Al igual que el hombre que inventó el paraguas fue inglés, el hombre que dio a luz a la meteorología, desde luego, también lo fue. Y es que cuando alguien vive bajo el agua toda su vida, en días del color de la noche, es más probable que desarrolle una intimidad sincera y anárquica con el clima, ese inquieto espejo del carácter humano. Hace 160 años, el almirante Robert FitzRoy, un taciturno marinero que viajó a bordo del HMS Beagle con Darwin, descubrió que era posible pronosticar el clima.

En esa época la única manera de saber si se avecinaba una tormenta era observar cómo se comportaba, por ejemplo, un toro en el campo, una rana en un frasco o una golondrina en vuelo. Pero cada año miles de barcos naufragaban, y con ellos incontables marineros perdían la vida por no estar preparados para una tormenta. FitzRoy creía que con un aviso previo de 24 horas, muchos de estos se podrían salvar.

En 1854 el marinero acuñó la misteriosa palabra “forecast” (“predecir”, “pronosticar”) para nombrar su nueva ciencia, y fundó lo que luego se conocería como el Met Office de Londres. “No son profecías y predicciones”, se apuró en aclarar. “El término forecast es estrictamente aplicable al resultado de la combinación de la ciencia y el cálculo”.

Imaginemos lo que fue para los ingleses victorianos que su clima, ese fenómeno completamente caótico e incómodo con el que tenían que compartir su vida, comenzara a “comportarse en sociedad”; a dar avisos de sus cambios con suficiente anticipación para tomar medidas al respecto. Que el clima comenzara, al fin, a ser predecible como ellos.

Como todo desplante de genialidad, la noticia de que este hombre había reunido suficientes avances de la ciencia para poder conocer el clima de Londres con 1 día de anticipación generó al principio un estallido de risas, nos dice Peter Moore, quien escribió una extensa y extraordinaria historia de la meteorología. Sin embargo, después del costoso naufragio del Royal Charter, la embarcación que transportaba oro, en 1859, se le otorgó a FitzRoy la autoridad, o quizá más bien el beneficio de la duda, para empezar a emitir advertencias de tormentas. A partir de entonces nace lo que conocemos como meteorología.

FitzRoy pudo emitir sus reportes gracias al telégrafo eléctrico, una complicada nueva tecnología que llegaba antes que la tormenta advertida, y en 1861 ya era posible predecir una con 2 días de anticipación. La reina Victoria incluso enviaba mensajeros a su casa para averiguar si el clima sería tranquilo en sus trayectos a la Isla de Wight. Y aunque la mayoría de sus cálculos fueron precisos, el meteorólogo falló en más de una ocasión y ello provocó que los periódicos se burlaran de su “ciencia” y que fuera tema de conversación en las altas sociedades victorianas.

Para compensar, FitzRoy trabajó más duro para decodificar el clima británico. Publicó un libro y dio conferencias, pero para 1865, con sus críticos a voz en cuello, quedó exhausto y se retiró a su casa de Norwood. El último pronóstico de su vida fue publicado en su ausencia un 29 de abril de 1865. Predecía tormentas sobre Londres, apunta Moore.

A la mañana siguiente FitzRoy despertó, entró en su armario y se quitó la vida. Su departamento de meteorología en Londres, que empezó con un equipo de tres integrantes, hoy emplea a más de 1,500 personas y tiene un presupuesto anual extraordinario. Quizás, como apunta Moore, FitzRoy era una hombre tan genial como hipersensible, pero ¿qué hombre que se dedique al clima no lo es?

Hoy día el hombre sabe que la pobreza más grande es no vivir en el mundo físico. El conocimiento del clima nos permite planear una consonancia con la naturaleza que va desde el atuendo hasta la disposición emocional. Quizá no haya nada más profundo que saberse vulnerables y a la vez aptos para vivir bajo el capricho de los climas.

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Al igual que el hombre que inventó el paraguas fue inglés, el hombre que dio a luz a la meteorología, desde luego, también lo fue. Y es que cuando alguien vive bajo el agua toda su vida, en días del color de la noche, es más probable que desarrolle una intimidad sincera y anárquica con el clima, ese inquieto espejo del carácter humano. Hace 160 años, el almirante Robert FitzRoy, un taciturno marinero que viajó a bordo del HMS Beagle con Darwin, descubrió que era posible pronosticar el clima.

En esa época la única manera de saber si se avecinaba una tormenta era observar cómo se comportaba, por ejemplo, un toro en el campo, una rana en un frasco o una golondrina en vuelo. Pero cada año miles de barcos naufragaban, y con ellos incontables marineros perdían la vida por no estar preparados para una tormenta. FitzRoy creía que con un aviso previo de 24 horas, muchos de estos se podrían salvar.

En 1854 el marinero acuñó la misteriosa palabra “forecast” (“predecir”, “pronosticar”) para nombrar su nueva ciencia, y fundó lo que luego se conocería como el Met Office de Londres. “No son profecías y predicciones”, se apuró en aclarar. “El término forecast es estrictamente aplicable al resultado de la combinación de la ciencia y el cálculo”.

Imaginemos lo que fue para los ingleses victorianos que su clima, ese fenómeno completamente caótico e incómodo con el que tenían que compartir su vida, comenzara a “comportarse en sociedad”; a dar avisos de sus cambios con suficiente anticipación para tomar medidas al respecto. Que el clima comenzara, al fin, a ser predecible como ellos.

Como todo desplante de genialidad, la noticia de que este hombre había reunido suficientes avances de la ciencia para poder conocer el clima de Londres con 1 día de anticipación generó al principio un estallido de risas, nos dice Peter Moore, quien escribió una extensa y extraordinaria historia de la meteorología. Sin embargo, después del costoso naufragio del Royal Charter, la embarcación que transportaba oro, en 1859, se le otorgó a FitzRoy la autoridad, o quizá más bien el beneficio de la duda, para empezar a emitir advertencias de tormentas. A partir de entonces nace lo que conocemos como meteorología.

FitzRoy pudo emitir sus reportes gracias al telégrafo eléctrico, una complicada nueva tecnología que llegaba antes que la tormenta advertida, y en 1861 ya era posible predecir una con 2 días de anticipación. La reina Victoria incluso enviaba mensajeros a su casa para averiguar si el clima sería tranquilo en sus trayectos a la Isla de Wight. Y aunque la mayoría de sus cálculos fueron precisos, el meteorólogo falló en más de una ocasión y ello provocó que los periódicos se burlaran de su “ciencia” y que fuera tema de conversación en las altas sociedades victorianas.

Para compensar, FitzRoy trabajó más duro para decodificar el clima británico. Publicó un libro y dio conferencias, pero para 1865, con sus críticos a voz en cuello, quedó exhausto y se retiró a su casa de Norwood. El último pronóstico de su vida fue publicado en su ausencia un 29 de abril de 1865. Predecía tormentas sobre Londres, apunta Moore.

A la mañana siguiente FitzRoy despertó, entró en su armario y se quitó la vida. Su departamento de meteorología en Londres, que empezó con un equipo de tres integrantes, hoy emplea a más de 1,500 personas y tiene un presupuesto anual extraordinario. Quizás, como apunta Moore, FitzRoy era una hombre tan genial como hipersensible, pero ¿qué hombre que se dedique al clima no lo es?

Hoy día el hombre sabe que la pobreza más grande es no vivir en el mundo físico. El conocimiento del clima nos permite planear una consonancia con la naturaleza que va desde el atuendo hasta la disposición emocional. Quizá no haya nada más profundo que saberse vulnerables y a la vez aptos para vivir bajo el capricho de los climas.

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