Quien sea afecto a la animación y, en general, al cine que conmueve (que amplía nuestros horizontes estéticos y de comprensión de la realidad), estará de acuerdo en reconocer la importancia de Hayao Miyazaki dentro de la historia reciente de dicha expresión artística. Durante una trayectoria que supera ya los 50 años, este director japonés trascendió las fronteras de su cultura empujado por la fuerza de su creatividad y lo singular de la visión de mundo impresa en los largometrajes realizados. Con todo y que ciertos aspectos de la tradición japonesa parecen ser comprensibles sólo en su propio contexto, las películas de Miyazaki encontraron ese punto en común donde casi cualquier espectador puede situarse y tomar algo, sentir que algo se le dice y que, por lo mismo, también puede participar de esa comunión de subjetividades.

Esto no sucede a menudo y, de hecho, en la historia de las artes son pocos los talentos que han conseguido ese grado de aceptación generalizada. No es fácil ubicar las razones que expliquen el genio de Miyazaki, aunque quizá sí sea posible aventurar la enumeración de algunos elementos. Mencionamos ya su creatividad, que por las obras realizadas bien merece el calificativo de impresionante. Es necesario mencionar también la intensa dedicación que destina a su trabajo, una peculiar mezcla de amor y disciplina. La manera en que ha incorporado distintas corrientes culturales y aun posiciones políticas para conformar un estilo narrativo propio. Y quizá otros aspectos más que confluyen en esa impredecible fórmula del genio artístico.

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Para estudiarlo, comprenderlo y aprender de él, recientemente la Universidad de California en Berkeley dio apertura a una clase dedicada únicamente a Hayao Miyazaki. Ésta surgió como una propuesta estudiantil y, por lo mismo, a la cabeza se encuentran dos jóvenes alumnos que aunque no están inscritos a una carrera de arte, animación o alguna otra afín, su amplio conocimiento sobre el director japonés los avala para dirigir el curso: Evan Ho, estudiante de biología molecular, y Miguel Morales, de matemáticas aplicadas, ambos de 20 años de edad.

Además de examinar con detalle las técnicas de animación empleadas o el contexto histórico y cultural de cada una de las obras en la filmografía de Miyazaki, Ho y Morales exploran junto con los alumnos de este curso los temas paralelos en dichas cintas: feminismo, multiculturalidad, ambientalismo, etc. Esto en buena medida porque, a decir de Ho, las películas de Miyazaki “nos sacan de nuestra zona de confort, lo cual es, con cierta frecuencia, la mejor forma de aprender más del mundo y de nosotros mismos”.

Y es que quizá más allá del asombro que pueden provocarnos los filmes del japonés, el argumento irrebatible para considerarlo un artista auténtico sea ese: que nos llevan a cuestionar, por un momento, nuestro lugar en el mundo, lo suficiente como para voltear alrededor y descubrir que hay otras formas de entender y vivir la realidad.

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Quien sea afecto a la animación y, en general, al cine que conmueve (que amplía nuestros horizontes estéticos y de comprensión de la realidad), estará de acuerdo en reconocer la importancia de Hayao Miyazaki dentro de la historia reciente de dicha expresión artística. Durante una trayectoria que supera ya los 50 años, este director japonés trascendió las fronteras de su cultura empujado por la fuerza de su creatividad y lo singular de la visión de mundo impresa en los largometrajes realizados. Con todo y que ciertos aspectos de la tradición japonesa parecen ser comprensibles sólo en su propio contexto, las películas de Miyazaki encontraron ese punto en común donde casi cualquier espectador puede situarse y tomar algo, sentir que algo se le dice y que, por lo mismo, también puede participar de esa comunión de subjetividades.

Esto no sucede a menudo y, de hecho, en la historia de las artes son pocos los talentos que han conseguido ese grado de aceptación generalizada. No es fácil ubicar las razones que expliquen el genio de Miyazaki, aunque quizá sí sea posible aventurar la enumeración de algunos elementos. Mencionamos ya su creatividad, que por las obras realizadas bien merece el calificativo de impresionante. Es necesario mencionar también la intensa dedicación que destina a su trabajo, una peculiar mezcla de amor y disciplina. La manera en que ha incorporado distintas corrientes culturales y aun posiciones políticas para conformar un estilo narrativo propio. Y quizá otros aspectos más que confluyen en esa impredecible fórmula del genio artístico.

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Para estudiarlo, comprenderlo y aprender de él, recientemente la Universidad de California en Berkeley dio apertura a una clase dedicada únicamente a Hayao Miyazaki. Ésta surgió como una propuesta estudiantil y, por lo mismo, a la cabeza se encuentran dos jóvenes alumnos que aunque no están inscritos a una carrera de arte, animación o alguna otra afín, su amplio conocimiento sobre el director japonés los avala para dirigir el curso: Evan Ho, estudiante de biología molecular, y Miguel Morales, de matemáticas aplicadas, ambos de 20 años de edad.

Además de examinar con detalle las técnicas de animación empleadas o el contexto histórico y cultural de cada una de las obras en la filmografía de Miyazaki, Ho y Morales exploran junto con los alumnos de este curso los temas paralelos en dichas cintas: feminismo, multiculturalidad, ambientalismo, etc. Esto en buena medida porque, a decir de Ho, las películas de Miyazaki “nos sacan de nuestra zona de confort, lo cual es, con cierta frecuencia, la mejor forma de aprender más del mundo y de nosotros mismos”.

Y es que quizá más allá del asombro que pueden provocarnos los filmes del japonés, el argumento irrebatible para considerarlo un artista auténtico sea ese: que nos llevan a cuestionar, por un momento, nuestro lugar en el mundo, lo suficiente como para voltear alrededor y descubrir que hay otras formas de entender y vivir la realidad.

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