“La Nueva Atlántida”, de Francis Bacon, propone una sociedad ideal en donde todos los habitantes comparten una especie de felicidad funcional, armónica. Se trata de una fantasía pragmática, un territorio utópico que se cimienta, acorde a los principios de este brillante científico inglés, en la naturaleza y el conocimiento como brújula primaria del desarrollo humano.

El reino, situado en la ficticia isla de Bensalem, mantenía una organización dirigida desde una selecta institución llamada la “Casa de Salomón”, cuyo propósito filosófico era estudiar la naturaleza para comprenderla y aprovecharla. Las mejores y más brillantes mentes de la isla pertenecían a este  centro de enseñanza, donde además se llevaban a cabo experimentos científicos.

Para Bacon la armonía entre los seres humanos podría alcanzarse mediante un entendimiento de la naturaleza, utilizando a la ciencia como mediador entre ella y nosotros (que a fin de cuentas somos solo uno). En este contexto, comprender los ritmos naturales desde la cultura, abrazar sus pautas y patrones, se traduce en una sociedad orientada hacia la evolución, la auto conciencia y el respeto.

La Nueva Atlántida es una invitación no solo a confiar en nuestras ideas, sino a encausarlas a favor de un bien común, tangible. Además, actúa como recordatorio de que en la medida que logremos comprender nuestro entorno natural, podremos replicar sus mayor virtudes e insertarnos en la inercia de su sabiduría.

Visualizar un escenario deseable, con miras a la evolución compartida, es un requisito obligado para eventualmente materializar la proyección –de ahí la crucial importancia de combinar la praxis con la fantasía, de hacerlas converger en modelos utópicos. Y precisamente en el registro histórico de este arquetípico ejercicio, este territorio del conocimiento imaginado por el empirista inglés, ocupa un lugar ejemplar.

“La Nueva Atlántida”, de Francis Bacon, propone una sociedad ideal en donde todos los habitantes comparten una especie de felicidad funcional, armónica. Se trata de una fantasía pragmática, un territorio utópico que se cimienta, acorde a los principios de este brillante científico inglés, en la naturaleza y el conocimiento como brújula primaria del desarrollo humano.

El reino, situado en la ficticia isla de Bensalem, mantenía una organización dirigida desde una selecta institución llamada la “Casa de Salomón”, cuyo propósito filosófico era estudiar la naturaleza para comprenderla y aprovecharla. Las mejores y más brillantes mentes de la isla pertenecían a este  centro de enseñanza, donde además se llevaban a cabo experimentos científicos.

Para Bacon la armonía entre los seres humanos podría alcanzarse mediante un entendimiento de la naturaleza, utilizando a la ciencia como mediador entre ella y nosotros (que a fin de cuentas somos solo uno). En este contexto, comprender los ritmos naturales desde la cultura, abrazar sus pautas y patrones, se traduce en una sociedad orientada hacia la evolución, la auto conciencia y el respeto.

La Nueva Atlántida es una invitación no solo a confiar en nuestras ideas, sino a encausarlas a favor de un bien común, tangible. Además, actúa como recordatorio de que en la medida que logremos comprender nuestro entorno natural, podremos replicar sus mayor virtudes e insertarnos en la inercia de su sabiduría.

Visualizar un escenario deseable, con miras a la evolución compartida, es un requisito obligado para eventualmente materializar la proyección –de ahí la crucial importancia de combinar la praxis con la fantasía, de hacerlas converger en modelos utópicos. Y precisamente en el registro histórico de este arquetípico ejercicio, este territorio del conocimiento imaginado por el empirista inglés, ocupa un lugar ejemplar.

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