Si existe una figura multifacética en la historia del pensamiento humano, esa fue la de Nietzsche —músico, poeta, filósofo y filólogo que, sin duda alguna, cambió para siempre a la filosofía occidental. Menos conocida es la muy específica relación que tuvo Nietzsche con los animales y, especialmente, con el caballo que en una ocasión encontró en Turín.

El 3 de enero de 1889, en un arrebato, Nietzsche salió de su casa en aquella ciudad italiana para presenciar una escena que lo tocó irreversiblemente: un caballo que era azotado por el chofer de una carroza. Al ver esto, abrazó al animal para defenderlo de los golpes e inmediatamente se echó a llorar. Ese día casi es arrestado por disturbios, pero fue salvado por su casero y llevado de vuelta a casa. El episodio, que oscila entre la leyenda y la realidad, habría de marcar el inicio de la locura de Nietzsche, que duraría 11 años, y que se prolongaría hasta el día de su muerte.

Este colapso, que nace de la sabiduría popular en torno a la figura del filósofo y que nunca ha sido comprobado, podría parecer normal —un hombre defiende a un animal de ser maltratado—, pero en realidad significa mucho más de lo que podría pensarse en una primera mirada: fue el día en el que una de las mentes más deslumbrantes del siglo XIX comenzó a fallar, un suceso por ningún motivo trivial. Se trata de uno de esos días de la historia que podrían pasar inadvertidos pero que, en realidad, son históricos, por decir lo menos.

Historiadores y biógrafos de Nietzsche, además de varios artistas, han dado gran importancia a la figura del caballo en esta anécdota —prueba de ello es el espectacular filme El caballo de Turín (2011), del húngaro Béla Tarr, y la mención del famoso colapso en una enorme cantidad de textos literarios, como La insoportable levedad del ser de Milán Kundera.

Hasta hoy no existe evidencia alguna de que el caballo de Nietzsche alguna vez existió, o de que él viviera esa anécdota. Pero es curioso (y lejano de ser una casualidad) que una escena parecida aparece entre las páginas de una de las novelas más espectaculares que se han escrito en la historia de la literatura, Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevsky.

En algún lugar de la trama, al principio del libro, Raskolnikov (el protagonista que está por asesinar descarnadamente a dos ancianas) se encuentra ansioso, acostado en su cama. Como una especie de premonición a la culpa y el horror que habrán de azotarlo tras su crimen, él se sueña a sí mismo de niño, paseando con su padre por un pueblo de la provincia. De pronto, afuera de una cantina ambos se encuentran con una muchedumbre que rodea a un caballo incapaz jalar una carreta llena de gente, pues es demasiado pesada —ahí comienza el paralelismo con aquel día de Nietzsche en Turín.

El dueño del caballo lo azota con su látigo una y otra vez, y responde a quienes se pronuncian en contra de su crueldad que el animal es de su propiedad. El pequeño Raskolnikov se acerca e intenta detener los golpes para ser alcanzado por el látigo; cuando el caballo se desvanece, el niño lo abraza, para finalmente ser apartado por su padre. Es en este momento que el protagonista despierta de la pesadilla. Raskolnikov entiende que el sueño es una premonitorio y sabe que él es, al tiempo, el caballo, el niño y el hombre del látigo. De cualquier manera, se levanta de la cama, se viste, y se prepara para el asesinato.

La anécdota del caballo, se sabe, nació de las experiencias del propio Dostoyevsky, de una escena que vivieron su padre y su hermano en la que un hombre borracho golpeaba al chofer de su carruaje mientras éste, desesperado, golpeaba al caballo. Para el escritor, la relación entre una sociedad y sus animales era un fiel reflejo de calidad ética con la que los hombres se relacionan con su prójimo.

El episodio del caballo es profundamente importante en Crimen y castigo. En los cuadernos de la época del escritor ruso es posible ver que planeó la escena antes de escribir la novela, y que buscó con cuidado el lugar donde debía insertarla; cambió de opinión al respecto por lo menos seis veces. Finalmente, existe un suceso similar —un caballo que no puede jalar una carreta y es golpeado por ello— en su última novela, Los hermanos Karamazov. Cabe mencionar que otra escena de un caballo maltratado existe, curiosamente, en un poema de Nikolai Nekrasov, contemporáneo de Dostoyevsky y ligeramente anterior al filósofo —de ahí que esta álgida anécdota se considere particularmente rusa.

Un dato curioso es que cuando Nietzsche sufrió el colapso nervioso tenía 44 años, la misma edad que Dostoyevski cuando escribió Crimen y castigo. En aquel entonces, el alemán había estado viviendo una existencia errante, huyendo de las universidades europeas tanto por sus posturas ante la religión, como por sus provocativos textos. En Turín, sus anfitriones fueron una prominente familia de apellido Fino y fue ahí, después de este incidente, que Nietzsche entró en una temporada especialmente prolífica y escribió algunas de las que se consideran sus obras más importantes. Pero ese año también se caracterizó por un comportamiento cada vez más errático: Nietzsche solía tocar el piano y cantar desafinadamente durante horas, bailar desnudo en su cuarto y, de acuerdo a lo que alguna vez sostuvo la familia Fino, destruir dinero. Todos considerados entonces síntomas de un decaimiento mental.

El único registro que existe hoy de aquel legendario día de junio proviene de la entrevista que hizo un periodista anónimo al casero de Nietzsche, el señor Fino, en 1900. Ahí el italiano narró que un día, mientras caminaba por la Vía Po (una de las calles principales de Turín), vio un grupo de gente que rodeaba a dos guardias. Éstos habían detenido al “profesor” porque lo habían encontrado abrazado al cuello de un caballo, negándose a soltarlo. El casero rápidamente logró que su inquilino fuera liberado. Esta historia fue registrada 11 años después de que sucedió (por un periodista anónimo al que el señor Fino narró algo que un policía, también anónimo, había contado), por lo que su veracidad es, por decir lo menos, dudosa. La mayor parte de las narraciones posteriores al suceso hacen hincapié en las lágrimas de Nietzsche y su colapso nervioso, y fueron hechas por biógrafos que nunca conocieron a Nietzsche o a Fino, y que bien podrían haber adornado el episodio.

Se sabe, por la cartas de Nietzsche del periodo, que tuvo por aquella época varios sueños con caballos, y también se sabe que consideraba a Dostoyevsky “el único psicólogo del que, incidentalmente, tengo algo que aprender”. Además, hay que mencionar el poder simbólico del caballo, que para Dostoyevski siempre encarnó un aspecto de la crueldad humana, pero también de la empatía. Esto lleva a sospechar que Nietzsche conocía bien la escena del caballo en Crimen y castigo y que ésta lo había marcado de alguna manera.

Es realmente tentador adjudicar al encuentro de Nietzsche con el caballo en Turín más cosas de las que pudo haber implicado, especialmente porque el filósofo siempre fue en contra de la nociones de Schopenhauer sobre la importancia de la empatía y la compasión —algo que habría implicado un rompimiento del filósofo con su propio pensamiento, una especie de epifanía. Pero de entre las muchas interpretaciones que pueden dársele a esta anécdota podemos hallar que, tanto en Dostoyevsky como en el episodio de Nietzsche, los sucesos apuntan hacia el hecho de que la violencia engendra violencia, a que los animales no merecen nuestra crueldad porque son espejo de nosotros mismos y hacia que Nietzsche, un día de junio en Italia, hizo una gloriosa reverencia a la compasión humana.

 

 

 

Imagen: Dominio público

Si existe una figura multifacética en la historia del pensamiento humano, esa fue la de Nietzsche —músico, poeta, filósofo y filólogo que, sin duda alguna, cambió para siempre a la filosofía occidental. Menos conocida es la muy específica relación que tuvo Nietzsche con los animales y, especialmente, con el caballo que en una ocasión encontró en Turín.

El 3 de enero de 1889, en un arrebato, Nietzsche salió de su casa en aquella ciudad italiana para presenciar una escena que lo tocó irreversiblemente: un caballo que era azotado por el chofer de una carroza. Al ver esto, abrazó al animal para defenderlo de los golpes e inmediatamente se echó a llorar. Ese día casi es arrestado por disturbios, pero fue salvado por su casero y llevado de vuelta a casa. El episodio, que oscila entre la leyenda y la realidad, habría de marcar el inicio de la locura de Nietzsche, que duraría 11 años, y que se prolongaría hasta el día de su muerte.

Este colapso, que nace de la sabiduría popular en torno a la figura del filósofo y que nunca ha sido comprobado, podría parecer normal —un hombre defiende a un animal de ser maltratado—, pero en realidad significa mucho más de lo que podría pensarse en una primera mirada: fue el día en el que una de las mentes más deslumbrantes del siglo XIX comenzó a fallar, un suceso por ningún motivo trivial. Se trata de uno de esos días de la historia que podrían pasar inadvertidos pero que, en realidad, son históricos, por decir lo menos.

Historiadores y biógrafos de Nietzsche, además de varios artistas, han dado gran importancia a la figura del caballo en esta anécdota —prueba de ello es el espectacular filme El caballo de Turín (2011), del húngaro Béla Tarr, y la mención del famoso colapso en una enorme cantidad de textos literarios, como La insoportable levedad del ser de Milán Kundera.

Hasta hoy no existe evidencia alguna de que el caballo de Nietzsche alguna vez existió, o de que él viviera esa anécdota. Pero es curioso (y lejano de ser una casualidad) que una escena parecida aparece entre las páginas de una de las novelas más espectaculares que se han escrito en la historia de la literatura, Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevsky.

En algún lugar de la trama, al principio del libro, Raskolnikov (el protagonista que está por asesinar descarnadamente a dos ancianas) se encuentra ansioso, acostado en su cama. Como una especie de premonición a la culpa y el horror que habrán de azotarlo tras su crimen, él se sueña a sí mismo de niño, paseando con su padre por un pueblo de la provincia. De pronto, afuera de una cantina ambos se encuentran con una muchedumbre que rodea a un caballo incapaz jalar una carreta llena de gente, pues es demasiado pesada —ahí comienza el paralelismo con aquel día de Nietzsche en Turín.

El dueño del caballo lo azota con su látigo una y otra vez, y responde a quienes se pronuncian en contra de su crueldad que el animal es de su propiedad. El pequeño Raskolnikov se acerca e intenta detener los golpes para ser alcanzado por el látigo; cuando el caballo se desvanece, el niño lo abraza, para finalmente ser apartado por su padre. Es en este momento que el protagonista despierta de la pesadilla. Raskolnikov entiende que el sueño es una premonitorio y sabe que él es, al tiempo, el caballo, el niño y el hombre del látigo. De cualquier manera, se levanta de la cama, se viste, y se prepara para el asesinato.

La anécdota del caballo, se sabe, nació de las experiencias del propio Dostoyevsky, de una escena que vivieron su padre y su hermano en la que un hombre borracho golpeaba al chofer de su carruaje mientras éste, desesperado, golpeaba al caballo. Para el escritor, la relación entre una sociedad y sus animales era un fiel reflejo de calidad ética con la que los hombres se relacionan con su prójimo.

El episodio del caballo es profundamente importante en Crimen y castigo. En los cuadernos de la época del escritor ruso es posible ver que planeó la escena antes de escribir la novela, y que buscó con cuidado el lugar donde debía insertarla; cambió de opinión al respecto por lo menos seis veces. Finalmente, existe un suceso similar —un caballo que no puede jalar una carreta y es golpeado por ello— en su última novela, Los hermanos Karamazov. Cabe mencionar que otra escena de un caballo maltratado existe, curiosamente, en un poema de Nikolai Nekrasov, contemporáneo de Dostoyevsky y ligeramente anterior al filósofo —de ahí que esta álgida anécdota se considere particularmente rusa.

Un dato curioso es que cuando Nietzsche sufrió el colapso nervioso tenía 44 años, la misma edad que Dostoyevski cuando escribió Crimen y castigo. En aquel entonces, el alemán había estado viviendo una existencia errante, huyendo de las universidades europeas tanto por sus posturas ante la religión, como por sus provocativos textos. En Turín, sus anfitriones fueron una prominente familia de apellido Fino y fue ahí, después de este incidente, que Nietzsche entró en una temporada especialmente prolífica y escribió algunas de las que se consideran sus obras más importantes. Pero ese año también se caracterizó por un comportamiento cada vez más errático: Nietzsche solía tocar el piano y cantar desafinadamente durante horas, bailar desnudo en su cuarto y, de acuerdo a lo que alguna vez sostuvo la familia Fino, destruir dinero. Todos considerados entonces síntomas de un decaimiento mental.

El único registro que existe hoy de aquel legendario día de junio proviene de la entrevista que hizo un periodista anónimo al casero de Nietzsche, el señor Fino, en 1900. Ahí el italiano narró que un día, mientras caminaba por la Vía Po (una de las calles principales de Turín), vio un grupo de gente que rodeaba a dos guardias. Éstos habían detenido al “profesor” porque lo habían encontrado abrazado al cuello de un caballo, negándose a soltarlo. El casero rápidamente logró que su inquilino fuera liberado. Esta historia fue registrada 11 años después de que sucedió (por un periodista anónimo al que el señor Fino narró algo que un policía, también anónimo, había contado), por lo que su veracidad es, por decir lo menos, dudosa. La mayor parte de las narraciones posteriores al suceso hacen hincapié en las lágrimas de Nietzsche y su colapso nervioso, y fueron hechas por biógrafos que nunca conocieron a Nietzsche o a Fino, y que bien podrían haber adornado el episodio.

Se sabe, por la cartas de Nietzsche del periodo, que tuvo por aquella época varios sueños con caballos, y también se sabe que consideraba a Dostoyevsky “el único psicólogo del que, incidentalmente, tengo algo que aprender”. Además, hay que mencionar el poder simbólico del caballo, que para Dostoyevski siempre encarnó un aspecto de la crueldad humana, pero también de la empatía. Esto lleva a sospechar que Nietzsche conocía bien la escena del caballo en Crimen y castigo y que ésta lo había marcado de alguna manera.

Es realmente tentador adjudicar al encuentro de Nietzsche con el caballo en Turín más cosas de las que pudo haber implicado, especialmente porque el filósofo siempre fue en contra de la nociones de Schopenhauer sobre la importancia de la empatía y la compasión —algo que habría implicado un rompimiento del filósofo con su propio pensamiento, una especie de epifanía. Pero de entre las muchas interpretaciones que pueden dársele a esta anécdota podemos hallar que, tanto en Dostoyevsky como en el episodio de Nietzsche, los sucesos apuntan hacia el hecho de que la violencia engendra violencia, a que los animales no merecen nuestra crueldad porque son espejo de nosotros mismos y hacia que Nietzsche, un día de junio en Italia, hizo una gloriosa reverencia a la compasión humana.

 

 

 

Imagen: Dominio público