El cine siempre ha sido el medio idóneo para reflejar nuestros miedos más recónditos. La proyección cinematográfica, su haz de luz transformado en imágenes sobre una pantalla blanca, es quizás la metáfora más perfecta del interior de nuestra conciencia.

Encerrados en una sala oscura, nos entregamos voluntariamente a experimentar una realidad suplementaria. Nuestro ojo, inquieto, recibe intermitentemente la luz reflejada como si fuese la misma que en el exterior da forma a los objetos. El terror en una pantalla de cine puede parecer tan real como el miedo experimentado en la vida o en la asfixiante textura de las pesadillas.

Antes de que el público huyera despavorido frente al tren de los hermanos Lumiere, incluso antes de que estos dos hermanos pioneros nacieran, Etienne Gaspard Robert, un destacado pintor, dibujante, físico, mecánico y óptico, conmocionó a la Francia posrevolucionaria con sus Fantasmagorías, imágenes proyectadas que aterrorizaban a un público sediento de experiencias macabras.

“Robertson”, como era conocido sobre el escenario, utilizó sus conocimientos científicos para diseñar su particular casa de los horrores. Mejorando las características de la Linterna Mágica, el científico inventó un proyector móvil con objetivo auto-ajustable que permitía proyectar imágenes y dotarlas de movimiento. Situado tras una pantalla traslúcida, el proyector lograba generar imágenes frente al público y dar la sensación de cercanía o lejanía al acercar o alejar el proyector. El “fantascopio” infundía temor en los visitantes proyectando luminosas imágenes de esqueletos, momias o personajes de la historia pasada de Francia. Así, el decapitado Luis XVI recuperaba, frente a la perplejidad de los espectadores, su cabeza perdida en la guillotina.

Otro de los platos fuertes de las fantasmagorías fue el de hacer aparecer espectros sobre el humo de un supuesto ritual espiritista. La proyección ondulante de la imagen sobre el humo ascendente cortaba la respiración de los asistentes que se creían ante un verdadero fantasma. Sonidos de campanillas, estruendos, y otros aderezos sonoros ayudaban a incrementar la sensación de horror en los espectadores. Las Fantasmagorías eran auténticos espectáculos precursores del cine de terror.

Tras realizar sus sesiones en un pequeño espacio que no permitía la entrada a más de setenta personas, Robertson decidió trasladarlo a un viejo convento capuchino, en París. A través de pasadizos y tumbas, el público era sorprendido por imágenes espeluznantes. Algunos se negaban a entrar, otros huían de allí aterrorizados. Robertson había encontrado el paisaje idóneo para sus proyecciones.

Las Fantasmagorías de Robertson representan un eslabón importantísimo en la cadena de descubrimientos que dieron lugar al cine. Fue Robertson el que supo exprimir al máximo el poder ilusionante de la imagen proyectada, y uno de los primeros en entender el cine como espectáculo colectivo. Reunidos en una sala oscura, seguimos siendo como aquellos morbosos espectadores de las Fantasmagorías, esperando que las imágenes nos sorprendan, si no para horrorizarnos, para hacernos sentir algo diferente de los que sentimos en nuestra vida diaria.

 

 

 

 

 

El cine siempre ha sido el medio idóneo para reflejar nuestros miedos más recónditos. La proyección cinematográfica, su haz de luz transformado en imágenes sobre una pantalla blanca, es quizás la metáfora más perfecta del interior de nuestra conciencia.

Encerrados en una sala oscura, nos entregamos voluntariamente a experimentar una realidad suplementaria. Nuestro ojo, inquieto, recibe intermitentemente la luz reflejada como si fuese la misma que en el exterior da forma a los objetos. El terror en una pantalla de cine puede parecer tan real como el miedo experimentado en la vida o en la asfixiante textura de las pesadillas.

Antes de que el público huyera despavorido frente al tren de los hermanos Lumiere, incluso antes de que estos dos hermanos pioneros nacieran, Etienne Gaspard Robert, un destacado pintor, dibujante, físico, mecánico y óptico, conmocionó a la Francia posrevolucionaria con sus Fantasmagorías, imágenes proyectadas que aterrorizaban a un público sediento de experiencias macabras.

“Robertson”, como era conocido sobre el escenario, utilizó sus conocimientos científicos para diseñar su particular casa de los horrores. Mejorando las características de la Linterna Mágica, el científico inventó un proyector móvil con objetivo auto-ajustable que permitía proyectar imágenes y dotarlas de movimiento. Situado tras una pantalla traslúcida, el proyector lograba generar imágenes frente al público y dar la sensación de cercanía o lejanía al acercar o alejar el proyector. El “fantascopio” infundía temor en los visitantes proyectando luminosas imágenes de esqueletos, momias o personajes de la historia pasada de Francia. Así, el decapitado Luis XVI recuperaba, frente a la perplejidad de los espectadores, su cabeza perdida en la guillotina.

Otro de los platos fuertes de las fantasmagorías fue el de hacer aparecer espectros sobre el humo de un supuesto ritual espiritista. La proyección ondulante de la imagen sobre el humo ascendente cortaba la respiración de los asistentes que se creían ante un verdadero fantasma. Sonidos de campanillas, estruendos, y otros aderezos sonoros ayudaban a incrementar la sensación de horror en los espectadores. Las Fantasmagorías eran auténticos espectáculos precursores del cine de terror.

Tras realizar sus sesiones en un pequeño espacio que no permitía la entrada a más de setenta personas, Robertson decidió trasladarlo a un viejo convento capuchino, en París. A través de pasadizos y tumbas, el público era sorprendido por imágenes espeluznantes. Algunos se negaban a entrar, otros huían de allí aterrorizados. Robertson había encontrado el paisaje idóneo para sus proyecciones.

Las Fantasmagorías de Robertson representan un eslabón importantísimo en la cadena de descubrimientos que dieron lugar al cine. Fue Robertson el que supo exprimir al máximo el poder ilusionante de la imagen proyectada, y uno de los primeros en entender el cine como espectáculo colectivo. Reunidos en una sala oscura, seguimos siendo como aquellos morbosos espectadores de las Fantasmagorías, esperando que las imágenes nos sorprendan, si no para horrorizarnos, para hacernos sentir algo diferente de los que sentimos en nuestra vida diaria.

 

 

 

 

 

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