Give me odorous at sunrise a garden of beautiful flowers where I can walk undisturbed.

-Walt Whitman

 

Desde tiempos remotos el hombre ha deseado —y, hasta algún punto, conseguido—delimitar y transformar el gran jardín que es la naturaleza, darle forma a sus ramas, recortar sus hojas y guiarlas en una dirección específica. Esa voluntad de manipular y “recrear” el mundo natural que nos rodea —el mismo principio que existe en el antiguo arte del bonsai—, encuentra una obvia contradicción en la creación de los jardines salvajes ingleses o cottage gardens.

La jardinería en Inglaterra es una tradición antigua que ha pasado por distintas etapas y tendencias. En el siglo XVIII, por ejemplo, lo que se conoció como “jardín inglés” remplazó a los geométricos y estructurados jardines a la francesa del siglo XVII que intentaban imitar los espacios de la casa real de Versalles —llenos de laberintos perfectamente recortados, alfombras de flores, decorados con fuentes y estatuas. El jardín inglés constituyó entonces el reflejo de la idealización de una naturaleza pastoral, posteriormente influenciada por el movimiento romántico inglés; se trataba de jardines con grandes espacios de pasto, grupos de árboles aislados como colonias e imitaciones de grutas, templos griegos, estanques y un espíritu que podría considerarse ciertamente más salvaje que lo que se acostumbraba en la Europa continental.

A finales del siglo XIX surgió un nuevo jardín inglés conocido como English cottage garden o jardín de casa de campo inglesa. Estos hermosísimos espacios que normalmente rodeaban una casa de campo o cabaña, habían existido durante siglos pero fue hasta este momento que se constituyeron como una tendencia en el diseño de jardines y sus características se definieron y refinaron.

Los English cottage gardens implican la delicada la contradicción de ser un jardín, un espacio delimitado y “diseñado” por el hombre, que pretende pasar por un jardín salvaje —con todas las contradicciones implícitas del concepto—. Normalmente integran huertos, jardines de hierbas aromáticas, zonas de flores y, en ocasiones, colmenas de abejas. Las plantas que lo integran son densas, poco recortadas y se encuentran en espacios reducidos, literalmente derramándose sobre el jardín. Sus habitantes —una mezcla de plantas comestibles, hierbas y plantas ornamentales— llenan espacios donde no hay líneas rectas, donde pareciera que la naturaleza ha hecho todo el trabajo. Rosas, margaritas, violetas, geranios, rosas de China, caléndula y otras hierbas plagan este abigarrado lugar que podría parecer salvaje, pero que está perfectamente diseñado.

Helen Leach, en su libro Cultivating Myths, sostiene que el cottage garden constituye la imagen de un mundo idealizado y definitivamente ficticio que se encuentra en algún lugar del pasado inglés y que es una tierra fantástica, como muchas otras creaciones inspiradas en conceptos románticos de lo que es la naturaleza. En su libro, Leach sostiene que la idea de este espacio sí inspira un tipo de jardinería que más allá de implicar el uso de plantas específicas, se caracteriza por su modo de combinar y distribuir las plantas, una característica única de estos sobrepoblados jardines.

Los jardines de casa de campo inglesa encarnan lo que el poeta inglés Alexander Pope llamaría en algún momento la “afable simplicidad de la naturaleza sin adornos”; representan un esfuerzo velado por moldear un mundo natural, conservando lo que se supone son características de una naturaleza salvaje e intacta, una especie de hermoso caos controlado, una organización desorganizada y un mundo salvaje completamente controlado y discretamente ordenado, un jardín que pareciera haber sido tomado por las plantas que lo habitan.

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@MissMariaaaa

Give me odorous at sunrise a garden of beautiful flowers where I can walk undisturbed.

-Walt Whitman

 

Desde tiempos remotos el hombre ha deseado —y, hasta algún punto, conseguido—delimitar y transformar el gran jardín que es la naturaleza, darle forma a sus ramas, recortar sus hojas y guiarlas en una dirección específica. Esa voluntad de manipular y “recrear” el mundo natural que nos rodea —el mismo principio que existe en el antiguo arte del bonsai—, encuentra una obvia contradicción en la creación de los jardines salvajes ingleses o cottage gardens.

La jardinería en Inglaterra es una tradición antigua que ha pasado por distintas etapas y tendencias. En el siglo XVIII, por ejemplo, lo que se conoció como “jardín inglés” remplazó a los geométricos y estructurados jardines a la francesa del siglo XVII que intentaban imitar los espacios de la casa real de Versalles —llenos de laberintos perfectamente recortados, alfombras de flores, decorados con fuentes y estatuas. El jardín inglés constituyó entonces el reflejo de la idealización de una naturaleza pastoral, posteriormente influenciada por el movimiento romántico inglés; se trataba de jardines con grandes espacios de pasto, grupos de árboles aislados como colonias e imitaciones de grutas, templos griegos, estanques y un espíritu que podría considerarse ciertamente más salvaje que lo que se acostumbraba en la Europa continental.

A finales del siglo XIX surgió un nuevo jardín inglés conocido como English cottage garden o jardín de casa de campo inglesa. Estos hermosísimos espacios que normalmente rodeaban una casa de campo o cabaña, habían existido durante siglos pero fue hasta este momento que se constituyeron como una tendencia en el diseño de jardines y sus características se definieron y refinaron.

Los English cottage gardens implican la delicada la contradicción de ser un jardín, un espacio delimitado y “diseñado” por el hombre, que pretende pasar por un jardín salvaje —con todas las contradicciones implícitas del concepto—. Normalmente integran huertos, jardines de hierbas aromáticas, zonas de flores y, en ocasiones, colmenas de abejas. Las plantas que lo integran son densas, poco recortadas y se encuentran en espacios reducidos, literalmente derramándose sobre el jardín. Sus habitantes —una mezcla de plantas comestibles, hierbas y plantas ornamentales— llenan espacios donde no hay líneas rectas, donde pareciera que la naturaleza ha hecho todo el trabajo. Rosas, margaritas, violetas, geranios, rosas de China, caléndula y otras hierbas plagan este abigarrado lugar que podría parecer salvaje, pero que está perfectamente diseñado.

Helen Leach, en su libro Cultivating Myths, sostiene que el cottage garden constituye la imagen de un mundo idealizado y definitivamente ficticio que se encuentra en algún lugar del pasado inglés y que es una tierra fantástica, como muchas otras creaciones inspiradas en conceptos románticos de lo que es la naturaleza. En su libro, Leach sostiene que la idea de este espacio sí inspira un tipo de jardinería que más allá de implicar el uso de plantas específicas, se caracteriza por su modo de combinar y distribuir las plantas, una característica única de estos sobrepoblados jardines.

Los jardines de casa de campo inglesa encarnan lo que el poeta inglés Alexander Pope llamaría en algún momento la “afable simplicidad de la naturaleza sin adornos”; representan un esfuerzo velado por moldear un mundo natural, conservando lo que se supone son características de una naturaleza salvaje e intacta, una especie de hermoso caos controlado, una organización desorganizada y un mundo salvaje completamente controlado y discretamente ordenado, un jardín que pareciera haber sido tomado por las plantas que lo habitan.

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@MissMariaaaa

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