El mar es nuestro mundo alterno, el más extranjero de todos y, por lo tanto, el más poblado de espejos y especulaciones. Fue una ubicua creencia antigua la de que cada animal de la tierra debía tener su contraparte en el océano, y los humanos no son la excepción. Para los primeros hay “caballos de mar” y “elefantes marinos”, y para nosotros una versión quimérica y esquiva: la sirena. Ella, como buen reflejo del hombre, tiene voz, y su voz es tan irresistible porque habla por los peces y por el mar, que van en silencio guardando un secreto. Si algo caracteriza a esta ninfa marina es su hechicera voz y su terrible infatuación por nosotros, los navegantes.

Todos sabemos que la sirena, aunque Disney la haya querido redimir de su esencia, es un ser tan encantador como pernicioso. Es una quimera que encarna los dos componentes de un oxímoron perfecto: el agua y la tierra, la belleza y la bestialidad. Tan irresistible para nosotros como lo somos para ellas. Pero la sirena no siempre fue un mito increíblemente sexy y terrible (como Odiseo supo bien: que ordenó a sus hombres que lo amarraran al mástil y le taparan los oídos con cera para evitar caer víctima del irreprimible deseo de ir con ellas al oír su canto); este animal prodigioso ha sufrido tantas mutaciones como es propio a la imaginación, y antes de ser un mito era un peligro real. Una trampa excelente para las debilidades sensibles del ser humano.

El escritor y cartógrafo del siglo XVI Olaus Magnus, cuya famosa Carta Marina catalogaba obsesivamente los muchos monstruos de los mares de Escandinavia, notó que los pescadores mantenían que si atrapas una sirena “y no la dejas ir inmediatamente, tal cruel tempestad se levantará y tal horrible lamento, que pensarás que el cielo se desploma sobre ti”.

La cantidad de avistamientos de sirenas explotó al tiempo que llegó la Era de los Descubrimientos, y fue descrita por varios exploradores con rasgos admirables de “cosa ajena”, temible y venerable. Es bien sabido que Cristóbal Colón, por ejemplo, reportó ver unas sirenas en su paso por República Dominicana, mismas que se supone que eran realmente manatíes. Lo singular es que estos hombres, en sus grandes barcos de lujo, tenían tan presente la figura de la sirena que –hayan sido o no manatíes– se les aparecían aquí y allá en sus navegaciones.

Guardar el folclor cerca de nosotros es hacer un llamado a sus criaturas. Y aunque enormemente deseadas por la soledad de los marinos, las sirenas han ido despareciendo por nuestro cambio de costumbres. Los encuentros con ellas cada vez son menos quizá por sobrevivencia, endurecimiento emocional o evolución tecnológica, pero nos hemos vuelto sordos a su canto. Sin embargo, la historia dicta que la mejor manera de verlas en tenerlas presentes, allí está la clave para recuperar a estos seres que reúnen los dos mundos más extranjeros de todos y concilian la belleza con la monstruosidad.

El mar es nuestro mundo alterno, el más extranjero de todos y, por lo tanto, el más poblado de espejos y especulaciones. Fue una ubicua creencia antigua la de que cada animal de la tierra debía tener su contraparte en el océano, y los humanos no son la excepción. Para los primeros hay “caballos de mar” y “elefantes marinos”, y para nosotros una versión quimérica y esquiva: la sirena. Ella, como buen reflejo del hombre, tiene voz, y su voz es tan irresistible porque habla por los peces y por el mar, que van en silencio guardando un secreto. Si algo caracteriza a esta ninfa marina es su hechicera voz y su terrible infatuación por nosotros, los navegantes.

Todos sabemos que la sirena, aunque Disney la haya querido redimir de su esencia, es un ser tan encantador como pernicioso. Es una quimera que encarna los dos componentes de un oxímoron perfecto: el agua y la tierra, la belleza y la bestialidad. Tan irresistible para nosotros como lo somos para ellas. Pero la sirena no siempre fue un mito increíblemente sexy y terrible (como Odiseo supo bien: que ordenó a sus hombres que lo amarraran al mástil y le taparan los oídos con cera para evitar caer víctima del irreprimible deseo de ir con ellas al oír su canto); este animal prodigioso ha sufrido tantas mutaciones como es propio a la imaginación, y antes de ser un mito era un peligro real. Una trampa excelente para las debilidades sensibles del ser humano.

El escritor y cartógrafo del siglo XVI Olaus Magnus, cuya famosa Carta Marina catalogaba obsesivamente los muchos monstruos de los mares de Escandinavia, notó que los pescadores mantenían que si atrapas una sirena “y no la dejas ir inmediatamente, tal cruel tempestad se levantará y tal horrible lamento, que pensarás que el cielo se desploma sobre ti”.

La cantidad de avistamientos de sirenas explotó al tiempo que llegó la Era de los Descubrimientos, y fue descrita por varios exploradores con rasgos admirables de “cosa ajena”, temible y venerable. Es bien sabido que Cristóbal Colón, por ejemplo, reportó ver unas sirenas en su paso por República Dominicana, mismas que se supone que eran realmente manatíes. Lo singular es que estos hombres, en sus grandes barcos de lujo, tenían tan presente la figura de la sirena que –hayan sido o no manatíes– se les aparecían aquí y allá en sus navegaciones.

Guardar el folclor cerca de nosotros es hacer un llamado a sus criaturas. Y aunque enormemente deseadas por la soledad de los marinos, las sirenas han ido despareciendo por nuestro cambio de costumbres. Los encuentros con ellas cada vez son menos quizá por sobrevivencia, endurecimiento emocional o evolución tecnológica, pero nos hemos vuelto sordos a su canto. Sin embargo, la historia dicta que la mejor manera de verlas en tenerlas presentes, allí está la clave para recuperar a estos seres que reúnen los dos mundos más extranjeros de todos y concilian la belleza con la monstruosidad.

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