Existe controversia en decidir quién fue el primer cineasta de la historia en aplicar la técnica del stop motion. Hay quien lo atribuye al español Segundo de Chomón, en concreto a su El hotel eléctrico, en el que los objetos de movían por sí solos, mientras otros consideran a J. Stuart Blackton como pionero, en su película The haunted hotel, curiosamente con el mismo tema de fondo que la de Chomón.

Pero quizás no sea ésta una cuestión tan importante. Unos y otro contribuyeron a sentar las bases de este tipo de animación, y gracias a ellos continua siendo utilizada en nuestros días por artistas tan notorios como el surrealista Savankmajer.

La laboriosa técnica de generar la ilusión del movimiento a partir de fotografías fijas de objetos inanimados tuvo en el polaco Ladislas Starevich a uno de sus mayores impulsores. Entomólogo de profesión, Starevich descubrió las posibilidades del stop motion en su deseo frustrado de rodar el apareamiento de dos ciervos volantes. La intensidad de la luz exigida para la grabación impedía que estos animales, de naturaleza noctámbula, realizaran la cópula frente a su cámara, por lo que Starevich decidió reproducirla mediante la manipulación de dos coleópteros muertos. Manipulando sus cuerpos, moviéndolos milimétricamente y fotografiando cada paso, logró representar el apareamiento como si en verdad estuviese teniendo lugar ante la cámara. El documento pasaba así a ser una ficción, y abría para Starevich todo un campo de experimentación cinematográfica.

Sin abandonar nunca su perfil entomológico, Starevich continúo sus andanzas en la utilización de insectos con fines cinematográficos. Cameraman’s Revenge (1912), uno de sus filmes más importantes, narra en tono de vodevil las peripecias sentimentales de escarabajos, libélulas y saltamontes. Adulterio, celos, venganza… las actitudes antropomórficas de los insectos los hacen aparecer como ridículas caricaturas de nuestros instintos menos refinados. Si bien Starevich no fue el primero en utilizar la técnica del stop motion, si pudo ser el pionero en el uso de animales como actores de un drama cinematográfico.

Como casi todos los grandes visionarios, Starevich fue autodidacta. Cada uno de sus filmes estaba realizado por un equipo estrictamente familiar y en condiciones de trabajo puramente artesanales. El paciente trabajo manual que acaba dotando de vida a sus personajes hace que sus filmes posean una magia perenne, un encanto que atraviesa épocas y continúa asombrando a los nuevos creadores. Imbuidos en las formas insustanciales que genera el ordenador, quizás se nos haga difícil acercarnos hoy día a los trabajos de este cineasta. Sin embargo, en una mirada atenta y desprejuiciada, los filmes de Starevich revelan una calidez humana poco común, sus muñecos nos convencen, padecemos y sonreímos con ellos como si de seres humanos se tratasen.

La vigencia de su obra queda demostrada en homenajes como el de Fantástico Mr Fox, de Wes Anderson. En su genial película, Anderson recupera el encanto de Le roman de renard, de 1930, en la que Starevich utilizó muñecos de zorros como protagonistas de su historia.

Existe controversia en decidir quién fue el primer cineasta de la historia en aplicar la técnica del stop motion. Hay quien lo atribuye al español Segundo de Chomón, en concreto a su El hotel eléctrico, en el que los objetos de movían por sí solos, mientras otros consideran a J. Stuart Blackton como pionero, en su película The haunted hotel, curiosamente con el mismo tema de fondo que la de Chomón.

Pero quizás no sea ésta una cuestión tan importante. Unos y otro contribuyeron a sentar las bases de este tipo de animación, y gracias a ellos continua siendo utilizada en nuestros días por artistas tan notorios como el surrealista Savankmajer.

La laboriosa técnica de generar la ilusión del movimiento a partir de fotografías fijas de objetos inanimados tuvo en el polaco Ladislas Starevich a uno de sus mayores impulsores. Entomólogo de profesión, Starevich descubrió las posibilidades del stop motion en su deseo frustrado de rodar el apareamiento de dos ciervos volantes. La intensidad de la luz exigida para la grabación impedía que estos animales, de naturaleza noctámbula, realizaran la cópula frente a su cámara, por lo que Starevich decidió reproducirla mediante la manipulación de dos coleópteros muertos. Manipulando sus cuerpos, moviéndolos milimétricamente y fotografiando cada paso, logró representar el apareamiento como si en verdad estuviese teniendo lugar ante la cámara. El documento pasaba así a ser una ficción, y abría para Starevich todo un campo de experimentación cinematográfica.

Sin abandonar nunca su perfil entomológico, Starevich continúo sus andanzas en la utilización de insectos con fines cinematográficos. Cameraman’s Revenge (1912), uno de sus filmes más importantes, narra en tono de vodevil las peripecias sentimentales de escarabajos, libélulas y saltamontes. Adulterio, celos, venganza… las actitudes antropomórficas de los insectos los hacen aparecer como ridículas caricaturas de nuestros instintos menos refinados. Si bien Starevich no fue el primero en utilizar la técnica del stop motion, si pudo ser el pionero en el uso de animales como actores de un drama cinematográfico.

Como casi todos los grandes visionarios, Starevich fue autodidacta. Cada uno de sus filmes estaba realizado por un equipo estrictamente familiar y en condiciones de trabajo puramente artesanales. El paciente trabajo manual que acaba dotando de vida a sus personajes hace que sus filmes posean una magia perenne, un encanto que atraviesa épocas y continúa asombrando a los nuevos creadores. Imbuidos en las formas insustanciales que genera el ordenador, quizás se nos haga difícil acercarnos hoy día a los trabajos de este cineasta. Sin embargo, en una mirada atenta y desprejuiciada, los filmes de Starevich revelan una calidez humana poco común, sus muñecos nos convencen, padecemos y sonreímos con ellos como si de seres humanos se tratasen.

La vigencia de su obra queda demostrada en homenajes como el de Fantástico Mr Fox, de Wes Anderson. En su genial película, Anderson recupera el encanto de Le roman de renard, de 1930, en la que Starevich utilizó muñecos de zorros como protagonistas de su historia.

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