Quizá muchos de nosotros estemos familiarizados con los mandalas de arena que, de manera ritual, se realizan en ciertos monasterios tibetanos. Se trata de complejas creaciones que aunque destacan por su detalle y el preciosismo de su elaboración, conllevan también una cualidad que es poco asequible fuera de las creencias budistas. Cuando la labor termina, luego de varios días de trabajo de también numerosos monjes participantes, el mandala se destruye, con la misma paciencia y ritualidad con que se trazó.

Este movimiento puede ser incomprensible porque, en la mentalidad occidental, la noción de lo perdurable es un componente decisivo de las obras que se realizan. Un poema, una pintura, una escultura y a veces incluso algunas acciones de nuestra cotidianidad. Nuestras obras están llamadas a sobrevivirnos, pensamos, y en esta idea cabe incluso la recomendación coloquial de “sembrar un árbol, escribir un libro y tener un hijo”, tres símbolos elementales de la posteridad.

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Pero no para el budismo, en cuya doctrina se enseña la fugacidad de esta vida, lo constante de su transformación pero, por encima de todo, el hecho de que el verdadero propósito de vivir es liberarse de la “rueda de la vida”, el samsara que no es más que la antesala del nirvana. Ante la iluminación, ¿no palidece eso que los hombres llaman una “obra de arte”?

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Cabe mencionar que cuando uno de estos mandalas se barre, la arena empleada es vertida a un recipiente que se envuelve en seda y se deposita en un río, para que así termine de vuelta en el mar. Una última metáfora para voltear a ver lo que verdaderamente importa de la vida.

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Quizá muchos de nosotros estemos familiarizados con los mandalas de arena que, de manera ritual, se realizan en ciertos monasterios tibetanos. Se trata de complejas creaciones que aunque destacan por su detalle y el preciosismo de su elaboración, conllevan también una cualidad que es poco asequible fuera de las creencias budistas. Cuando la labor termina, luego de varios días de trabajo de también numerosos monjes participantes, el mandala se destruye, con la misma paciencia y ritualidad con que se trazó.

Este movimiento puede ser incomprensible porque, en la mentalidad occidental, la noción de lo perdurable es un componente decisivo de las obras que se realizan. Un poema, una pintura, una escultura y a veces incluso algunas acciones de nuestra cotidianidad. Nuestras obras están llamadas a sobrevivirnos, pensamos, y en esta idea cabe incluso la recomendación coloquial de “sembrar un árbol, escribir un libro y tener un hijo”, tres símbolos elementales de la posteridad.

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Pero no para el budismo, en cuya doctrina se enseña la fugacidad de esta vida, lo constante de su transformación pero, por encima de todo, el hecho de que el verdadero propósito de vivir es liberarse de la “rueda de la vida”, el samsara que no es más que la antesala del nirvana. Ante la iluminación, ¿no palidece eso que los hombres llaman una “obra de arte”?

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Cabe mencionar que cuando uno de estos mandalas se barre, la arena empleada es vertida a un recipiente que se envuelve en seda y se deposita en un río, para que así termine de vuelta en el mar. Una última metáfora para voltear a ver lo que verdaderamente importa de la vida.

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