Si pensamos en la vida monástica es muy probable que pensemos en soledad, recogimiento, silencio y algunas otras cualidades cuya constante es el aislamiento propicio para la meditación y el servicio de las causas elevadas. Tanto en Occidente como en Oriente, la vida religiosa está asociada a una especie de “aislamiento colectivo” en el que el individuo forma parte de una comunidad reducida de otros que, como él (o ella) han elegido la vía del retiro y la espiritualidad.

Quizá por eso la ida de una concentración masiva de monjes es un tanto inesperada. Sin embargo, esa es la realidad cotidiana en la Academia Budista de Larung Gar, un valle en la Prefectura Autónoma Tibetana de Garzê, en la provincia china de Sichuan.

Ahí, desde la década de 1980, decenas de miles de monjes y monjas budistas arriban para estudiar la religión en la mayoría de sus variantes, cumpliendo así el propósito ecuménico de su fundador, Khenpo Jigme Phuntsok, quien hasta la fecha dirige la academia en colaboración con siete lamas.

La importancia y magnitud de esta escuela queda de manifiesto en las tomas áreas del lugar, en donde puede observarse una suerte de manto rojo que cubre el valle de Larung Gar. Los techos y paredes que dan este singular color al lugar son de las casas que los propios monjes han construido al mismo ritmo que el crecimiento de la población religiosa y estudiantil de la academia, un gesto que, por otro lado, da cuenta de la profunda solidaridad con la que ahí se vive.

Después de todo, uno de los ideales de la vida monástica es que sus preceptos y objetivos no tendrían que limitarse a la vida del templo y el puñado de personas con quienes se convive a diario, sino que tendrían que ser llevados más allá, al mundo mismo, en donde de verdad son necesarios.

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Si pensamos en la vida monástica es muy probable que pensemos en soledad, recogimiento, silencio y algunas otras cualidades cuya constante es el aislamiento propicio para la meditación y el servicio de las causas elevadas. Tanto en Occidente como en Oriente, la vida religiosa está asociada a una especie de “aislamiento colectivo” en el que el individuo forma parte de una comunidad reducida de otros que, como él (o ella) han elegido la vía del retiro y la espiritualidad.

Quizá por eso la ida de una concentración masiva de monjes es un tanto inesperada. Sin embargo, esa es la realidad cotidiana en la Academia Budista de Larung Gar, un valle en la Prefectura Autónoma Tibetana de Garzê, en la provincia china de Sichuan.

Ahí, desde la década de 1980, decenas de miles de monjes y monjas budistas arriban para estudiar la religión en la mayoría de sus variantes, cumpliendo así el propósito ecuménico de su fundador, Khenpo Jigme Phuntsok, quien hasta la fecha dirige la academia en colaboración con siete lamas.

La importancia y magnitud de esta escuela queda de manifiesto en las tomas áreas del lugar, en donde puede observarse una suerte de manto rojo que cubre el valle de Larung Gar. Los techos y paredes que dan este singular color al lugar son de las casas que los propios monjes han construido al mismo ritmo que el crecimiento de la población religiosa y estudiantil de la academia, un gesto que, por otro lado, da cuenta de la profunda solidaridad con la que ahí se vive.

Después de todo, uno de los ideales de la vida monástica es que sus preceptos y objetivos no tendrían que limitarse a la vida del templo y el puñado de personas con quienes se convive a diario, sino que tendrían que ser llevados más allá, al mundo mismo, en donde de verdad son necesarios.

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