resaltar su Museo de la inocencia: un lugar en el que la ficción cobró realidad partiendo de su novela homónima. Pamuk montó una exposición permanente en un local de Estambul en donde reunió objetos de su colección personal relacionados con el relato. 83 gabinetes que se corresponden con los 83 capítulos de la novela, cada uno guardando las 83 emociones que se desarrollan en cada una de estas partes.

Cuando el escritor inauguró el museo en 2012, ofreció una entrevista a Juan Cruz para el diario argentino La Nación. Aquí comenta sobre los matices en que la existencia y la literatura comparten territorios y experiencias, y por momentos se confunden sin que sea posible decir si una es más importante que la otra o, mejor, si una podría entenderse sin la otra. “Las novelas son simples modelos para encontrar el significado de la vida”, dice Pamuk.

A continuación compartimos algunos fragmentos significativos del diálogo, poniendo a la disposición del lector este enlace donde se encuentra la entrevista completa.

Creo que mientras leemos nos damos cuenta de que hay algo que va más allá de la historia en sí. Al leer, el lector se convierte en detective y busca un sentido más profundo en lo que está leyendo. Borges habla de esto, tomando a Moby Dick como ejemplo. En la primera lectura parece que Moby Dick trata sobre unos cazadores de ballenas. En una segunda lectura la historia parece que trata sobre un capitán enloquecido. Pero Borges dice que la historia en realidad trata sobre algo cósmico, algo más profundo. Y tiene razón. Todas las grandes novelas van más allá. En el caso de las novelas de Agatha Christie, una vez que se sabe quién es el asesino no volvemos a leer el mismo libro. Pero en las grandes novelas literarias, sí ocurre. Las lees una y otra vez para descubrir su verdad, su corazón. Los verdaderos lectores de Moby Dick saben que trata sobre la vida misma. ¿Cuál es el sentido de la vida? Ésta es la pregunta que toda gran novela debe transmitir. Ulises o Finnegan’s Wake, de James Joyce, también buscan el centro. La mente humana está hecha para ello, para buscar el significado de las cosas. Las novelas son simples modelos para encontrar el significado de la vida.

Pamuk, ¿la literatura lo ha hecho feliz?

La literatura me ha hecho feliz. Pero no es la razón por la que empecé a escribir. Para mí fue algo inevitable. Yo quería ser pintor y fracasé. Pero seguía necesitando la soledad del artista y me gustaba tanto leer que quise ser escritor. Confieso que escribir una novela es un proceso deliciosamente solitario. Hace poco pasé una temporada sin escribir y me dediqué a la vida social y a pintar. Honestamente, fui muy feliz. Quizá porque estaba haciendo algo que siempre quise hacer. Pero ya se acabó y he retomado la literatura. Las novelas dan significado a la vida. Sin texto, la vida no tiene sentido. Siempre me siento más cercano a los árboles que al bosque. Y aunque me preocupa el árbol, a veces siento la necesidad de ver el paisaje completo.

Leonardo Sciascia me dijo un día: “La felicidad es un instante”. En El Museo de la Inocencia, desde la primera línea, usted indaga la felicidad, y su personaje llega a la conclusión de Sciascia, aunque ahí se afirma que la felicidad es la suma de instantes. Me gustaría conocer su idea de felicidad tras haber escrito esta novela y tras haber creado el museo que ahora la conlleva. ¿Cómo se siente?

OK, entiendo la pregunta como: “Orhan, ¿cómo es tu felicidad cuando estás trabajando en un museo o en el campo de las artes y cómo es tu felicidad cuando escribes?” Es un tema que me preocupa profundamente. Sé que soy infinitamente feliz cuando pinto. Pero cuando escribo me siento más inteligente, comprometido de una forma más profunda con el mundo, me siento parte del mundo y extrañamente, moralmente, responsable? La satisfacción que me da la pintura, y hablo de ello en mis últimos libros, es más ingenua, es menos composición y más superficie. El placer de los colores, de crear imágenes con la punta de un pincel, comprobar cómo tu mano ve cosas de las que ni siquiera te habías percatado, cómo tu mano crea efectos visuales sin que tu mente se lo ordene, de forma automática?, ése es un trabajo increíble. Me gusta eso. Cuando pinto así es como estar debajo de la ducha por la mañana cantando. Cuando pinto de esa forma canto, pero nunca canto cuando escribo. Escribir es como jugar al ajedrez: dar la vuelta a las frases. Es más cerebral. Cuando escribo estoy más serio, estoy enfadado conmigo mismo y con el mundo, porque el hecho es que no puedes variar la realidad del mundo con palabras. Y te enfadas, les das la vuelta a las palabras, piensas en las consecuencias, piensas en la totalidad del mundo que quieres penetrar. Mientras que pintar constituye una felicidad instantánea.

Por eso le gusta escribir novelas, que le proporcionan una felicidad muy seria?

Por supuesto que me gusta escribir novelas, llevo 36 años haciéndolo. La felicidad de escribir es ver, a largo plazo, la creación de todo un universo. En este aspecto soy mucho más calculador. Por eso el Museo de la Inocencia (el museo físico) es más una novela que un cuadro. Es todo un depósito de relaciones, de cosas calculadas. El pintor que hay en mí hizo cosas en él con mucha alegría, pero al final la composición que tenía en la mente era obra del novelista.

El criterio para juzgar la belleza y la seriedad de una novela para mí es cuán precisa es a la hora de representar la vida. Una novela, como te dije en Nueva York, debe responder a esas preguntas: ¿qué es la vida?, ¿cuáles son los valores que determinan y explican la vida? Esos valores son devoción, felicidad, apego a las personas, continuidad, seguridad, risa, formar una familia, creatividad, disfrutar las consecuencias de tu individualidad, intentar ser más como los otros o intentar ser único?, la amistad, la soledad. Éstas son las cuestiones que debería contener una novela explícitamente o de una forma escondida, latente. Y en este sentido una novela es una cuestión moral, ya que te estás preguntando por estas cosas.

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Con la concesión del Premio Nobel de Literatura en 2006, el escritor de origen turco Orhan Pamuk (1952) pasó a ser conocido en prácticamente todo el mundo. Un verdadero regalo para quienes de otro modo tendrían pocas oportunidades de conocer su obra e incluso más que eso, pues Pamuk ha suscitado interés también al respecto de su extravagante biografía.

En este sentido cabe resaltar su Museo de la inocencia: un lugar en el que la ficción cobró realidad partiendo de su novela homónima. Pamuk montó una exposición permanente en un local de Estambul en donde reunió objetos de su colección personal relacionados con el relato. 83 gabinetes que se corresponden con los 83 capítulos de la novela, cada uno guardando las 83 emociones que se desarrollan en cada una de estas partes.

Cuando el escritor inauguró el museo en 2012, ofreció una entrevista a Juan Cruz para el diario argentino La Nación. Aquí comenta sobre los matices en que la existencia y la literatura comparten territorios y experiencias, y por momentos se confunden sin que sea posible decir si una es más importante que la otra o, mejor, si una podría entenderse sin la otra. “Las novelas son simples modelos para encontrar el significado de la vida”, dice Pamuk.

A continuación compartimos algunos fragmentos significativos del diálogo, poniendo a la disposición del lector este enlace donde se encuentra la entrevista completa.

Creo que mientras leemos nos damos cuenta de que hay algo que va más allá de la historia en sí. Al leer, el lector se convierte en detective y busca un sentido más profundo en lo que está leyendo. Borges habla de esto, tomando a Moby Dick como ejemplo. En la primera lectura parece que Moby Dick trata sobre unos cazadores de ballenas. En una segunda lectura la historia parece que trata sobre un capitán enloquecido. Pero Borges dice que la historia en realidad trata sobre algo cósmico, algo más profundo. Y tiene razón. Todas las grandes novelas van más allá. En el caso de las novelas de Agatha Christie, una vez que se sabe quién es el asesino no volvemos a leer el mismo libro. Pero en las grandes novelas literarias, sí ocurre. Las lees una y otra vez para descubrir su verdad, su corazón. Los verdaderos lectores de Moby Dick saben que trata sobre la vida misma. ¿Cuál es el sentido de la vida? Ésta es la pregunta que toda gran novela debe transmitir. Ulises o Finnegan’s Wake, de James Joyce, también buscan el centro. La mente humana está hecha para ello, para buscar el significado de las cosas. Las novelas son simples modelos para encontrar el significado de la vida.

Pamuk, ¿la literatura lo ha hecho feliz?

La literatura me ha hecho feliz. Pero no es la razón por la que empecé a escribir. Para mí fue algo inevitable. Yo quería ser pintor y fracasé. Pero seguía necesitando la soledad del artista y me gustaba tanto leer que quise ser escritor. Confieso que escribir una novela es un proceso deliciosamente solitario. Hace poco pasé una temporada sin escribir y me dediqué a la vida social y a pintar. Honestamente, fui muy feliz. Quizá porque estaba haciendo algo que siempre quise hacer. Pero ya se acabó y he retomado la literatura. Las novelas dan significado a la vida. Sin texto, la vida no tiene sentido. Siempre me siento más cercano a los árboles que al bosque. Y aunque me preocupa el árbol, a veces siento la necesidad de ver el paisaje completo.

Leonardo Sciascia me dijo un día: “La felicidad es un instante”. En El Museo de la Inocencia, desde la primera línea, usted indaga la felicidad, y su personaje llega a la conclusión de Sciascia, aunque ahí se afirma que la felicidad es la suma de instantes. Me gustaría conocer su idea de felicidad tras haber escrito esta novela y tras haber creado el museo que ahora la conlleva. ¿Cómo se siente?

OK, entiendo la pregunta como: “Orhan, ¿cómo es tu felicidad cuando estás trabajando en un museo o en el campo de las artes y cómo es tu felicidad cuando escribes?” Es un tema que me preocupa profundamente. Sé que soy infinitamente feliz cuando pinto. Pero cuando escribo me siento más inteligente, comprometido de una forma más profunda con el mundo, me siento parte del mundo y extrañamente, moralmente, responsable? La satisfacción que me da la pintura, y hablo de ello en mis últimos libros, es más ingenua, es menos composición y más superficie. El placer de los colores, de crear imágenes con la punta de un pincel, comprobar cómo tu mano ve cosas de las que ni siquiera te habías percatado, cómo tu mano crea efectos visuales sin que tu mente se lo ordene, de forma automática?, ése es un trabajo increíble. Me gusta eso. Cuando pinto así es como estar debajo de la ducha por la mañana cantando. Cuando pinto de esa forma canto, pero nunca canto cuando escribo. Escribir es como jugar al ajedrez: dar la vuelta a las frases. Es más cerebral. Cuando escribo estoy más serio, estoy enfadado conmigo mismo y con el mundo, porque el hecho es que no puedes variar la realidad del mundo con palabras. Y te enfadas, les das la vuelta a las palabras, piensas en las consecuencias, piensas en la totalidad del mundo que quieres penetrar. Mientras que pintar constituye una felicidad instantánea.

Por eso le gusta escribir novelas, que le proporcionan una felicidad muy seria?

Por supuesto que me gusta escribir novelas, llevo 36 años haciéndolo. La felicidad de escribir es ver, a largo plazo, la creación de todo un universo. En este aspecto soy mucho más calculador. Por eso el Museo de la Inocencia (el museo físico) es más una novela que un cuadro. Es todo un depósito de relaciones, de cosas calculadas. El pintor que hay en mí hizo cosas en él con mucha alegría, pero al final la composición que tenía en la mente era obra del novelista.

El criterio para juzgar la belleza y la seriedad de una novela para mí es cuán precisa es a la hora de representar la vida. Una novela, como te dije en Nueva York, debe responder a esas preguntas: ¿qué es la vida?, ¿cuáles son los valores que determinan y explican la vida? Esos valores son devoción, felicidad, apego a las personas, continuidad, seguridad, risa, formar una familia, creatividad, disfrutar las consecuencias de tu individualidad, intentar ser más como los otros o intentar ser único?, la amistad, la soledad. Éstas son las cuestiones que debería contener una novela explícitamente o de una forma escondida, latente. Y en este sentido una novela es una cuestión moral, ya que te estás preguntando por estas cosas.

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