La madre es el primer vínculo de los seres humanos con el universo, vehículo de su irrupción en el mundo; pero la figura del padre presenta algunas complejidades particulares, y de índole muy distinta que la de la madre.

Y es que las ideas que tenemos sobre lo que constituye la maternidad, así como la paternidad, han cambiado a lo largo de la historia, han servido a diversos fines, y continúan en un constante proceso de transformación.

Por ejemplo, en las sociedades tribales matriarcales, la figura del padre podía compartirse o delegarse según el rol que los varones tuvieran en la vida de los jóvenes. De igual modo, cuando faltaba la madre, la comunidad acogía a los menores y les brindaba un lugar.

La visión moderna de la familia nuclear —con el núcleo constituido por la tríada madre, padre e hijo— parte de necesidades económicas, pues distinguir la paternidad se vuelve necesario solamente cuando está en juego la herencia o la inminente división de la propiedad privada. El apellido, más que la perpetuación de una genealogía, busca desde un principio fungir como un amuleto legal para legitimar la transmisión de los bienes acumulados por el padre.

Además de la cuestión económica, nuestros sistemas de creencias determinan el tipo de paternidad y maternidad que se ejerce. La cultura judeocristiana es una cultura patriarcal, pues coloca la autoridad absoluta del orden teológico en la figura suprema de Dios padre, el YHWH de los judíos, que se transforma en un padre misericordioso en el Nuevo Testamento. También resalta el papel de José, padre de Jesús, para afianzar el arquetipo del padre como proveedor y jefe de familia, incluso entre los más pobres.

Para los griegos, en cambio, los dioses paternos son una amenaza latente desde el principio de los tiempos, la cual debe apaciguarse o combatirse. El titán Cronos destrona a su padre Urano (el cielo) al castrarlo, y después va a devorar a sus hijos Rea, Hades y Posidón, antes de ser destronado, a su vez, por las argucias de su hijo Zeus. Los dioses griegos no son un “modelo” de paternidad como los que vemos en la publicidad hoy en día: están celosos de sus hijos y tienen abiertas preferencias por algunos de ellos sobre otros.

En la literatura griega también existen excepciones a este hecho. Uno de los primeros tratados sobre ética, la Ética a Nicómaco de Aristóteles, ha sido leído por muchos siglos como un discurso aleccionador de padres a hijos sobre las virtudes, la felicidad y la inmortalidad (a pesar de que el nexo real de Aristóteles con Nicómaco sea aún hoy motivo de disputas). Y es que esa parece ser la función del padre, incluso más allá de la de proveedor: ser una especie de ejemplo o espejo a futuro para mostrar un modelo de comportamiento para las nuevas generaciones.

Si tomamos como válida la premisa anterior, podemos pensar que en realidad todos los hombres y mujeres somos padres y madres (voluntariamente o no) de los niños que conviven con nosotros: son nuestras acciones más que nuestras palabras las que les muestran cómo funciona el mundo, cuáles son las formas de desenvolverse en él, cómo lidiar con la angustia o el miedo. En ese sentido, todos tenemos una responsabilidad muy concreta con el futuro de las sociedades a través de modelos de crianza que saquen de la reducida burbuja del “núcleo” familiar las necesidades psicoafectivas del niño, de manera que todos puedan aprender de todos.

*Imagen: Dominio Público

 

La madre es el primer vínculo de los seres humanos con el universo, vehículo de su irrupción en el mundo; pero la figura del padre presenta algunas complejidades particulares, y de índole muy distinta que la de la madre.

Y es que las ideas que tenemos sobre lo que constituye la maternidad, así como la paternidad, han cambiado a lo largo de la historia, han servido a diversos fines, y continúan en un constante proceso de transformación.

Por ejemplo, en las sociedades tribales matriarcales, la figura del padre podía compartirse o delegarse según el rol que los varones tuvieran en la vida de los jóvenes. De igual modo, cuando faltaba la madre, la comunidad acogía a los menores y les brindaba un lugar.

La visión moderna de la familia nuclear —con el núcleo constituido por la tríada madre, padre e hijo— parte de necesidades económicas, pues distinguir la paternidad se vuelve necesario solamente cuando está en juego la herencia o la inminente división de la propiedad privada. El apellido, más que la perpetuación de una genealogía, busca desde un principio fungir como un amuleto legal para legitimar la transmisión de los bienes acumulados por el padre.

Además de la cuestión económica, nuestros sistemas de creencias determinan el tipo de paternidad y maternidad que se ejerce. La cultura judeocristiana es una cultura patriarcal, pues coloca la autoridad absoluta del orden teológico en la figura suprema de Dios padre, el YHWH de los judíos, que se transforma en un padre misericordioso en el Nuevo Testamento. También resalta el papel de José, padre de Jesús, para afianzar el arquetipo del padre como proveedor y jefe de familia, incluso entre los más pobres.

Para los griegos, en cambio, los dioses paternos son una amenaza latente desde el principio de los tiempos, la cual debe apaciguarse o combatirse. El titán Cronos destrona a su padre Urano (el cielo) al castrarlo, y después va a devorar a sus hijos Rea, Hades y Posidón, antes de ser destronado, a su vez, por las argucias de su hijo Zeus. Los dioses griegos no son un “modelo” de paternidad como los que vemos en la publicidad hoy en día: están celosos de sus hijos y tienen abiertas preferencias por algunos de ellos sobre otros.

En la literatura griega también existen excepciones a este hecho. Uno de los primeros tratados sobre ética, la Ética a Nicómaco de Aristóteles, ha sido leído por muchos siglos como un discurso aleccionador de padres a hijos sobre las virtudes, la felicidad y la inmortalidad (a pesar de que el nexo real de Aristóteles con Nicómaco sea aún hoy motivo de disputas). Y es que esa parece ser la función del padre, incluso más allá de la de proveedor: ser una especie de ejemplo o espejo a futuro para mostrar un modelo de comportamiento para las nuevas generaciones.

Si tomamos como válida la premisa anterior, podemos pensar que en realidad todos los hombres y mujeres somos padres y madres (voluntariamente o no) de los niños que conviven con nosotros: son nuestras acciones más que nuestras palabras las que les muestran cómo funciona el mundo, cuáles son las formas de desenvolverse en él, cómo lidiar con la angustia o el miedo. En ese sentido, todos tenemos una responsabilidad muy concreta con el futuro de las sociedades a través de modelos de crianza que saquen de la reducida burbuja del “núcleo” familiar las necesidades psicoafectivas del niño, de manera que todos puedan aprender de todos.

*Imagen: Dominio Público