Frank Music Company era la última tienda de partituras en Nueva York. En un décimo piso de la calle 54, la tienda abrió en 1937 y cerró el viernes 6 de febrero de este año. Heidi Rogers, la dueña, estuvo hasta el último día detrás del enorme mostrador lleno de cartones. Ese último día, la tienda estaba llena de viejos amigos, de reporteros y de músicos. “Ustedes creen que hoy es el peor día, pero hoy para mí es un alivio. Los peores días eran esos en los que no venía nadie y yo estaba sentada aquí horas y horas”.

La principal razón de la clausura es la venta en línea. Hoy en día es muy sencillo conseguir partituras en Amazon o en las páginas gratuitas de música del dominio público, como IMSLP. En los buenos tiempos, Frank Music Company podía recibir diario hasta veinte clientes. En fechas recientes no llegaban más de dos o tres al día. Un donante anónimo compró todas las partituras de la tienda y las regaló al Colburn School Music Conservatory de Los Ángeles.

La historia de la música impresa corre en paralelo a la del libro. Durante la Edad Media las piezas se copiaban e ilustraban a mano. La primera máquina que podía imprimir partituras apareció veinte años después de la imprenta de Gutenberg. La inventó Ottaviano Petrucci, e imprimió la primera partitura impresa: Harmonice Musices Odhecaton, con piezas de Josquin des Prez y Heinrich Isaac. El efecto de la imprenta en la música fue similar al que tuvo en la literatura. De pronto era mucho más barato y sencillo tener tus propias partituras en casa y hubo una explosión de músicos aficionados y de maestros de música. Gracias a esto, las editoriales de partituras florecieron durante el siglo XVIII y el XIX en Alemania, en donde Breitkopf & Härtel publicaba a Beethoven, Haydn, Mozart, Schubert, Schumann y Wagner. Las partituras de música clásica y popular vendían miles y miles de copias.

Entonces aparecieron el radio y el fonógrafo, y de la noche a la mañana ya no era necesario interpretar música en vivo para escucharla o para amenizar las fiestas. Las ventas disminuyeron muchísimo. Con la llegada de Internet, las tiendas de partituras que sobrevivían todavía a finales del siglo XX cerraron de manera definitiva.

Las librerías pequeñas, como Frank and Company, que al final era un tipo de librería especializada, difícilmente sobreviven ante la venta en línea. A Internet uno va a buscar cosas en específico, a las librerías uno va a curiosear, a darse ideas. Inclusive si muchos pedían las partituras por teléfono, en Frank and Company había una sección de estantes para los que visitaban la librería. Cuando desaparecen las librerías lo hacen también los libreros, como Heidi, esos personajes que además de saber de libros (en este caso de música y partituras) conocen el arte de sugerir y recomendar. Que tras haber intercambiado no más de dos palabras te leen y adivinan lo que ni tú mismo sabes que quieres.

Roland Barthes habla de la importancia del piano en su vida en el texto Piano Mémoire. Allí dice que el piano para él era también literatura. Recuerda el salón de música en el que había una estantería con partituras encuadernadas. Allí estaba una edición de las sonatas de Beethoven anotada por su tía, quien había marcado cuidadosamente los desarrollos melódicos de cada movimiento. Barthes reconocía su escritura, grande y regular. En el Álbum para la juventud de Schumann, las marcas eran de una escritura más libre, la de su abuela, que de niña, hacía más de cien años, había escrito los dedos para cada nota. Para Barthes, estas partituras son testimonio de una cultura musical. Dice que las partituras son también textos, en los que queda registrado el paso de las generaciones de una familia. Porque los instrumentos, como los muebles, suelen heredarse. Y con ellos se hereda también la posibilidad de esa cultura que menciona.

Cada que vuelvo a la estantería de mi sala y veo las partituras y el piano, pienso, al igual que Barthes, en mi abuela. Recuerdo sus manos largas tocando de memoria una gavota. Al abrir ciertas partituras de Beethoven puedo ver sus dedos recorriendo las notas. Como los libros, las partituras tienen un valor de objeto que va más allá de su contenido. Mientras que las fotocopias e impresiones se maltratan y desaparecen, las partituras encuadernadas perduran, y con ellas, la memoria.

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Por Jazmina Barrera (@jaztronomia)

Frank Music Company era la última tienda de partituras en Nueva York. En un décimo piso de la calle 54, la tienda abrió en 1937 y cerró el viernes 6 de febrero de este año. Heidi Rogers, la dueña, estuvo hasta el último día detrás del enorme mostrador lleno de cartones. Ese último día, la tienda estaba llena de viejos amigos, de reporteros y de músicos. “Ustedes creen que hoy es el peor día, pero hoy para mí es un alivio. Los peores días eran esos en los que no venía nadie y yo estaba sentada aquí horas y horas”.

La principal razón de la clausura es la venta en línea. Hoy en día es muy sencillo conseguir partituras en Amazon o en las páginas gratuitas de música del dominio público, como IMSLP. En los buenos tiempos, Frank Music Company podía recibir diario hasta veinte clientes. En fechas recientes no llegaban más de dos o tres al día. Un donante anónimo compró todas las partituras de la tienda y las regaló al Colburn School Music Conservatory de Los Ángeles.

La historia de la música impresa corre en paralelo a la del libro. Durante la Edad Media las piezas se copiaban e ilustraban a mano. La primera máquina que podía imprimir partituras apareció veinte años después de la imprenta de Gutenberg. La inventó Ottaviano Petrucci, e imprimió la primera partitura impresa: Harmonice Musices Odhecaton, con piezas de Josquin des Prez y Heinrich Isaac. El efecto de la imprenta en la música fue similar al que tuvo en la literatura. De pronto era mucho más barato y sencillo tener tus propias partituras en casa y hubo una explosión de músicos aficionados y de maestros de música. Gracias a esto, las editoriales de partituras florecieron durante el siglo XVIII y el XIX en Alemania, en donde Breitkopf & Härtel publicaba a Beethoven, Haydn, Mozart, Schubert, Schumann y Wagner. Las partituras de música clásica y popular vendían miles y miles de copias.

Entonces aparecieron el radio y el fonógrafo, y de la noche a la mañana ya no era necesario interpretar música en vivo para escucharla o para amenizar las fiestas. Las ventas disminuyeron muchísimo. Con la llegada de Internet, las tiendas de partituras que sobrevivían todavía a finales del siglo XX cerraron de manera definitiva.

Las librerías pequeñas, como Frank and Company, que al final era un tipo de librería especializada, difícilmente sobreviven ante la venta en línea. A Internet uno va a buscar cosas en específico, a las librerías uno va a curiosear, a darse ideas. Inclusive si muchos pedían las partituras por teléfono, en Frank and Company había una sección de estantes para los que visitaban la librería. Cuando desaparecen las librerías lo hacen también los libreros, como Heidi, esos personajes que además de saber de libros (en este caso de música y partituras) conocen el arte de sugerir y recomendar. Que tras haber intercambiado no más de dos palabras te leen y adivinan lo que ni tú mismo sabes que quieres.

Roland Barthes habla de la importancia del piano en su vida en el texto Piano Mémoire. Allí dice que el piano para él era también literatura. Recuerda el salón de música en el que había una estantería con partituras encuadernadas. Allí estaba una edición de las sonatas de Beethoven anotada por su tía, quien había marcado cuidadosamente los desarrollos melódicos de cada movimiento. Barthes reconocía su escritura, grande y regular. En el Álbum para la juventud de Schumann, las marcas eran de una escritura más libre, la de su abuela, que de niña, hacía más de cien años, había escrito los dedos para cada nota. Para Barthes, estas partituras son testimonio de una cultura musical. Dice que las partituras son también textos, en los que queda registrado el paso de las generaciones de una familia. Porque los instrumentos, como los muebles, suelen heredarse. Y con ellos se hereda también la posibilidad de esa cultura que menciona.

Cada que vuelvo a la estantería de mi sala y veo las partituras y el piano, pienso, al igual que Barthes, en mi abuela. Recuerdo sus manos largas tocando de memoria una gavota. Al abrir ciertas partituras de Beethoven puedo ver sus dedos recorriendo las notas. Como los libros, las partituras tienen un valor de objeto que va más allá de su contenido. Mientras que las fotocopias e impresiones se maltratan y desaparecen, las partituras encuadernadas perduran, y con ellas, la memoria.

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Por Jazmina Barrera (@jaztronomia)

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