Durante un concierto en Israel en 2009, Leonard Cohen no sólo donó los importes de las entradas a organizaciones en pro de la paz entre Israel y Palestina sino que al final del concierto recitó en hebreo la Birkat Kohanim, una bendición rabínica proveniente de su crianza y formación en el judaísmo. En una de sus últimas entrevistas, Cohen le contó al periodista David Remnick que su gesto “no era conscientemente religioso. Sé que ha sido descrito así, y estoy feliz con eso. Es parte de la falacia intencional. Pero cuando veo a James Brown tiene una vibra religiosa. Cualquier cosa profunda la tiene”.

Gestos como este aparecen a lo largo de la biografía del recientemente fallecido cantante, poeta y novelista Leonard Cohen, una vida que él quiso describir en una de sus últimas canciones como un “instructivo para el fracaso”, pero que sus fans podemos apreciar como una implacable búsqueda espiritual, documentada en una obra vasta, compuesta lo mismo de libros de poesía que de discos.

El gospel y el blues son estilos musicales asociados al imaginario religioso, al coro de iglesia y la canción popular; estos estilos, al igual que la guitarra flamenca, pero también los sintetizadores y los coros de soul, son parte de la inigualable marca de Cohen en la música. Aun sin clasificarlo dentro de ninguno de los géneros musicales al uso podríamos llamar a su música “espiritual”, en el sentido de que está hecha para producir o transmitir estados de ánimo concretos y a menudo poco complacientes en el escucha.

Cohen creció en un contexto judío donde la música no tenía un papel predominante, pero sí la lectura y la conversación. Aunque creció determinado a convertirse en escritor, su trabajo —tanto en las letras como en la música— ha dialogado siempre con el imaginario religioso de la Biblia, lo que queda patente en canciones como “Story of Isaac”, “The Law”, o la mucho más conocida “Hallelujah”

Al igual que los libros de los profetas de la Biblia, sus historias están llenas de historias desesperadas, de adioses repentinos y de llegadas postergadas, de pruebas insalvables y la inminencia de un juicio que siempre se retrasa. Se dice que el sentimiento de pérdida y despedida impregna al menos sus últimas tres producciones desde el 2012 (Old Ideas, Popular Problems y You Want It Darker), pero lo cierto es que su discografía comienza terminando, o bien, comienza diciendo adiós: “So Long, Marianne” y “Hey, That’s No Way To Say Goodbye” son prueba de ello.

Sin embargo, Cohen probó ser un ecléctico hasta el final, alternando periodos de profundo estudio de la Torah y largos retiros en monasterios zen (el más largo de ellos durante 6 años), o buscando el consejo y guía de líderes espirituales en todo el mundo. En los años de fama y locura no faltaron tampoco los experimentos —afortunados a veces, otros caóticos— con drogas como el LSD, además de periodos alcohólicos para aderezar la soledad peregrina.

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En la entrevista con Remnick, Cohen afirma saber que “existe un aspecto espiritual en la vida de todos, ya sea que quieran verlo o no. Está ahí, puedes sentirlo en la gente —el reconocimiento de que existe una realidad en la que no pueden penetrar pero que influye en su estado de ánimo y actividad”.

Durante sus últimos años, Cohen sentía esta “otra realidad” de manera mucho más clara, tal vez debido a toda una vida de intentar escuchar aquello que está en el fondo de todas las cosas:

Lo que quiero decir es que escuchas el Bat Kol, [‘La voz divina’]. Escuchas esta otra y más profunda realidad cantándote todo el tiempo, y durante la mayor parte del tiempo no puedes descifrarla. Incluso cuando estaba sano, era sensible al proceso. En este punto del juego, la escucho decir: ‘Leonard, sólo sigue con las cosas que tienes que hacer’. Es muy compasiva en este punto. Más que nunca antes en mi vida, ya no escucho a la voz decir: ‘estás metiendo la pata’. Es una tremenda bendición, en verdad.

 

En una lucha sin lucha, el guerrero de la derrota falleció en su casa de California trabajando en canciones y poemas; la obra de su vida, según algunos fanáticos, pudo haberse considerado cerrada y grandiosa 30 años antes. Pero estos últimos discos y años fueron la oportunidad para apreciar en toda su humilde magnitud la forma en que cualquier cosa que se realice con plena conciencia —ya sea la música o la vida religiosa— puede presentar una dimensión espiritual, y su efecto puede ser expansivo y fecundo para todos a su alrededor.

 

*Imágenes: 1) Wikimedia Commons; 2) Pixabay / Creative Commons

Durante un concierto en Israel en 2009, Leonard Cohen no sólo donó los importes de las entradas a organizaciones en pro de la paz entre Israel y Palestina sino que al final del concierto recitó en hebreo la Birkat Kohanim, una bendición rabínica proveniente de su crianza y formación en el judaísmo. En una de sus últimas entrevistas, Cohen le contó al periodista David Remnick que su gesto “no era conscientemente religioso. Sé que ha sido descrito así, y estoy feliz con eso. Es parte de la falacia intencional. Pero cuando veo a James Brown tiene una vibra religiosa. Cualquier cosa profunda la tiene”.

Gestos como este aparecen a lo largo de la biografía del recientemente fallecido cantante, poeta y novelista Leonard Cohen, una vida que él quiso describir en una de sus últimas canciones como un “instructivo para el fracaso”, pero que sus fans podemos apreciar como una implacable búsqueda espiritual, documentada en una obra vasta, compuesta lo mismo de libros de poesía que de discos.

El gospel y el blues son estilos musicales asociados al imaginario religioso, al coro de iglesia y la canción popular; estos estilos, al igual que la guitarra flamenca, pero también los sintetizadores y los coros de soul, son parte de la inigualable marca de Cohen en la música. Aun sin clasificarlo dentro de ninguno de los géneros musicales al uso podríamos llamar a su música “espiritual”, en el sentido de que está hecha para producir o transmitir estados de ánimo concretos y a menudo poco complacientes en el escucha.

Cohen creció en un contexto judío donde la música no tenía un papel predominante, pero sí la lectura y la conversación. Aunque creció determinado a convertirse en escritor, su trabajo —tanto en las letras como en la música— ha dialogado siempre con el imaginario religioso de la Biblia, lo que queda patente en canciones como “Story of Isaac”, “The Law”, o la mucho más conocida “Hallelujah”

Al igual que los libros de los profetas de la Biblia, sus historias están llenas de historias desesperadas, de adioses repentinos y de llegadas postergadas, de pruebas insalvables y la inminencia de un juicio que siempre se retrasa. Se dice que el sentimiento de pérdida y despedida impregna al menos sus últimas tres producciones desde el 2012 (Old Ideas, Popular Problems y You Want It Darker), pero lo cierto es que su discografía comienza terminando, o bien, comienza diciendo adiós: “So Long, Marianne” y “Hey, That’s No Way To Say Goodbye” son prueba de ello.

Sin embargo, Cohen probó ser un ecléctico hasta el final, alternando periodos de profundo estudio de la Torah y largos retiros en monasterios zen (el más largo de ellos durante 6 años), o buscando el consejo y guía de líderes espirituales en todo el mundo. En los años de fama y locura no faltaron tampoco los experimentos —afortunados a veces, otros caóticos— con drogas como el LSD, además de periodos alcohólicos para aderezar la soledad peregrina.

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En la entrevista con Remnick, Cohen afirma saber que “existe un aspecto espiritual en la vida de todos, ya sea que quieran verlo o no. Está ahí, puedes sentirlo en la gente —el reconocimiento de que existe una realidad en la que no pueden penetrar pero que influye en su estado de ánimo y actividad”.

Durante sus últimos años, Cohen sentía esta “otra realidad” de manera mucho más clara, tal vez debido a toda una vida de intentar escuchar aquello que está en el fondo de todas las cosas:

Lo que quiero decir es que escuchas el Bat Kol, [‘La voz divina’]. Escuchas esta otra y más profunda realidad cantándote todo el tiempo, y durante la mayor parte del tiempo no puedes descifrarla. Incluso cuando estaba sano, era sensible al proceso. En este punto del juego, la escucho decir: ‘Leonard, sólo sigue con las cosas que tienes que hacer’. Es muy compasiva en este punto. Más que nunca antes en mi vida, ya no escucho a la voz decir: ‘estás metiendo la pata’. Es una tremenda bendición, en verdad.

 

En una lucha sin lucha, el guerrero de la derrota falleció en su casa de California trabajando en canciones y poemas; la obra de su vida, según algunos fanáticos, pudo haberse considerado cerrada y grandiosa 30 años antes. Pero estos últimos discos y años fueron la oportunidad para apreciar en toda su humilde magnitud la forma en que cualquier cosa que se realice con plena conciencia —ya sea la música o la vida religiosa— puede presentar una dimensión espiritual, y su efecto puede ser expansivo y fecundo para todos a su alrededor.

 

*Imágenes: 1) Wikimedia Commons; 2) Pixabay / Creative Commons

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