Cuando pensamos en formas de vida extraterrestres, probablemente imaginemos seres más o menos similares a nosotros: ojos, oídos, manos, pies, etcétera. Sin embargo, una de las limitantes en la búsqueda de vida más allá de los confines de nuestro planeta se encuentra precisamente en que no sabemos qué estamos buscando exactamente o cómo se ven esas otras formas de vida. El famoso Disco de Oro del proyecto Voyager, con sonidos e imágenes de nuestro planeta, está hecho a la medida de nuestras capacidades, ¿pero qué pasaría si lo encontrara una civilización incapaz de percibir las ondas sonoras en el aire, o sin posibilidad de observar la luz al igual que nosotros?

A través de la fascinante Orquesta Copernicana y el concierto Omniphonics, el filósofo experimental Jonathon Keats ha propuesto que los seres extraterrestres tal vez no tengan los mismos medios sensoriales que los humanos: tal vez escuchen la luz u observen el sonido, tal vez cuenten con organismos capaces de incidir en las fuerzas gravitacionales, y muchas otras variables que apenas hemos considerado.

La propuesta de Keats parte de que la sensibilidad humana está cifrada en ciertas premisas físicas fundamentales: nuestro sentido del oído, que hace posible que nuestra conexión con la música ocurra gracias a su anatomía y nuestro cerebro, que evolucionó para captar las variaciones en la presión del aire en un rango aproximado de 20 Hz hasta casi 20 kHz. Los perros y otras formas de vida terrestre tienen rangos auditivos y visuales distintos al humano, pero otras configuraciones anatómicas activas en el espacio sideral podrían “escuchar” de otras formas. Simplemente no lo sabemos.

Los instrumentos musicales con los que estamos familiarizados en la música occidental –como los de cuerda, de percusión, los metales, etcétera– han evolucionado junto con nosotros, pero siempre bajo la premisa de ampliar el rango natural de la producción de sonidos del cuerpo humano. Nuestra boca y nuestro aparato fonador puede producir “una” voz a la vez, mientras que un instrumento de cuerda puede producir dos o más simultáneamente, lo que nos da la posibilidad de los acordes, así como la organización cromática de sonidos –aquellos que para los humanos suenan “naturales”, según nuestro sentido y apreciación de la música. ¿Pero qué haríamos si tuviéramos dos bocas o pudiéramos escuchar las ondas gravitacionales? ¿Cómo sería la música entonces?

Los instrumentos de la Orquesta Copernicana son invitaciones a pensar más allá de la configuración sensorial humana. El órgano ultrasónico, según lo describe Keats, emplea silbatos para perros en lugar de los tubos tradicionales de los órganos; esto produce melodías inaudibles para el oído humano, pero se mantiene en el rango “terrestre”. Esta limitante se lleva al extremo con las campanas de rayos gama, que pueden rebasar la frecuencia de 10 exahercios (EHz), que en palabras de Keats, es un “tipo de radiación electromagnética notable por su alta energía fotónica y fuerte penetración en la materia, cualidades que pueden sonar fuerte y claro para seres evolucionados en condiciones extraterrestres”.

Esta música radioactiva se complementa con la inclusión de formas de vida terrestres en el ensamble, como una jaula con grillos vivos, cuyo sonido se procesa en un sintetizador, o bien un cello que manipula las ondas gravitacionales, e incluso la presencia misma de la audiencia.

A pesar de que actualmente no está de gira, la Orquesta Copernicana de Jonathon Keats es una exhortación a pensar, imaginar y sentir más allá de nuestros parámetros biológicos. No está de más decir que su pieza “Universal Anthem” (el “Himno universal”) es también una propuesta de inclusión radical: una música que pueda ser apreciada por cualquier forma de vida imaginable, por lo que nunca se sabe cuál podrá ser la próxima parada de esta singular orquesta.

 

 

 

Imagen: Creative Commons

Cuando pensamos en formas de vida extraterrestres, probablemente imaginemos seres más o menos similares a nosotros: ojos, oídos, manos, pies, etcétera. Sin embargo, una de las limitantes en la búsqueda de vida más allá de los confines de nuestro planeta se encuentra precisamente en que no sabemos qué estamos buscando exactamente o cómo se ven esas otras formas de vida. El famoso Disco de Oro del proyecto Voyager, con sonidos e imágenes de nuestro planeta, está hecho a la medida de nuestras capacidades, ¿pero qué pasaría si lo encontrara una civilización incapaz de percibir las ondas sonoras en el aire, o sin posibilidad de observar la luz al igual que nosotros?

A través de la fascinante Orquesta Copernicana y el concierto Omniphonics, el filósofo experimental Jonathon Keats ha propuesto que los seres extraterrestres tal vez no tengan los mismos medios sensoriales que los humanos: tal vez escuchen la luz u observen el sonido, tal vez cuenten con organismos capaces de incidir en las fuerzas gravitacionales, y muchas otras variables que apenas hemos considerado.

La propuesta de Keats parte de que la sensibilidad humana está cifrada en ciertas premisas físicas fundamentales: nuestro sentido del oído, que hace posible que nuestra conexión con la música ocurra gracias a su anatomía y nuestro cerebro, que evolucionó para captar las variaciones en la presión del aire en un rango aproximado de 20 Hz hasta casi 20 kHz. Los perros y otras formas de vida terrestre tienen rangos auditivos y visuales distintos al humano, pero otras configuraciones anatómicas activas en el espacio sideral podrían “escuchar” de otras formas. Simplemente no lo sabemos.

Los instrumentos musicales con los que estamos familiarizados en la música occidental –como los de cuerda, de percusión, los metales, etcétera– han evolucionado junto con nosotros, pero siempre bajo la premisa de ampliar el rango natural de la producción de sonidos del cuerpo humano. Nuestra boca y nuestro aparato fonador puede producir “una” voz a la vez, mientras que un instrumento de cuerda puede producir dos o más simultáneamente, lo que nos da la posibilidad de los acordes, así como la organización cromática de sonidos –aquellos que para los humanos suenan “naturales”, según nuestro sentido y apreciación de la música. ¿Pero qué haríamos si tuviéramos dos bocas o pudiéramos escuchar las ondas gravitacionales? ¿Cómo sería la música entonces?

Los instrumentos de la Orquesta Copernicana son invitaciones a pensar más allá de la configuración sensorial humana. El órgano ultrasónico, según lo describe Keats, emplea silbatos para perros en lugar de los tubos tradicionales de los órganos; esto produce melodías inaudibles para el oído humano, pero se mantiene en el rango “terrestre”. Esta limitante se lleva al extremo con las campanas de rayos gama, que pueden rebasar la frecuencia de 10 exahercios (EHz), que en palabras de Keats, es un “tipo de radiación electromagnética notable por su alta energía fotónica y fuerte penetración en la materia, cualidades que pueden sonar fuerte y claro para seres evolucionados en condiciones extraterrestres”.

Esta música radioactiva se complementa con la inclusión de formas de vida terrestres en el ensamble, como una jaula con grillos vivos, cuyo sonido se procesa en un sintetizador, o bien un cello que manipula las ondas gravitacionales, e incluso la presencia misma de la audiencia.

A pesar de que actualmente no está de gira, la Orquesta Copernicana de Jonathon Keats es una exhortación a pensar, imaginar y sentir más allá de nuestros parámetros biológicos. No está de más decir que su pieza “Universal Anthem” (el “Himno universal”) es también una propuesta de inclusión radical: una música que pueda ser apreciada por cualquier forma de vida imaginable, por lo que nunca se sabe cuál podrá ser la próxima parada de esta singular orquesta.

 

 

 

Imagen: Creative Commons