Desde tiempos remotos en el ámbito artístico existe una disputa un tanto fútil, aunque inesperadamente fructífera, entre creación y crítica: acaso por cierta afección romántica (ese movimiento que según Isaiah Berlin influyó como ninguno otro en practicamente todos los territorios del mundo de la vida) se cree que el creador está por encima del crítico y, en consecuencia, que la labor del crítico es secundaria.

Con un argumento que lo mismo parece válido que sofístico, se dice que es infinitamente más complejo (y valioso) escribir un libro, una sinfonía, pintar un óleo o dirigir una película, que escribir un par de páginas a propósito de alguna de estas obras, señalando sus puntos flacos o quizá ensalzándola pero, a fin de cuentas, realizando una labor a posteriori, a partir de algo que ya ha sido creado.

Esta oposición puede tener su propia lógica y e incluso, en ciertos momentos, ser coherente tanto consigo misma como con respecto a otros paradigmas de validación.

Sin embargo, ¿no pasa con los grandes artistas que su labor es, también, crítica en sí misma? ¿No pasa que al rebelarse contra los modelos estéticos de su tiempo, contra las manías y los modismos establecidos, contra las prácticas que se consideran aceptables, y por esta subversión encuentran un nuevo camino, su creación convive ya con una labor crítica simultánea?

En un gesto quizá menos sutil, más evidente, pero que de algún modo da cuenta de ese temperamento inquieto que lo mismo se encuentra siempre inconforme con la situación de su tiempo que sabe reconocer el legado de quienes lo antecedieron en su campo de acción, el genial Stanley Kubrick enlistó en 1963, por primera y única ocasión, las que consideraba las 10 mejores películas jamás filmadas, a petición de la revista Cinema (fundada un año anterior y publicada hasta 1976), con este resultado:

1. I Vitelloni (Federico Fellini, 1953)

2. Smultronstället (Fresas Salvajes, Ingmar Bergman, 1957)

3. Citizen Kane (Orson Welles, 1941)

4. The Treasure of the Sierra Madre (John Huston, 1948)

5. City Lights (Charlie Chaplin, 1931)

6. Henry V (Laurence Olivier, 1944)

7. La notte (Michelangelo Antonioni, 1961)

8. The Bank Dick (W. C. Fields, 1940)

9. Roxie Hart (William A. Wellman, 1942)

10. Hell’s Angels (Howard Hughes, 1930)

Públicamente Kubrick no volvió sobre el asunto, aunque en la intimidad tuvo todavía 36 años para rectificar algunos de los filmes seleccionados. Según uno de sus amigos más cercanos, Jan Harlan, Kubrick siempre mantuvo Fresas Salvajes, Citizen Kane y City Lights entre sus preferidas; en cambio, encontró más agradable la adaptación de Henry V dirigida por Kenneth Branagh en 1989; asimismo, en un juicio que curiosamente también se encuentra en Roberto Calasso, consideró que el director de origen alemán Max Ophüls se encontraba “por encima de todos”, diciendo de él que era “dueño de toda la calidad posible”; igualmente reconoció posteriormente la obra de David Lean, Vittorio de Sica y François Truffaut. En cuanto a sus compatriotas y contemporáneos, consideró a Elia Kazan como “el mejor director de Estados Unidos”.

Al igual que ocurre con cualuqier otra lista, esta también puede ser cuestionada y rebatida, pero sin duda no sin antes entregarnos al profundo placer implícito en recorrer cada una de sus sugerencias.

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Desde tiempos remotos en el ámbito artístico existe una disputa un tanto fútil, aunque inesperadamente fructífera, entre creación y crítica: acaso por cierta afección romántica (ese movimiento que según Isaiah Berlin influyó como ninguno otro en practicamente todos los territorios del mundo de la vida) se cree que el creador está por encima del crítico y, en consecuencia, que la labor del crítico es secundaria.

Con un argumento que lo mismo parece válido que sofístico, se dice que es infinitamente más complejo (y valioso) escribir un libro, una sinfonía, pintar un óleo o dirigir una película, que escribir un par de páginas a propósito de alguna de estas obras, señalando sus puntos flacos o quizá ensalzándola pero, a fin de cuentas, realizando una labor a posteriori, a partir de algo que ya ha sido creado.

Esta oposición puede tener su propia lógica y e incluso, en ciertos momentos, ser coherente tanto consigo misma como con respecto a otros paradigmas de validación.

Sin embargo, ¿no pasa con los grandes artistas que su labor es, también, crítica en sí misma? ¿No pasa que al rebelarse contra los modelos estéticos de su tiempo, contra las manías y los modismos establecidos, contra las prácticas que se consideran aceptables, y por esta subversión encuentran un nuevo camino, su creación convive ya con una labor crítica simultánea?

En un gesto quizá menos sutil, más evidente, pero que de algún modo da cuenta de ese temperamento inquieto que lo mismo se encuentra siempre inconforme con la situación de su tiempo que sabe reconocer el legado de quienes lo antecedieron en su campo de acción, el genial Stanley Kubrick enlistó en 1963, por primera y única ocasión, las que consideraba las 10 mejores películas jamás filmadas, a petición de la revista Cinema (fundada un año anterior y publicada hasta 1976), con este resultado:

1. I Vitelloni (Federico Fellini, 1953)

2. Smultronstället (Fresas Salvajes, Ingmar Bergman, 1957)

3. Citizen Kane (Orson Welles, 1941)

4. The Treasure of the Sierra Madre (John Huston, 1948)

5. City Lights (Charlie Chaplin, 1931)

6. Henry V (Laurence Olivier, 1944)

7. La notte (Michelangelo Antonioni, 1961)

8. The Bank Dick (W. C. Fields, 1940)

9. Roxie Hart (William A. Wellman, 1942)

10. Hell’s Angels (Howard Hughes, 1930)

Públicamente Kubrick no volvió sobre el asunto, aunque en la intimidad tuvo todavía 36 años para rectificar algunos de los filmes seleccionados. Según uno de sus amigos más cercanos, Jan Harlan, Kubrick siempre mantuvo Fresas Salvajes, Citizen Kane y City Lights entre sus preferidas; en cambio, encontró más agradable la adaptación de Henry V dirigida por Kenneth Branagh en 1989; asimismo, en un juicio que curiosamente también se encuentra en Roberto Calasso, consideró que el director de origen alemán Max Ophüls se encontraba “por encima de todos”, diciendo de él que era “dueño de toda la calidad posible”; igualmente reconoció posteriormente la obra de David Lean, Vittorio de Sica y François Truffaut. En cuanto a sus compatriotas y contemporáneos, consideró a Elia Kazan como “el mejor director de Estados Unidos”.

Al igual que ocurre con cualuqier otra lista, esta también puede ser cuestionada y rebatida, pero sin duda no sin antes entregarnos al profundo placer implícito en recorrer cada una de sus sugerencias.

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