Los arquetipos funcionan como signos de identificación, como huellas que llevamos inscritas en esa especie de código genético cultural que siglos y siglos de civilización ha vuelto parte de nuestra naturaleza. A veces incluso sin darnos cuenta, hay símbolos que encontramos de pronto y, aparentemente de la nada, algo nos dicen: nos llaman, nos detienen, nos invitan a formar parte del mensaje que transmiten.

La proporción áurea, sin considerarse estrictamente un arquetipo, de algún modo funciona como estos. En algún pasaje de su vasta obra George Steiner asegura que la civilización occidental tiene como una de sus fuentes primordiales la cultura griega: aun ahora, a tantos años de distancia, las obras de los griegos continúan presentes, influyéndonos, moldeando nuestros pensamientos y nuestras formas de estar en el mundo. Y este es un poco el caso de la proporción áurea: aunque nuestra idea de belleza se ha modificado notablemente, en particular después de las vanguardias estéticas del siglo XX, cuando encontramos una obra, un objeto, un rostro, que se ajusta a esta razón matemática, instintiva, sensitiva, casi inexplicablemente tendemos a considerarlo bello.

En un interesante ejercicio analítico sobre esta proporción cuyo descubrimiento se atribuye a Pitágoras, el artista Ali Shirazi examina la presencia del número áureo en la cinta There Will Be Blood de Paul Thomas Anderson (2007), una asociación sin duda inesperada y que quizá es todavía más interesante.

Paul Thomas Anderson, por cierto, se ha distinguido por su acercamiento a temas poco cómodos, que implica rupturas emocionales críticas con un tratamiento visual que busca traducir dicha conmoción al lenguaje de la cámara y la mirada cinematográfica.

El video de Ali Shirazi, por su parte, muestra hasta qué punto una idea estético-matemática tan enraizada en nuestra psique vuelve el arte asequible, cercano, como si se tratara de la primera contraseña de una iniciación irrevocable: el cine como la revelación del misterio que siempre estuvo ante nuestros ojos.

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Los arquetipos funcionan como signos de identificación, como huellas que llevamos inscritas en esa especie de código genético cultural que siglos y siglos de civilización ha vuelto parte de nuestra naturaleza. A veces incluso sin darnos cuenta, hay símbolos que encontramos de pronto y, aparentemente de la nada, algo nos dicen: nos llaman, nos detienen, nos invitan a formar parte del mensaje que transmiten.

La proporción áurea, sin considerarse estrictamente un arquetipo, de algún modo funciona como estos. En algún pasaje de su vasta obra George Steiner asegura que la civilización occidental tiene como una de sus fuentes primordiales la cultura griega: aun ahora, a tantos años de distancia, las obras de los griegos continúan presentes, influyéndonos, moldeando nuestros pensamientos y nuestras formas de estar en el mundo. Y este es un poco el caso de la proporción áurea: aunque nuestra idea de belleza se ha modificado notablemente, en particular después de las vanguardias estéticas del siglo XX, cuando encontramos una obra, un objeto, un rostro, que se ajusta a esta razón matemática, instintiva, sensitiva, casi inexplicablemente tendemos a considerarlo bello.

En un interesante ejercicio analítico sobre esta proporción cuyo descubrimiento se atribuye a Pitágoras, el artista Ali Shirazi examina la presencia del número áureo en la cinta There Will Be Blood de Paul Thomas Anderson (2007), una asociación sin duda inesperada y que quizá es todavía más interesante.

Paul Thomas Anderson, por cierto, se ha distinguido por su acercamiento a temas poco cómodos, que implica rupturas emocionales críticas con un tratamiento visual que busca traducir dicha conmoción al lenguaje de la cámara y la mirada cinematográfica.

El video de Ali Shirazi, por su parte, muestra hasta qué punto una idea estético-matemática tan enraizada en nuestra psique vuelve el arte asequible, cercano, como si se tratara de la primera contraseña de una iniciación irrevocable: el cine como la revelación del misterio que siempre estuvo ante nuestros ojos.

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