“It is not down on any map; true places never are.”

- Herman Melville

La calidad de “fantasma” es capaz de conceder a las cosas una oscuridad y un encanto metafísico que emana, en parte, del hecho de saber que algo está ahí a pesar de que no lo podemos ver. A diferencia de las tierras míticas y las ínsulas de la literatura, las islas fantasma ostentan ese nombre porque alguna vez estuvieron en los mapas y después fueron borradas, cuando se comprobó que nunca existieron. A pesar de su necesaria extinción no han desaparecido por completo, quizá porque estos falsos trozos de tierra existen y exaltan aún nuestra imaginación de maneras inagotables.

Expertos en cartografía (disciplina que también podría pensarse como una gran ficción) aseguran que las islas fantasma llegaron a los mapas gracias a leyendas de marineros que exploraban nuevas regiones. Estos territorios podrían dividirse en varias categorías: aquellos que fueron el producto de leyendas adornadas con el tiempo por sus narradores; los que fueron el producto de confusiones de ubicación de islas existentes, es decir, errores cartográficos; o, por ejemplo, las islas que nunca fueron islas, sino arrecifes de coral, icebergs o, incluso, simples ilusiones ópticas (como es el caso de Nueva Groenlandia del Sur, que sólo fue vista una vez, como si se tratara de un ave exótica, en el año de 1823).

Uno de los casos más extraordinarios de islas que nunca existieron es Hy-Brasil, ubicada al norte del Atlántico, al oeste de Irlanda, que figuró en cartas de navegación mucho antes de que los europeos descubrieran América y que, se creía, permanecía oculta por la niebla excepto 1 día cada 7 años. De hecho, existen testimonios y crónicas diversas que narran visitas a este lugar, que sólo comparte el nombre con el actual país sudamericano. Un ejemplo contrario son las muchas representaciones que encontramos en mapas antiguos de la península de Baja California como una enorme y alargada isla, otro espectro de la cartografía.

Thule es quizá uno de los más encantadores especímenes en el extenso bestiario de las islas fantasma. Descubierta (probablemente) durante el siglo IV a. C. por el explorador griego Piteas, pasó siglos perdida para ser reencontrada por exploradores y viajeros posteriores; se cree que se trata de las islas Shetland, de Islandia, o de alguna región de Escandinavia.

Existen islas fantasma que fueron inventadas deliberadamente por nobles y exploradores para engrandecer sus logros: pocas cosas como una isla imaginaria para exacerbar el poder de un hombre. Otra caso, tal vez el más triste de todos, es el de los trozos de tierra que existieron pero fueron destruidos por el mar, por algún terremoto o por la erupción de un volcán, dejando para siempre en duda la palabra de sus trágicos conquistadores; este es el caso de Pactolus Bank, descubierta en 1885 y visitada por nada menos que Sir Francis Drake, uno de los más legendarios piratas ingleses (de cuya palabra, por supuesto, no es descabellado dudar).

La lista de islas fantasma es enorme; algunas de las más famosas, por ejemplo, son Atlantis (que nació de un mito, pero que aparece en algunos mapas) o la Ilha de Vera Cruz, que fue hallada por marineros portugueses y que al final resultó ser el país que hoy conocemos como Brasil. Finalmente, hay que mencionar a la isla magnética de Rupes Nigra, avistada en el siglo XIV y por la cual las brújulas apuntan hacia el norte, o las varias islas de demonios, como Satanazes, que alguna vez figuraron en más de una carta de navegación (al igual que muchos temibles monstruos marinos).

Increíblemente, el siglo XX ha visto la desaparición de varias islas fantasma; tal es el caso de Emerald Island, encontrada en 1821 y removida de los mapas en la década de los años 40. Sin duda, es difícil dejar ir estos territorios, porque sus historias se narran aún hoy y su falsa materialidad ha dejado una huella invisible en medio del mar.

 

 

*Imagen: Dominio Público

“It is not down on any map; true places never are.”

- Herman Melville

La calidad de “fantasma” es capaz de conceder a las cosas una oscuridad y un encanto metafísico que emana, en parte, del hecho de saber que algo está ahí a pesar de que no lo podemos ver. A diferencia de las tierras míticas y las ínsulas de la literatura, las islas fantasma ostentan ese nombre porque alguna vez estuvieron en los mapas y después fueron borradas, cuando se comprobó que nunca existieron. A pesar de su necesaria extinción no han desaparecido por completo, quizá porque estos falsos trozos de tierra existen y exaltan aún nuestra imaginación de maneras inagotables.

Expertos en cartografía (disciplina que también podría pensarse como una gran ficción) aseguran que las islas fantasma llegaron a los mapas gracias a leyendas de marineros que exploraban nuevas regiones. Estos territorios podrían dividirse en varias categorías: aquellos que fueron el producto de leyendas adornadas con el tiempo por sus narradores; los que fueron el producto de confusiones de ubicación de islas existentes, es decir, errores cartográficos; o, por ejemplo, las islas que nunca fueron islas, sino arrecifes de coral, icebergs o, incluso, simples ilusiones ópticas (como es el caso de Nueva Groenlandia del Sur, que sólo fue vista una vez, como si se tratara de un ave exótica, en el año de 1823).

Uno de los casos más extraordinarios de islas que nunca existieron es Hy-Brasil, ubicada al norte del Atlántico, al oeste de Irlanda, que figuró en cartas de navegación mucho antes de que los europeos descubrieran América y que, se creía, permanecía oculta por la niebla excepto 1 día cada 7 años. De hecho, existen testimonios y crónicas diversas que narran visitas a este lugar, que sólo comparte el nombre con el actual país sudamericano. Un ejemplo contrario son las muchas representaciones que encontramos en mapas antiguos de la península de Baja California como una enorme y alargada isla, otro espectro de la cartografía.

Thule es quizá uno de los más encantadores especímenes en el extenso bestiario de las islas fantasma. Descubierta (probablemente) durante el siglo IV a. C. por el explorador griego Piteas, pasó siglos perdida para ser reencontrada por exploradores y viajeros posteriores; se cree que se trata de las islas Shetland, de Islandia, o de alguna región de Escandinavia.

Existen islas fantasma que fueron inventadas deliberadamente por nobles y exploradores para engrandecer sus logros: pocas cosas como una isla imaginaria para exacerbar el poder de un hombre. Otra caso, tal vez el más triste de todos, es el de los trozos de tierra que existieron pero fueron destruidos por el mar, por algún terremoto o por la erupción de un volcán, dejando para siempre en duda la palabra de sus trágicos conquistadores; este es el caso de Pactolus Bank, descubierta en 1885 y visitada por nada menos que Sir Francis Drake, uno de los más legendarios piratas ingleses (de cuya palabra, por supuesto, no es descabellado dudar).

La lista de islas fantasma es enorme; algunas de las más famosas, por ejemplo, son Atlantis (que nació de un mito, pero que aparece en algunos mapas) o la Ilha de Vera Cruz, que fue hallada por marineros portugueses y que al final resultó ser el país que hoy conocemos como Brasil. Finalmente, hay que mencionar a la isla magnética de Rupes Nigra, avistada en el siglo XIV y por la cual las brújulas apuntan hacia el norte, o las varias islas de demonios, como Satanazes, que alguna vez figuraron en más de una carta de navegación (al igual que muchos temibles monstruos marinos).

Increíblemente, el siglo XX ha visto la desaparición de varias islas fantasma; tal es el caso de Emerald Island, encontrada en 1821 y removida de los mapas en la década de los años 40. Sin duda, es difícil dejar ir estos territorios, porque sus historias se narran aún hoy y su falsa materialidad ha dejado una huella invisible en medio del mar.

 

 

*Imagen: Dominio Público