Pocas cosas más espectaculares que un acto de magia, más aún, si podemos presenciarlo en una película que tiene más de 100 años y que sobrevive como una de las primeras en utilizar el color en la historia de la cinematografía. Las rosas mágicas, del director español Segundo de Chomón, presenta un lírico espectáculo de ilusionismo que convierte su escenario en un jardín de flores, mismas que son transformadas en mujeres.

Les Roses Magiques —título original de esta pequeña película realizada en Francia en 1906 y alguna vez adjudicado al gran Georges Méliès— constituye un ejemplo del cine mudo de montaje más temprano, y su realizador, Chomón, fue uno de los pioneros no solamente de los primeros trucos visuales en la cinematografía, sino también de las técnicas más antiguas del cine a color, que en sus inicios se pintaba a mano, fotograma por fotograma, e implicaba un procedimiento refinado y complejo. En Las rosas mágicas, específicamente, el director utilizó una técnica de coloreado conocida como pochoir, que utilizaba esténciles para dotar de color las imágenes.

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En un escenario que pareciera el de una obra de teatro (como el de muchos filmes del cine mudo de su época), el cineasta nos adentra en un argumento onírico simple: un mago —cuya figura nos recuerda a la muy singular estética de los ilusionistas del siglo XIX— aparece a tres jóvenes, musas y metáforas, que danzan con él, para finalmente ser convertidas en flores que adornan el jardín. A partir de estas tres mujeres, el mago crea un universo lleno de flores grandes y pequeñas, que aparecen y desaparecen entre preciosos trucos de ilusión óptica y montaje cinematográfico.

En un mundo de grandes producciones fílmicas, impresionantes animaciones en 3D y presupuestos de producción millonarios, Las rosas mágicas embelesa por su encantadora sencillez. En un lapso de tres minutos, este acto de magia —una versión cinematográfica del surrealismo que pululaba en los tiempos de su creación— nos acerca a los más esenciales orígenes del arte del cine para recordarnos que, más allá de lo espectacular y lo grandilocuente, el cine es y siempre ha sido un gran espectáculo ilusionista.

Pocas cosas más espectaculares que un acto de magia, más aún, si podemos presenciarlo en una película que tiene más de 100 años y que sobrevive como una de las primeras en utilizar el color en la historia de la cinematografía. Las rosas mágicas, del director español Segundo de Chomón, presenta un lírico espectáculo de ilusionismo que convierte su escenario en un jardín de flores, mismas que son transformadas en mujeres.

Les Roses Magiques —título original de esta pequeña película realizada en Francia en 1906 y alguna vez adjudicado al gran Georges Méliès— constituye un ejemplo del cine mudo de montaje más temprano, y su realizador, Chomón, fue uno de los pioneros no solamente de los primeros trucos visuales en la cinematografía, sino también de las técnicas más antiguas del cine a color, que en sus inicios se pintaba a mano, fotograma por fotograma, e implicaba un procedimiento refinado y complejo. En Las rosas mágicas, específicamente, el director utilizó una técnica de coloreado conocida como pochoir, que utilizaba esténciles para dotar de color las imágenes.

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En un escenario que pareciera el de una obra de teatro (como el de muchos filmes del cine mudo de su época), el cineasta nos adentra en un argumento onírico simple: un mago —cuya figura nos recuerda a la muy singular estética de los ilusionistas del siglo XIX— aparece a tres jóvenes, musas y metáforas, que danzan con él, para finalmente ser convertidas en flores que adornan el jardín. A partir de estas tres mujeres, el mago crea un universo lleno de flores grandes y pequeñas, que aparecen y desaparecen entre preciosos trucos de ilusión óptica y montaje cinematográfico.

En un mundo de grandes producciones fílmicas, impresionantes animaciones en 3D y presupuestos de producción millonarios, Las rosas mágicas embelesa por su encantadora sencillez. En un lapso de tres minutos, este acto de magia —una versión cinematográfica del surrealismo que pululaba en los tiempos de su creación— nos acerca a los más esenciales orígenes del arte del cine para recordarnos que, más allá de lo espectacular y lo grandilocuente, el cine es y siempre ha sido un gran espectáculo ilusionista.