It is not so much for its beauty that the forest makes a claim upon men’s hearts,
as for that subtle something, that quality of air, that emanation from old trees,
that so wonderfully changes and renews a weary spirit.
 –Robert Louis Stevenson 

Caminar alrededor del bosque podría muy pronto ser prescrito por un doctor. En Japón ya existe una práctica llamada shinrin-yoku, o “baños de bosque”, que es medicina preventiva estándar y que está ganando atención en las grandes ciudades del mundo. Como su nombre lo dice, esta actividad involucra esencialmente pasar tiempo en un bosque. Y lo más interesante es que, al comprobar científicamente lo que siempre hemos sabido con la experiencia, la intuición y los libros, el shinrin-yoku también protege los bosques porque les da una “utilidad” valiosa para los gobiernos capitalistas.

Outside Magazine recientemente presentó una fascinante historia acerca de esta terapia de bosque en Japón, donde Florence Williams comenta:

No se trata de tierra salvaje; se trata de un híbrido naturaleza/civilización que los japoneses han cultivado por miles de años. Paseas un poco, quizás escribes un haiku, rompes y abres una rama de benjuí e inhalas su aroma maderoso, fresco.  

El shinrin-yoku es básicamente un esfuerzo para beneficiar a los japoneses y encontrar maneras no extractivas de usar los bosques, que cubren 67% del territorio del país. Desde 2004, el gobierno ha financiado alrededor de 4 millones en investigaciones sobre estos “baños de bosque”. Su intención es designar un total de 100 sitios de terapia de bosque en un periodo de 10 años. Los visitantes, que siguen a un guía por las rutas de la terapia, son rutinariamente llamados a una cabaña para medir su presión sanguínea como parte del esfuerzo para proporcionar más datos y apoyar el proyecto. Hoy hay 48 rutas oficiales de terapia de bosque designadas para shinrin-yoku por la Agencia de Bosques de Japón. Y esta es quizá una de las noticias más alentadoras que hayamos recibido en muchos años.

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Desde luego, Japón tiene muy buenas razones para requerir alivio. Además de las jornadas de trabajo larguísimas y la presión y competencia para escuelas y trabajos, tiene el tercer lugar en el índice de suicidios del mundo desarrollado (después de Corea del Sur y Hungría). 10% de la población vive en Tokio, donde la hora pico es tan abarrotada que se le llama “el infierno suburbano”, y los temblores –más de 1,500 por año– han matado y arrasado con mucha parte del territorio y la población.

De ahí que tenga sentido que los científicos japoneses estén a la vanguardia de saber cómo los espacios verdes pueden aliviar el cerebro y el cuerpo. Liderados por Yoshifumi Miyazaki de la Universidad de Chiba y Qing Li de la Escuela Médica Nipona en Tokio, están utilizando pruebas de campo, análisis de hormonas y nuevas tecnologías de visualización del cerebro para revelar cómo funciona la naturaleza a un nivel molecular.

Hasta ahora han comprobado que las caminatas en el bosque, comparadas con las caminatas urbanas, reducen 12.4% el cortisol (hormona del estrés), 7% la actividad del nervio simpático, 1.4% la presión arterial y 5.8% el ritmo cardíaco. En pruebas subjetivas, los palpitantes de estas caminatas también reportan mejor ánimo y menos ansiedad.

La ciencia es tan convincente que casi 1/4 de la población de Tokio ha participado en algún “baño de bosque”, y la mayoría ha repetido la experiencia. Miyazaki cree que debido a que los humanos evolucionaron en la naturaleza, es allí donde nos sentimos más cómodos, incluso si muchas veces no lo sabemos. “A lo largo de nuestra evolución, hemos pasado el 99.9% de nuestro tiempo en ambientes naturales”, señala. “Nuestras funciones psicológicas siguen adaptadas a ella. Durante la vida cotidiana se puede lograr un sentimiento de confort si nuestros ritmos están sincronizados con aquellos del medio ambiente”.

Todos tenemos un bosque cercano, un parque nacional, una necesidad de alivio. Si Walden no es suficiente para convencernos, aquí está la ciencia para terminar de hacerlo. Dejemos el teléfono atrás por unas horas y salgamos a caminar al bosque.

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It is not so much for its beauty that the forest makes a claim upon men’s hearts,
as for that subtle something, that quality of air, that emanation from old trees,
that so wonderfully changes and renews a weary spirit.
 –Robert Louis Stevenson 

Caminar alrededor del bosque podría muy pronto ser prescrito por un doctor. En Japón ya existe una práctica llamada shinrin-yoku, o “baños de bosque”, que es medicina preventiva estándar y que está ganando atención en las grandes ciudades del mundo. Como su nombre lo dice, esta actividad involucra esencialmente pasar tiempo en un bosque. Y lo más interesante es que, al comprobar científicamente lo que siempre hemos sabido con la experiencia, la intuición y los libros, el shinrin-yoku también protege los bosques porque les da una “utilidad” valiosa para los gobiernos capitalistas.

Outside Magazine recientemente presentó una fascinante historia acerca de esta terapia de bosque en Japón, donde Florence Williams comenta:

No se trata de tierra salvaje; se trata de un híbrido naturaleza/civilización que los japoneses han cultivado por miles de años. Paseas un poco, quizás escribes un haiku, rompes y abres una rama de benjuí e inhalas su aroma maderoso, fresco.  

El shinrin-yoku es básicamente un esfuerzo para beneficiar a los japoneses y encontrar maneras no extractivas de usar los bosques, que cubren 67% del territorio del país. Desde 2004, el gobierno ha financiado alrededor de 4 millones en investigaciones sobre estos “baños de bosque”. Su intención es designar un total de 100 sitios de terapia de bosque en un periodo de 10 años. Los visitantes, que siguen a un guía por las rutas de la terapia, son rutinariamente llamados a una cabaña para medir su presión sanguínea como parte del esfuerzo para proporcionar más datos y apoyar el proyecto. Hoy hay 48 rutas oficiales de terapia de bosque designadas para shinrin-yoku por la Agencia de Bosques de Japón. Y esta es quizá una de las noticias más alentadoras que hayamos recibido en muchos años.

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Desde luego, Japón tiene muy buenas razones para requerir alivio. Además de las jornadas de trabajo larguísimas y la presión y competencia para escuelas y trabajos, tiene el tercer lugar en el índice de suicidios del mundo desarrollado (después de Corea del Sur y Hungría). 10% de la población vive en Tokio, donde la hora pico es tan abarrotada que se le llama “el infierno suburbano”, y los temblores –más de 1,500 por año– han matado y arrasado con mucha parte del territorio y la población.

De ahí que tenga sentido que los científicos japoneses estén a la vanguardia de saber cómo los espacios verdes pueden aliviar el cerebro y el cuerpo. Liderados por Yoshifumi Miyazaki de la Universidad de Chiba y Qing Li de la Escuela Médica Nipona en Tokio, están utilizando pruebas de campo, análisis de hormonas y nuevas tecnologías de visualización del cerebro para revelar cómo funciona la naturaleza a un nivel molecular.

Hasta ahora han comprobado que las caminatas en el bosque, comparadas con las caminatas urbanas, reducen 12.4% el cortisol (hormona del estrés), 7% la actividad del nervio simpático, 1.4% la presión arterial y 5.8% el ritmo cardíaco. En pruebas subjetivas, los palpitantes de estas caminatas también reportan mejor ánimo y menos ansiedad.

La ciencia es tan convincente que casi 1/4 de la población de Tokio ha participado en algún “baño de bosque”, y la mayoría ha repetido la experiencia. Miyazaki cree que debido a que los humanos evolucionaron en la naturaleza, es allí donde nos sentimos más cómodos, incluso si muchas veces no lo sabemos. “A lo largo de nuestra evolución, hemos pasado el 99.9% de nuestro tiempo en ambientes naturales”, señala. “Nuestras funciones psicológicas siguen adaptadas a ella. Durante la vida cotidiana se puede lograr un sentimiento de confort si nuestros ritmos están sincronizados con aquellos del medio ambiente”.

Todos tenemos un bosque cercano, un parque nacional, una necesidad de alivio. Si Walden no es suficiente para convencernos, aquí está la ciencia para terminar de hacerlo. Dejemos el teléfono atrás por unas horas y salgamos a caminar al bosque.

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