La experiencia demuestra que la genialidad no es siempre garantía de talento pedagógico y que la mediocridad creadora coincide frecuentemente con el talento para la enseñanza. A pesar de ello, la historia de la literatura da cuenta de grandes escritores que resultaron, además, ser excelentes comunicadores y pedagogos. Prueba de ello es Julio Cortázar.

Pero ¿qué es al fin y al cabo enseñar? Si de lo que se trata es de fomentar y de activar en los alumnos la propia reflexión, entonces qué mejor que una persona acostumbrada al ejercicio del libre pensamiento y la creación para motivarlos (imagínense lo que debían ser las clases de mecánica racional impartidas por el genial Nicanor Parra).

Pero si hablamos del escritor argentino, la cosa se vuelve más compleja.

Siempre he escrito sin saber demasiado por qué lo hago, movido un poco por el azar, por una serie de casualidades: las cosas me llegan como un pájaro que puede pasar por la ventana.

La pregunta es entonces si alguien cuyo ejercicio creativo se basa exclusivamente en el capricho de la musa, puede orientar a un alumnado primerizo dentro del laberinto de la creación literaria. Y contra todo pronóstico, parece que la respuesta es afirmativa.

El libro Clases de literatura: Berkeley 1980 recoge las clases magistrales de literatura que Cortázar dio por aquellos años, y lo hace gracias a la recuperación de unas grabaciones obtenidas por uno de sus alumnos.

Cargado de libros y de ideas, Cortázar llega a Berkeley con ganas de desmontar algunos de los cenicientos clichés de la educación universitaria. Ya en la tercera clase espetará a los alumnos:

Si les sirve de algún consuelo, yo estoy más incómodo que ustedes, porque esta silla es espantosa y la mesa…, más o menos igual.

Serían ocho sesiones, en total quince horas, frente a un Cortázar que convertiría las clases en un viaje a través de la literatura. Un Cortázar ya consagrado que, gracias a su celebridad, congregaba a un enorme número de alumnos dispuestos a absorber con avidez cada una de sus propuestas.

En más de una ocasión, el escritor declaró que en su concepto de lo Fantástico apenas existían diferencias con lo real, y que uno y otro mundo eran para él diferentes caras de una misma moneda. Por esto el axolotl, observado en uno de sus cuentos, acaba por ser el mismo observador, y un parque y un libro pueden compartir en su literatura un mismo suelo y una misma fatalidad. Así debieron ser sus clases: una mezcla de fantasía literaria y abrupta interrupción de lo real.

En su primera clase, “Los caminos de un escritor”, Cortázar hizo una revisión de sus años de formación, desde Buenos Aires a Europa, resumiendo su evolución en tres fases:

Creo que a lo largo de mi camino de escritor he pasado por tres etapas bastante bien definidas: una primera etapa que llamaría estética, una segunda etapa que llamaría metafísica y una tercera etapa, que llega hasta el día de hoy, que podría llamar histórica.

La hilatura de sus vicisitudes vitales con su desarrollo como escritor servía de ejemplo y de estímulo a sus alumnos, que veían como las dificultades personales no obstaculizan el camino de un escritor sino que sirven como alimento necesario para su labor creativa.

Cortázar hablaría del cuento y la novela, y también de la poesía, tres géneros que cultivó con fortuna. Desmigó el profuso conocimiento literario que los quince mil tomos de su biblioteca habían ido sedimentando en él, junto a su amor por la música y sus ricas experiencias vitales.

En sus clases, su método fundamental fue la charla, el libre discurrir de su memoria y el intercambio de opiniones con sus alumnos.

Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí: no soy sistemático, no soy ni un crítico ni un teórico, de modo que a medida que se me van planteando los problemas de trabajo, busco soluciones.

Enseñó del mismo modo en el que escribía, sometido tan solo a las exigencias de lo fortuito, abierto a la casualidad y al feliz encuentro. Hizo uso de esa indisciplina profesional que en Cortázar dio tantos y tan buenos frutos.

En uno de sus libros de poesía anotaría:

No aceptar otro orden que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón, otro horario que el de los encuentros a deshora, los verdaderos.

Así debió ser el discurrir de sus clases en Berkeley.

La experiencia demuestra que la genialidad no es siempre garantía de talento pedagógico y que la mediocridad creadora coincide frecuentemente con el talento para la enseñanza. A pesar de ello, la historia de la literatura da cuenta de grandes escritores que resultaron, además, ser excelentes comunicadores y pedagogos. Prueba de ello es Julio Cortázar.

Pero ¿qué es al fin y al cabo enseñar? Si de lo que se trata es de fomentar y de activar en los alumnos la propia reflexión, entonces qué mejor que una persona acostumbrada al ejercicio del libre pensamiento y la creación para motivarlos (imagínense lo que debían ser las clases de mecánica racional impartidas por el genial Nicanor Parra).

Pero si hablamos del escritor argentino, la cosa se vuelve más compleja.

Siempre he escrito sin saber demasiado por qué lo hago, movido un poco por el azar, por una serie de casualidades: las cosas me llegan como un pájaro que puede pasar por la ventana.

La pregunta es entonces si alguien cuyo ejercicio creativo se basa exclusivamente en el capricho de la musa, puede orientar a un alumnado primerizo dentro del laberinto de la creación literaria. Y contra todo pronóstico, parece que la respuesta es afirmativa.

El libro Clases de literatura: Berkeley 1980 recoge las clases magistrales de literatura que Cortázar dio por aquellos años, y lo hace gracias a la recuperación de unas grabaciones obtenidas por uno de sus alumnos.

Cargado de libros y de ideas, Cortázar llega a Berkeley con ganas de desmontar algunos de los cenicientos clichés de la educación universitaria. Ya en la tercera clase espetará a los alumnos:

Si les sirve de algún consuelo, yo estoy más incómodo que ustedes, porque esta silla es espantosa y la mesa…, más o menos igual.

Serían ocho sesiones, en total quince horas, frente a un Cortázar que convertiría las clases en un viaje a través de la literatura. Un Cortázar ya consagrado que, gracias a su celebridad, congregaba a un enorme número de alumnos dispuestos a absorber con avidez cada una de sus propuestas.

En más de una ocasión, el escritor declaró que en su concepto de lo Fantástico apenas existían diferencias con lo real, y que uno y otro mundo eran para él diferentes caras de una misma moneda. Por esto el axolotl, observado en uno de sus cuentos, acaba por ser el mismo observador, y un parque y un libro pueden compartir en su literatura un mismo suelo y una misma fatalidad. Así debieron ser sus clases: una mezcla de fantasía literaria y abrupta interrupción de lo real.

En su primera clase, “Los caminos de un escritor”, Cortázar hizo una revisión de sus años de formación, desde Buenos Aires a Europa, resumiendo su evolución en tres fases:

Creo que a lo largo de mi camino de escritor he pasado por tres etapas bastante bien definidas: una primera etapa que llamaría estética, una segunda etapa que llamaría metafísica y una tercera etapa, que llega hasta el día de hoy, que podría llamar histórica.

La hilatura de sus vicisitudes vitales con su desarrollo como escritor servía de ejemplo y de estímulo a sus alumnos, que veían como las dificultades personales no obstaculizan el camino de un escritor sino que sirven como alimento necesario para su labor creativa.

Cortázar hablaría del cuento y la novela, y también de la poesía, tres géneros que cultivó con fortuna. Desmigó el profuso conocimiento literario que los quince mil tomos de su biblioteca habían ido sedimentando en él, junto a su amor por la música y sus ricas experiencias vitales.

En sus clases, su método fundamental fue la charla, el libre discurrir de su memoria y el intercambio de opiniones con sus alumnos.

Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí: no soy sistemático, no soy ni un crítico ni un teórico, de modo que a medida que se me van planteando los problemas de trabajo, busco soluciones.

Enseñó del mismo modo en el que escribía, sometido tan solo a las exigencias de lo fortuito, abierto a la casualidad y al feliz encuentro. Hizo uso de esa indisciplina profesional que en Cortázar dio tantos y tan buenos frutos.

En uno de sus libros de poesía anotaría:

No aceptar otro orden que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón, otro horario que el de los encuentros a deshora, los verdaderos.

Así debió ser el discurrir de sus clases en Berkeley.

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