Un libro bien descrito puede impulsar mucho más que la imaginación. Cuando Julio Verne escribió La vuelta al mundo en ochenta días nunca imaginó que su visión sobre la circunnavegación iba a ser realizada; o si lo hizo, difícilmente pensó que lo llevaría a cabo una mujer.

En el año de 1889, la audaz periodista Nellie Bly se dispuso a superar el itinerario ficticio de Verne y se embarcó en un viaje alrededor del mundo que duraría 65 días: el viaje mundial más rápido de la historia. Pero no sólo eso, sino que su osadía inspiraría a otra mujer a competir con ella: la refinada periodista Elizabeth Bisland.

En Eighty Days: Nellie Bly and Elizabeth Bisland’s History Making Race Around the World, Matthew Goodman reseña la aventura histórica de estas dos mujeres, comenzando por describir la apariencia y el famoso equipaje que Bly llevaría en su recorrido. La circunstancias demandaban que Bly empleara toda su audacia e inteligencia en empacar una maleta que contuviera todo lo necesario para un año de vida en altamar.

Bly había decidido que llevaría sólo una maleta, una pequeña maleta de mano de piel en la cual empacaría todo, desde ropa a implementos de escritura a artículos de baño, que requeriría para el viaje; poder cargar su propia maleta ayudaría a prevenir cualquier retraso que pudiera surgir por la interferencia o incompetencia de porteros y oficiales de aduana. Como vestido de viaje había seleccionado una prenda cómoda de dos piezas de tela azul marina de lana tupida y ribeteada con pelo de camello. Para abrigo estaba llevando un úlster escocés blanco a cuadros, con filas gemelas de botones al frente, que la cubría del cuello a los tobillos; y en lugar de el sombrero y el velo usado por la mayoría de las mujeres a la moda que viajaban por el océano, ella usaría un alegre gorro de lana tipo ghillie –la típica gorra inglesa “adelante y hacía atrás” usada por Sherlock Holmes en las películas— que la había acompañado por los últimos tres años en muchas de sus aventuras. El vestido azul, el úlster a cuadros, la gorra ghillie: para apariencias externas no era un atuendo especialmente notable, pero pronto se volvió el más famoso de todo el mundo.

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Esa mañana de noviembre de 1889, mientras Bly estaba en camino a los muelles de Hoboken, un hombre llamado John Brisben Walker se cruzó con ella desde un ferri que iba en dirección opuesta. Era el editor de una revista de alto nivel llamada The Cosmopolitan, misma que décadas después, bajo nuevo mando, se volvería una revista comercial de bajo nivel. Walker, al ver a Bly pasar frente a él y enterarse de su aventura, instantáneamente ideó una empresa que sería una inmensa oportunidad de publicidad: The Cosmopolitan enviaría a otra circumnavegante para competir contra Bly. Para ser equitativos, pensó, tendría que ser otra mujer. Para mantener el interés, ella viajaría en dirección opuesta. Y así fue:

Elizabeth Bisand tenía veintiocho años, y después de casi una década de escribir independientemente, acababa de obtener un trabajo como editora literaria de The Cosmopolitan, para la cual escribió una reseña mensual de libros recientemente publicados titulada “En la biblioteca”. […] En Nueva York colaboró con varias revistas y regularmente se referían a ella como la mujer más bella en periodismo metropolitano. […] La combinación particular de Bisland de belleza, carisma y erudición parece haber sido poco más que encantador.

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Las dos mujeres que se embarcaron en este insólito viaje alrededor del mundo fueron mujeres realmente distintas, sin embargo había algo más grande que las unía; una fuerza boreal que desataría consecuencias positivas para muchísimas mujeres de su época:

En la superficie, las dos mujeres eran tan diferentes como se podía: una de ellas norteña, la otra del Sur; una fachosa y llanera, la otra orgullosa de su gentileza; una buscando las historias más sensacionalistas, la otra prefiriendo novelas y poesía y despreciando a la mayoría del periodismo, calificándolo de “salvaje, torcido y batido”, una “caricatura de la vida”. Elizabeth Bisland organizaba reuniones de té; Nellie Bly era conocida por frecuentar el salón O’Rourke en el Bowery. Pero cada una de ellas estaba nítidamente consciente de la posición desigual de las mujeres en América. Cada una había crecido sin mucho dinero y había llegado a Nueva York a hacer un lugar para sí misma en el periodismo de la gran ciudad, ganado a pulso un éxito en lo que aún era, incuestionablemente, un mundo de hombres.

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El libro de Goodman es una delicia descriptiva que, además de trazar el viaje de Bly y Bisland, retrata con detalle las costumbres victorianas y el papel emergente de la mujer en el periodismo.

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Un libro bien descrito puede impulsar mucho más que la imaginación. Cuando Julio Verne escribió La vuelta al mundo en ochenta días nunca imaginó que su visión sobre la circunnavegación iba a ser realizada; o si lo hizo, difícilmente pensó que lo llevaría a cabo una mujer.

En el año de 1889, la audaz periodista Nellie Bly se dispuso a superar el itinerario ficticio de Verne y se embarcó en un viaje alrededor del mundo que duraría 65 días: el viaje mundial más rápido de la historia. Pero no sólo eso, sino que su osadía inspiraría a otra mujer a competir con ella: la refinada periodista Elizabeth Bisland.

En Eighty Days: Nellie Bly and Elizabeth Bisland’s History Making Race Around the World, Matthew Goodman reseña la aventura histórica de estas dos mujeres, comenzando por describir la apariencia y el famoso equipaje que Bly llevaría en su recorrido. La circunstancias demandaban que Bly empleara toda su audacia e inteligencia en empacar una maleta que contuviera todo lo necesario para un año de vida en altamar.

Bly había decidido que llevaría sólo una maleta, una pequeña maleta de mano de piel en la cual empacaría todo, desde ropa a implementos de escritura a artículos de baño, que requeriría para el viaje; poder cargar su propia maleta ayudaría a prevenir cualquier retraso que pudiera surgir por la interferencia o incompetencia de porteros y oficiales de aduana. Como vestido de viaje había seleccionado una prenda cómoda de dos piezas de tela azul marina de lana tupida y ribeteada con pelo de camello. Para abrigo estaba llevando un úlster escocés blanco a cuadros, con filas gemelas de botones al frente, que la cubría del cuello a los tobillos; y en lugar de el sombrero y el velo usado por la mayoría de las mujeres a la moda que viajaban por el océano, ella usaría un alegre gorro de lana tipo ghillie –la típica gorra inglesa “adelante y hacía atrás” usada por Sherlock Holmes en las películas— que la había acompañado por los últimos tres años en muchas de sus aventuras. El vestido azul, el úlster a cuadros, la gorra ghillie: para apariencias externas no era un atuendo especialmente notable, pero pronto se volvió el más famoso de todo el mundo.

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Esa mañana de noviembre de 1889, mientras Bly estaba en camino a los muelles de Hoboken, un hombre llamado John Brisben Walker se cruzó con ella desde un ferri que iba en dirección opuesta. Era el editor de una revista de alto nivel llamada The Cosmopolitan, misma que décadas después, bajo nuevo mando, se volvería una revista comercial de bajo nivel. Walker, al ver a Bly pasar frente a él y enterarse de su aventura, instantáneamente ideó una empresa que sería una inmensa oportunidad de publicidad: The Cosmopolitan enviaría a otra circumnavegante para competir contra Bly. Para ser equitativos, pensó, tendría que ser otra mujer. Para mantener el interés, ella viajaría en dirección opuesta. Y así fue:

Elizabeth Bisand tenía veintiocho años, y después de casi una década de escribir independientemente, acababa de obtener un trabajo como editora literaria de The Cosmopolitan, para la cual escribió una reseña mensual de libros recientemente publicados titulada “En la biblioteca”. […] En Nueva York colaboró con varias revistas y regularmente se referían a ella como la mujer más bella en periodismo metropolitano. […] La combinación particular de Bisland de belleza, carisma y erudición parece haber sido poco más que encantador.

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Las dos mujeres que se embarcaron en este insólito viaje alrededor del mundo fueron mujeres realmente distintas, sin embargo había algo más grande que las unía; una fuerza boreal que desataría consecuencias positivas para muchísimas mujeres de su época:

En la superficie, las dos mujeres eran tan diferentes como se podía: una de ellas norteña, la otra del Sur; una fachosa y llanera, la otra orgullosa de su gentileza; una buscando las historias más sensacionalistas, la otra prefiriendo novelas y poesía y despreciando a la mayoría del periodismo, calificándolo de “salvaje, torcido y batido”, una “caricatura de la vida”. Elizabeth Bisland organizaba reuniones de té; Nellie Bly era conocida por frecuentar el salón O’Rourke en el Bowery. Pero cada una de ellas estaba nítidamente consciente de la posición desigual de las mujeres en América. Cada una había crecido sin mucho dinero y había llegado a Nueva York a hacer un lugar para sí misma en el periodismo de la gran ciudad, ganado a pulso un éxito en lo que aún era, incuestionablemente, un mundo de hombres.

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El libro de Goodman es una delicia descriptiva que, además de trazar el viaje de Bly y Bisland, retrata con detalle las costumbres victorianas y el papel emergente de la mujer en el periodismo.

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