Cuando se le ve en persona, en las lecturas que da en su natal Chile o en algún país de Latinoamérica, Raúl Zurita (1950) parece un ser bidimensional. La enfermedad que lo aqueja desde hace años (el Parkinson) parece oprimirlo contra una superficie a sus espaldas: entre el aire y la pared. Su cuerpo, al igual que sus múltiples libros de poesía, relata la dura historia del continente y en particular de su país.

En una entrevista realizada por Walter Lazcano, para Eterna Cadencia, Zurita afirmó: “En 1985, en plena dictadura”, “publiqué Canto a su amor desaparecido uno de cuyos versos está inscrito en el Memorial de los Detenidos Desaparecidos en el Cementerio General. De Santiago.” Pero desde el golpe de estado de Augusto Pinochet en 1973, Zurita, militante comunista, sufrió la tortura junto a muchos otros compañeros, de los cuales apenas la poesía (es decir, la imaginación) pueden dar memoria.

En 1979 pintó en los cielos de Nueva York la frase “Ni Pena Ni Miedo”, entre otras catorce frases, de entre siete y nueve kilómetros de largo, utilizando aviones rentados para la ocasión que escribían con humo blanco en la página azul del cielo. Esta, y su intervención en el desierto de Atacama, en Chile, se consideran antecedentes del land art y como una redistribución simbólica de la imaginación poética que invade la geografía de América, de punta a punta. En el mismo año aparece su primer libro de poemas, Purgatorio (otra referencia dantesca), en cuya portada aparece Zurita con la quemadura que se provocó en la mejilla: las cicatrices en el cuerpo se corresponden a las cicatrices en el cielo y en el desierto.

Desde hacía unos años participaba en el colectivo CADA (Colectivo de Acciones de Arte), integrado también por el sociólogo Fernando Balcells, y los artistas Lotty Rosenfeld, Juan Castillo y Diamela Eltit.

Su libro INRI  “apareció exactamente a 30 años del golpe militar en Chile. El único gran poema era que esos crímenes nunca se hubieran cometido y que no existiese por ende ningún poema que hablara de esos crímenes.”

Mira, un testigo, un general arrepentido contó que a muchas de las víctimas les arrancaron los ojos con corvos antes de matarlos. Por eso en INRI no está la palabra ver, nadie ve, solo se oye. Escribir, imaginar poemas escribiéndose en el cielo o trazados sobre el desierto fue mi forma íntima de resistir, de no enloquecer, de no resignarme.

Y es que para Zurita, la escritura poética es lo que nos salva de nosotros mismos:

Si los seres humanos no fuesen capaces de esa extrema delicadeza que es escribir poemas, la violencia sería lo natural, pero porque existen los poemas, la violencia, las matanzas, la tortura, los genocidios, son mucho más monstruosos. Porque si en lugar de torturar a alguien tenemos la posibilidad de tenderle una mano o de abrazarlo, el asesinato es infinitamente más asesinato y el asesino infinitamente más asesino.

Cuando se le ve en persona, en las lecturas que da en su natal Chile o en algún país de Latinoamérica, Raúl Zurita (1950) parece un ser bidimensional. La enfermedad que lo aqueja desde hace años (el Parkinson) parece oprimirlo contra una superficie a sus espaldas: entre el aire y la pared. Su cuerpo, al igual que sus múltiples libros de poesía, relata la dura historia del continente y en particular de su país.

En una entrevista realizada por Walter Lazcano, para Eterna Cadencia, Zurita afirmó: “En 1985, en plena dictadura”, “publiqué Canto a su amor desaparecido uno de cuyos versos está inscrito en el Memorial de los Detenidos Desaparecidos en el Cementerio General. De Santiago.” Pero desde el golpe de estado de Augusto Pinochet en 1973, Zurita, militante comunista, sufrió la tortura junto a muchos otros compañeros, de los cuales apenas la poesía (es decir, la imaginación) pueden dar memoria.

En 1979 pintó en los cielos de Nueva York la frase “Ni Pena Ni Miedo”, entre otras catorce frases, de entre siete y nueve kilómetros de largo, utilizando aviones rentados para la ocasión que escribían con humo blanco en la página azul del cielo. Esta, y su intervención en el desierto de Atacama, en Chile, se consideran antecedentes del land art y como una redistribución simbólica de la imaginación poética que invade la geografía de América, de punta a punta. En el mismo año aparece su primer libro de poemas, Purgatorio (otra referencia dantesca), en cuya portada aparece Zurita con la quemadura que se provocó en la mejilla: las cicatrices en el cuerpo se corresponden a las cicatrices en el cielo y en el desierto.

Desde hacía unos años participaba en el colectivo CADA (Colectivo de Acciones de Arte), integrado también por el sociólogo Fernando Balcells, y los artistas Lotty Rosenfeld, Juan Castillo y Diamela Eltit.

Su libro INRI  “apareció exactamente a 30 años del golpe militar en Chile. El único gran poema era que esos crímenes nunca se hubieran cometido y que no existiese por ende ningún poema que hablara de esos crímenes.”

Mira, un testigo, un general arrepentido contó que a muchas de las víctimas les arrancaron los ojos con corvos antes de matarlos. Por eso en INRI no está la palabra ver, nadie ve, solo se oye. Escribir, imaginar poemas escribiéndose en el cielo o trazados sobre el desierto fue mi forma íntima de resistir, de no enloquecer, de no resignarme.

Y es que para Zurita, la escritura poética es lo que nos salva de nosotros mismos:

Si los seres humanos no fuesen capaces de esa extrema delicadeza que es escribir poemas, la violencia sería lo natural, pero porque existen los poemas, la violencia, las matanzas, la tortura, los genocidios, son mucho más monstruosos. Porque si en lugar de torturar a alguien tenemos la posibilidad de tenderle una mano o de abrazarlo, el asesinato es infinitamente más asesinato y el asesino infinitamente más asesino.

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