El amor no está a salvo de los cambios y transformaciones que afectan a una época. No puede estar a salvo. Tan propio es de la naturaleza humana, que podría decirse que aun las más mínimas variaciones en la cultura, la historia, las formas en que nos relacionamos, afectan también la manera en que amamos, las ideas bajo las cuales pensamos el amor y las prácticas con las que lo ejercemos.

En nuestra época, el amor se transforma por un elemento muy específico: la tecnología digital. Si, por sí mismo, amar es en buena medida un acto de comunicación, resulta lógico que la revolución que ha ocurrido en dicho campo en los últimos años, halla provocado también un cambio en el amor contemporáneo.

Ahora que todo en la comunicación se quiere instantáneo, sencillo y preciso, ahora que buscamos que los mensajes no nos hagan perder tiempo, y que al mismo tiempo nos entretengan, ¿qué lugar puede tener el amor? ¿Qué tanto de ese panorama actual es contrario a las formas de amor conocidas, que suelen necesitar paciencia y constancia para germinar y consolidarse? El cultivo del amor, hasta donde se sabe, requiere que el sujeto esté dispuesto a equivocarse, a emprender rodeos que de inicio parecen innecesarios, a conocer, descubrir y hasta inventar un poco su objeto de amor, ¿pero es eso posible en una época en la que creemos que toda la información sobre un hecho está al alcance de la mano? ¿Es posible ahora que basta aceptar una solicitud de amistad en Facebook para conocer de inmediato a una persona?

Esta reflexión es particularmente importante porque estamos tan cerca del fenómeno que no vemos sus consecuencias. Sabemos bien, por distintos motivos, que actualmente el amor vive si no una especie de crisis, al menos sí un momento singular en su historia. Como ninguna otra época, la nuestra es una que se distingue por el número de personas que viven en soltería. Igualmente, expresiones culturales como la exitosa sección de The New York Times, “Modern Love”, o algunas columnas similares del diario inglés The Guardian, entre otras, dan cuenta de cierto malestar que actualmente parece estar dificultando la posibilidad de entablar relaciones amorosas. Amor líquido, lo llamó Zygmunt Bauman, aludiendo a una cualidad propia del amor contemporáneo que lo hace fugaz, huidizo e inestable, como si hubiera pasado ya su tiempo o su capacidad para volverse duradero y permanecer.

En un texto publicado en The Paris Review, Alfie Bown, coeditor de The Hong Kong Review of Books y autor de un par de libros en torno al amor visto desde el psicoanálisis, se pregunta por la relación entre el amor y las condiciones políticas que lo enmarcan y, hasta cierto punto, le dan la posibilidad de existir. Bown reflexiona sobre aplicaciones en apariencia distintas como Tinder, Grindr y, Pokémon Go, las dos primeras diseñadas para “conectar” con personas y parejas potenciales, y la última, un videojuego basado en personajes de Nintendo. Las tres, sin embargo, tienen al menos un elemento en común que a su vez deriva en otros relacionados: funcionan a partir de la geolocalización satelital (GPS, por sus siglas en inglés).

Y no sólo eso: como señala Bown, si el lanzamiento de Pokémon Go sirvió también para probar las tecnologías de organización social de Google, algo muy parecido puede considerarse para el caso de las apps de citas y encuentros, que cumplen un principio similar: hacer que las personas actúen e interactúen dentro de un determinado espacio virtual, bajo ciertas reglas y orientados hacia conductas específicas en la realidad. Un sistema puesto en marcha por un elemento tan sencillo como complejo: el deseo humano.

Si algo está ocurriendo con la comunicación digital contemporánea –y, por ende, con ciertas formas del amor–, es que el deseo parece ponerse con suma facilidad sobre cualquier objeto, real o imaginario, sea un personaje de fantasía (como los seres de Pokémon Go) o una persona real (aunque, es cierto, distanciada en la virtualidad de la pantalla). Al enamoramiento siempre se le ha adjudicado cierto ingrediente ilusorio, fantasioso, tanto que se dice que al enamorarnos de alguien hay cierto momento en que inventamos al otro, lo vemos como quisiéramos que fuera y no como en realidad es. En nuestra época, sin embargo, esta cualidad del amor (o de una de sus etapas, el frenesí del flechazo), parece haber perdido su misterio o, mejor dicho, pareciera como si éste hubiera sido empaquetado y lustrado y puesto en esa vitrina portátil que ahora todos llevamos en nuestro bolsillo, el smartphone.

En su reflexión, Bown recupera un texto clásico sobre el amor moderno –los Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes– para recordar que el amor siempre ha sido y es político. No en un sentido de ideológico, sino material. Como otros aspectos de nuestra cultura, el amor también tiene sus condiciones de posibilidad en un marco específico, dentro del cual puede ocurrir, también bajo formas específicas. Condiciones de socialización, históricas, geográficas, de movilidad social y económica, etcétera.

Ciertos mecanismos de nuestra época quisieran que las personas se relacionaran únicamente a través de apps, redes sociales o servicios de mensajería instantánea, ¿pero es eso lo que nosotros queremos? ¿Así es como queremos amar? ¿Con prisa y ansiedad? ¿O deseamos otras condiciones? Y si es así, ¿cuáles? ¿Qué de la realidad nos permite amar a partir de nuestro deseo y qué es necesario cambiar o construir para conseguirlo?

Esas son algunas de las preguntas fundamental sobre el amor, en esta y en cualquier otra época.

 

 

Imagen: Creative Commons.

El amor no está a salvo de los cambios y transformaciones que afectan a una época. No puede estar a salvo. Tan propio es de la naturaleza humana, que podría decirse que aun las más mínimas variaciones en la cultura, la historia, las formas en que nos relacionamos, afectan también la manera en que amamos, las ideas bajo las cuales pensamos el amor y las prácticas con las que lo ejercemos.

En nuestra época, el amor se transforma por un elemento muy específico: la tecnología digital. Si, por sí mismo, amar es en buena medida un acto de comunicación, resulta lógico que la revolución que ha ocurrido en dicho campo en los últimos años, halla provocado también un cambio en el amor contemporáneo.

Ahora que todo en la comunicación se quiere instantáneo, sencillo y preciso, ahora que buscamos que los mensajes no nos hagan perder tiempo, y que al mismo tiempo nos entretengan, ¿qué lugar puede tener el amor? ¿Qué tanto de ese panorama actual es contrario a las formas de amor conocidas, que suelen necesitar paciencia y constancia para germinar y consolidarse? El cultivo del amor, hasta donde se sabe, requiere que el sujeto esté dispuesto a equivocarse, a emprender rodeos que de inicio parecen innecesarios, a conocer, descubrir y hasta inventar un poco su objeto de amor, ¿pero es eso posible en una época en la que creemos que toda la información sobre un hecho está al alcance de la mano? ¿Es posible ahora que basta aceptar una solicitud de amistad en Facebook para conocer de inmediato a una persona?

Esta reflexión es particularmente importante porque estamos tan cerca del fenómeno que no vemos sus consecuencias. Sabemos bien, por distintos motivos, que actualmente el amor vive si no una especie de crisis, al menos sí un momento singular en su historia. Como ninguna otra época, la nuestra es una que se distingue por el número de personas que viven en soltería. Igualmente, expresiones culturales como la exitosa sección de The New York Times, “Modern Love”, o algunas columnas similares del diario inglés The Guardian, entre otras, dan cuenta de cierto malestar que actualmente parece estar dificultando la posibilidad de entablar relaciones amorosas. Amor líquido, lo llamó Zygmunt Bauman, aludiendo a una cualidad propia del amor contemporáneo que lo hace fugaz, huidizo e inestable, como si hubiera pasado ya su tiempo o su capacidad para volverse duradero y permanecer.

En un texto publicado en The Paris Review, Alfie Bown, coeditor de The Hong Kong Review of Books y autor de un par de libros en torno al amor visto desde el psicoanálisis, se pregunta por la relación entre el amor y las condiciones políticas que lo enmarcan y, hasta cierto punto, le dan la posibilidad de existir. Bown reflexiona sobre aplicaciones en apariencia distintas como Tinder, Grindr y, Pokémon Go, las dos primeras diseñadas para “conectar” con personas y parejas potenciales, y la última, un videojuego basado en personajes de Nintendo. Las tres, sin embargo, tienen al menos un elemento en común que a su vez deriva en otros relacionados: funcionan a partir de la geolocalización satelital (GPS, por sus siglas en inglés).

Y no sólo eso: como señala Bown, si el lanzamiento de Pokémon Go sirvió también para probar las tecnologías de organización social de Google, algo muy parecido puede considerarse para el caso de las apps de citas y encuentros, que cumplen un principio similar: hacer que las personas actúen e interactúen dentro de un determinado espacio virtual, bajo ciertas reglas y orientados hacia conductas específicas en la realidad. Un sistema puesto en marcha por un elemento tan sencillo como complejo: el deseo humano.

Si algo está ocurriendo con la comunicación digital contemporánea –y, por ende, con ciertas formas del amor–, es que el deseo parece ponerse con suma facilidad sobre cualquier objeto, real o imaginario, sea un personaje de fantasía (como los seres de Pokémon Go) o una persona real (aunque, es cierto, distanciada en la virtualidad de la pantalla). Al enamoramiento siempre se le ha adjudicado cierto ingrediente ilusorio, fantasioso, tanto que se dice que al enamorarnos de alguien hay cierto momento en que inventamos al otro, lo vemos como quisiéramos que fuera y no como en realidad es. En nuestra época, sin embargo, esta cualidad del amor (o de una de sus etapas, el frenesí del flechazo), parece haber perdido su misterio o, mejor dicho, pareciera como si éste hubiera sido empaquetado y lustrado y puesto en esa vitrina portátil que ahora todos llevamos en nuestro bolsillo, el smartphone.

En su reflexión, Bown recupera un texto clásico sobre el amor moderno –los Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes– para recordar que el amor siempre ha sido y es político. No en un sentido de ideológico, sino material. Como otros aspectos de nuestra cultura, el amor también tiene sus condiciones de posibilidad en un marco específico, dentro del cual puede ocurrir, también bajo formas específicas. Condiciones de socialización, históricas, geográficas, de movilidad social y económica, etcétera.

Ciertos mecanismos de nuestra época quisieran que las personas se relacionaran únicamente a través de apps, redes sociales o servicios de mensajería instantánea, ¿pero es eso lo que nosotros queremos? ¿Así es como queremos amar? ¿Con prisa y ansiedad? ¿O deseamos otras condiciones? Y si es así, ¿cuáles? ¿Qué de la realidad nos permite amar a partir de nuestro deseo y qué es necesario cambiar o construir para conseguirlo?

Esas son algunas de las preguntas fundamental sobre el amor, en esta y en cualquier otra época.

 

 

Imagen: Creative Commons.