Procrastinare, en latín, significa ‘dejar algo para mañana’. Esta palabra, a su vez, proviene del griego akrasia que que podría traducirse como ‘hacer algo en contra de nuestro bien’. En una intersección de estas dos definiciones, podría decirse que procrastinar es el hacer algo distinto a la que deberíamos hacer, un acto que implica altos e inmediatos niveles de frustración, y cuyo estudio, en la actualidad, ocupa a varias disciplinas humanas.

Aunque usualmente se cree que procrastinar implica un mal manejo del tiempo, la neurociencia ha comprobado que, en realidad, se trata de una herramienta emocional para lidiar con el estrés que puede, si es llevada al límite, afectar seriamente varios aspectos de nuestra vida. Se sabe también que los mecanismos neurológicos que intervienen en el proceso de procrastinar, actúan tanto sobre el sistema límbico —que busca recompensas inmediatas y no a largo plazo— como la corteza prefrontal —que es la parte que recuerda al resto del cerebro que estamos haciendo algo que no es lo que deberíamos estar haciendo—. Todo esto explica por qué la procrastinación es un ciclo particularmente vicioso, pues implica placeres inmediatos.

La era digital, la posibilidad de distraernos en redes sociales o cualquier sitio de internet, ha hecho de la procastinación algo frecuente, casi cultural; esto ha ayudado a reducir nuestros lapsos de concentración (nada más fácil que dejar eso que estamos haciendo para revisar nuestras redes sociales u otros contenidos en línea). Se sabe, por ejemplo, que Facebook, Twitter y YouTube son algunos de los sitios más visitados durante las horas de oficina.

Pero de acuerdo a muchos expertos, la procrastinación, además de ser un acto irracional (no hacernos cargo de una tarea que deberíamos y luego sufrir consecuencias por ello), tiene que ver con una cuestión emocional y está profundamente relacionada con el humor en el que estamos, especialmente cuando éste es negativo. Así, el posponer nuestros deberes o tareas no tiene nada que ver con un mal manejo de nuestra agenda, sino que es una respuesta para lidiar con emociones producidas por ciertas tareas: aburrimiento, ansiedad, inseguridad, frustración, baja autoestima y resentimiento, entre otras.

Para contrarrestar la procrastinación, que es un hábito como cualquier otro, se han planteado distintas respuestas. Algunos estudiosos de este mecanismo mental proponen que si nuestro cerebro necesita lapsos de distracción, hay que dárselos y tomar en cuenta ese tiempo en nuestra lista de cosas por hacer. Si, por ejemplo, cada hora de trabajo frente a la computadora nos requiere diez minutos para revisar nuestras redes sociales, esto no tiene nada de malo; pero al tratarse de un hábito, éste es mutable y puede, poco a poco, transformarse —por ejemplo, reduciendo de manera paulatina el tiempo de descanso para lograr lapsos de concentración mayores: en vez de visitar las redes cada hora, comenzar a hacerlo cada dos y así consecutivamente. Los hábitos toman semanas en modificarse por lo que este ejercicio requiere, sobre todo, mucha paciencia. Finalmente, la concentración y la capacidad de atención son como un músculo: mientras más lo ejercitas, más fuerte se vuelve.

Por otro lado, muchos neurocientíficos recomiendan la meditación como una manera de acabar con la procrastinación, pues se trata de una de las más poderosas herramientas que tenemos a nuestra disposición para lograr la concentración y mejorar nuestra la capacidad de atención. Meditar modifica el cerebro, y dichos cambios incluyen la regulación del sistema límbico, algo que da más espacio a nuestra parte más estructurada y racional (la corteza prefrontal) para tomar decisiones —además de todos los beneficios físicos y emocionales que, se sabe, conlleva el acto de meditar.

Es posible que las maneras propuestas hasta ahora para lidiar con la procrastinación impliquen tiempo y esfuerzo, pero esto no es una sorpresa: en general, casi todo proceso valioso surge de la voluntad y la disciplina.

Imagen: Andrew Shiva – Creative Commons

Procrastinare, en latín, significa ‘dejar algo para mañana’. Esta palabra, a su vez, proviene del griego akrasia que que podría traducirse como ‘hacer algo en contra de nuestro bien’. En una intersección de estas dos definiciones, podría decirse que procrastinar es el hacer algo distinto a la que deberíamos hacer, un acto que implica altos e inmediatos niveles de frustración, y cuyo estudio, en la actualidad, ocupa a varias disciplinas humanas.

Aunque usualmente se cree que procrastinar implica un mal manejo del tiempo, la neurociencia ha comprobado que, en realidad, se trata de una herramienta emocional para lidiar con el estrés que puede, si es llevada al límite, afectar seriamente varios aspectos de nuestra vida. Se sabe también que los mecanismos neurológicos que intervienen en el proceso de procrastinar, actúan tanto sobre el sistema límbico —que busca recompensas inmediatas y no a largo plazo— como la corteza prefrontal —que es la parte que recuerda al resto del cerebro que estamos haciendo algo que no es lo que deberíamos estar haciendo—. Todo esto explica por qué la procrastinación es un ciclo particularmente vicioso, pues implica placeres inmediatos.

La era digital, la posibilidad de distraernos en redes sociales o cualquier sitio de internet, ha hecho de la procastinación algo frecuente, casi cultural; esto ha ayudado a reducir nuestros lapsos de concentración (nada más fácil que dejar eso que estamos haciendo para revisar nuestras redes sociales u otros contenidos en línea). Se sabe, por ejemplo, que Facebook, Twitter y YouTube son algunos de los sitios más visitados durante las horas de oficina.

Pero de acuerdo a muchos expertos, la procrastinación, además de ser un acto irracional (no hacernos cargo de una tarea que deberíamos y luego sufrir consecuencias por ello), tiene que ver con una cuestión emocional y está profundamente relacionada con el humor en el que estamos, especialmente cuando éste es negativo. Así, el posponer nuestros deberes o tareas no tiene nada que ver con un mal manejo de nuestra agenda, sino que es una respuesta para lidiar con emociones producidas por ciertas tareas: aburrimiento, ansiedad, inseguridad, frustración, baja autoestima y resentimiento, entre otras.

Para contrarrestar la procrastinación, que es un hábito como cualquier otro, se han planteado distintas respuestas. Algunos estudiosos de este mecanismo mental proponen que si nuestro cerebro necesita lapsos de distracción, hay que dárselos y tomar en cuenta ese tiempo en nuestra lista de cosas por hacer. Si, por ejemplo, cada hora de trabajo frente a la computadora nos requiere diez minutos para revisar nuestras redes sociales, esto no tiene nada de malo; pero al tratarse de un hábito, éste es mutable y puede, poco a poco, transformarse —por ejemplo, reduciendo de manera paulatina el tiempo de descanso para lograr lapsos de concentración mayores: en vez de visitar las redes cada hora, comenzar a hacerlo cada dos y así consecutivamente. Los hábitos toman semanas en modificarse por lo que este ejercicio requiere, sobre todo, mucha paciencia. Finalmente, la concentración y la capacidad de atención son como un músculo: mientras más lo ejercitas, más fuerte se vuelve.

Por otro lado, muchos neurocientíficos recomiendan la meditación como una manera de acabar con la procrastinación, pues se trata de una de las más poderosas herramientas que tenemos a nuestra disposición para lograr la concentración y mejorar nuestra la capacidad de atención. Meditar modifica el cerebro, y dichos cambios incluyen la regulación del sistema límbico, algo que da más espacio a nuestra parte más estructurada y racional (la corteza prefrontal) para tomar decisiones —además de todos los beneficios físicos y emocionales que, se sabe, conlleva el acto de meditar.

Es posible que las maneras propuestas hasta ahora para lidiar con la procrastinación impliquen tiempo y esfuerzo, pero esto no es una sorpresa: en general, casi todo proceso valioso surge de la voluntad y la disciplina.

Imagen: Andrew Shiva – Creative Commons