Una de las cualidades más sorprendentes del Romanticismo es que si bien se le nombra así, como un movimiento artístico más o menos homogéneo, en realidad su expresión tiene diferencias notables de acuerdo con el contexto en donde ocurrió.

En este sentido, es posible que una veta aún no suficientemente explorada del romanticismo inglés sea la del ocultismo y la magia, por una vía más o menos secreta que en gran parte tiene su origen en los rosacruces, la legendaria orden secreta que aunque se fundó en territorio alemán en el siglo XVII tuvo en Inglaterra un impacto profundo, al grado de que uno de sus pensadores más admirables, Robert Fludd, matemático y astrónomo, además de estudioso de la cábala y las ciencias herméticas, fue también un entusiasta defensor del rosacrucismo.

Otra gran figura seducida por las ideas de la orden rosacruz fue Percy B. Shelley, el influyente poeta que junto con Lord Byron, su esposa Mary y algunos pocos más sostuvo el movimiento romántico en Alemania.

posthumous-portrait-of-shelley-writing-prometheus-unbound-in-italy-by-joseph-severn-1845

La principal pieza que apoya esta hipótesis es St. Irvyne; or, The Rosicrucian: A Romance, una novela corta en la que un joven errante se encuentra de pronto con un alquimista rosacruz que busca el secreto de la juventud eterna. Por lo que se sabe de Shelley (que en sus días en Eton gastaba su dinero en libros sobre magia y hechicería, y que vivía rodeado de todo tipo de aparatos de investigación científica), en el relato se adivina cierta inclinación autobiográfica.

Asimismo se conoce una carta a William Godwin en la que Shelley declara su afinidad espiritual con maestros como Paracelso, Alberto Magno y Cornelius Agrippa, alquimistas y protocientíficos que en su época contribuyeron notablemente al desarrollo de la ciencia. Más adelante, en su célebre ensayo “En defensa de la poesía”, Shelley compara esta con la labor alquímica, pues se trata también de una operación que transmuta y transforma, que convierte lo terrenal y mundano en algo sublime, que purifica y eleva.

Évocation-des-Morts-Aimés-Summoning-of-the-Beloved-Dead-by-Paul-Christian-in-Histoire-de-la-magie-History-of-Magic-Paris-1870.

La eterna juventud, la posesión de un secreto, la existencia de un mundo paralelo del que pocos saben aun cuando se encuentra a la vista, los símbolos, el lenguaje cifrado… no es del todo casual que la mente y la sensibilidad de un poeta se sientan atraídas por este imaginario.

Y es que, más allá de la veracidad o falsedad en torno a la existencia de una orden como los Rosacruces, su realidad es manifiesta y palpable por los efectos producidos. Por ejemplo, hacer que un joven, en su intento de hacerse alquimista, deviniera poeta.

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Imágenes:

The Funeral of Shelley porLouis Édouard Fournier (1889)
Portrait of Percy Shelley por Joseph Severn
Évocation des Morts Aimés por Paul Christian en Histoire de la magie
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Una de las cualidades más sorprendentes del Romanticismo es que si bien se le nombra así, como un movimiento artístico más o menos homogéneo, en realidad su expresión tiene diferencias notables de acuerdo con el contexto en donde ocurrió.

En este sentido, es posible que una veta aún no suficientemente explorada del romanticismo inglés sea la del ocultismo y la magia, por una vía más o menos secreta que en gran parte tiene su origen en los rosacruces, la legendaria orden secreta que aunque se fundó en territorio alemán en el siglo XVII tuvo en Inglaterra un impacto profundo, al grado de que uno de sus pensadores más admirables, Robert Fludd, matemático y astrónomo, además de estudioso de la cábala y las ciencias herméticas, fue también un entusiasta defensor del rosacrucismo.

Otra gran figura seducida por las ideas de la orden rosacruz fue Percy B. Shelley, el influyente poeta que junto con Lord Byron, su esposa Mary y algunos pocos más sostuvo el movimiento romántico en Alemania.

posthumous-portrait-of-shelley-writing-prometheus-unbound-in-italy-by-joseph-severn-1845

La principal pieza que apoya esta hipótesis es St. Irvyne; or, The Rosicrucian: A Romance, una novela corta en la que un joven errante se encuentra de pronto con un alquimista rosacruz que busca el secreto de la juventud eterna. Por lo que se sabe de Shelley (que en sus días en Eton gastaba su dinero en libros sobre magia y hechicería, y que vivía rodeado de todo tipo de aparatos de investigación científica), en el relato se adivina cierta inclinación autobiográfica.

Asimismo se conoce una carta a William Godwin en la que Shelley declara su afinidad espiritual con maestros como Paracelso, Alberto Magno y Cornelius Agrippa, alquimistas y protocientíficos que en su época contribuyeron notablemente al desarrollo de la ciencia. Más adelante, en su célebre ensayo “En defensa de la poesía”, Shelley compara esta con la labor alquímica, pues se trata también de una operación que transmuta y transforma, que convierte lo terrenal y mundano en algo sublime, que purifica y eleva.

Évocation-des-Morts-Aimés-Summoning-of-the-Beloved-Dead-by-Paul-Christian-in-Histoire-de-la-magie-History-of-Magic-Paris-1870.

La eterna juventud, la posesión de un secreto, la existencia de un mundo paralelo del que pocos saben aun cuando se encuentra a la vista, los símbolos, el lenguaje cifrado… no es del todo casual que la mente y la sensibilidad de un poeta se sientan atraídas por este imaginario.

Y es que, más allá de la veracidad o falsedad en torno a la existencia de una orden como los Rosacruces, su realidad es manifiesta y palpable por los efectos producidos. Por ejemplo, hacer que un joven, en su intento de hacerse alquimista, deviniera poeta.

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Imágenes:

The Funeral of Shelley porLouis Édouard Fournier (1889)
Portrait of Percy Shelley por Joseph Severn
Évocation des Morts Aimés por Paul Christian en Histoire de la magie
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