Al parecer, el mundo de la literatura abunda en muy estrictas analogías con el mundo de las matemáticas. Aunque a primera vista ambas disciplinas parecerían opuestas, tiene sentido pensar que la estructura literaria, sobre todo si se trata de un monólogo interior bien construido, está dibujando ecuaciones más allá de los signos lingüísticos, en el mundo abstracto y universal de los patrones. Ciertos grandes escritores tienen una “intuición formal”, un ritmo, que los lleva a delinear fractales, aun si, desde luego, no lo saben. De acuerdo al Instituto de Física Nuclear de Polonia, Finnegans Wake de James Joyce, por ejemplo, tiene una estructura casi indistinguible de un multifractal puramente matemático.

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Los académicos que se impusieron esta fascinante empresa analizaron estadística y detalladamente más de 100 obras literarias de autores que van desde Charles Dickens a Shakespeare, Alejandro Dumas, Thomas Mann, Umberto Eco, Samuel Beckett y Virginia Woolf. Al observar la longitud de las oraciones y cómo variaban, encontraron que en una abrumadora mayoría de textos las correlaciones en las variaciones de longitud de enunciados estaban gobernadas por las dinámicas de una cascada, es decir, que su construcción es un fractal: un objeto matemático en que cada parte, cuando se expande, tiene una estructura similar al todo.

Por supuesto, algunos textos fueron matemáticamente más complejos que otros, y no es difícil adivinar cuales. Al virtualmente inaccesible Finnegans Wake, que se llevó las palmas, le siguieron Las olas de Virginia Woolf, Ulises de Joyce, 2666 de Roberto Bolaño y La trilogía USA de John Dos Passos. Lo más interesante es que todas son obras que abundan en monologo interior (stream of consciousness). Al respecto, uno de los autores del estudio, el doctor Paweł Oświęcimka, señaló:

No queda enteramente claro si la escritura de monólogo interior de hecho revela cualidades más profundas de nuestra conciencia, o más bien la imaginación de los escritores.

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Lo cierto es que hay escritores que son formidables ingenieros y que el ritmo y la construcción intuitiva de una obra literaria construye castillos y habitaciones en otro plano del mundo. Joyce, que intuía quizá mucho más de lo que sabía que intuía, le escribió a Harriet Weaver en una carta acerca de su Finnegans Wake, que en ese momento estaba en proceso:

Soy realmente uno de los mejores ingenieros, si no es que el mejor, del mundo […]. Todos los motores que conozco están mal hechos. Simplicidad. Estoy haciendo un motor con una sola rueda. Sin radios desde luego. La rueda es un cuadrado perfecto. Puedes ver hacia donde voy, ¿no es cierto? Soy excesivamente solemne al respecto, no te equivoques, así que no debes pensar que es una historia tonta acerca del ratón y las uvas. No, es una rueda, le digo al mundo. Y es toda cuadrada.

He aquí el triunfo de la forma intuitiva. Quizás el monólogo interior de Leopoldo Bloom en Ulises está delineando el mapa que trazan sus pies al caminar, al igual que los monólogos de los personajes de Las olas de Woolf están tejiendo un mar. La intuición es una forma de misticismo que cree en la unidad universal, y estos escritores lo codificaron en sus textos.

Los autores sugieren que los hallazgos también podrían usarse para proponer que los escritores “descubrieron fractales e incluso multifractales en la naturaleza mucho antes que los científicos”. Dada la ya tan establecida conexión entre la simetría, la verdad y la belleza (“Beauty is truth, truth beauty”), encontrar obras literarias fractalmente cuantificables parece hacer perfecto sentido.

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Al parecer, el mundo de la literatura abunda en muy estrictas analogías con el mundo de las matemáticas. Aunque a primera vista ambas disciplinas parecerían opuestas, tiene sentido pensar que la estructura literaria, sobre todo si se trata de un monólogo interior bien construido, está dibujando ecuaciones más allá de los signos lingüísticos, en el mundo abstracto y universal de los patrones. Ciertos grandes escritores tienen una “intuición formal”, un ritmo, que los lleva a delinear fractales, aun si, desde luego, no lo saben. De acuerdo al Instituto de Física Nuclear de Polonia, Finnegans Wake de James Joyce, por ejemplo, tiene una estructura casi indistinguible de un multifractal puramente matemático.

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Los académicos que se impusieron esta fascinante empresa analizaron estadística y detalladamente más de 100 obras literarias de autores que van desde Charles Dickens a Shakespeare, Alejandro Dumas, Thomas Mann, Umberto Eco, Samuel Beckett y Virginia Woolf. Al observar la longitud de las oraciones y cómo variaban, encontraron que en una abrumadora mayoría de textos las correlaciones en las variaciones de longitud de enunciados estaban gobernadas por las dinámicas de una cascada, es decir, que su construcción es un fractal: un objeto matemático en que cada parte, cuando se expande, tiene una estructura similar al todo.

Por supuesto, algunos textos fueron matemáticamente más complejos que otros, y no es difícil adivinar cuales. Al virtualmente inaccesible Finnegans Wake, que se llevó las palmas, le siguieron Las olas de Virginia Woolf, Ulises de Joyce, 2666 de Roberto Bolaño y La trilogía USA de John Dos Passos. Lo más interesante es que todas son obras que abundan en monologo interior (stream of consciousness). Al respecto, uno de los autores del estudio, el doctor Paweł Oświęcimka, señaló:

No queda enteramente claro si la escritura de monólogo interior de hecho revela cualidades más profundas de nuestra conciencia, o más bien la imaginación de los escritores.

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Lo cierto es que hay escritores que son formidables ingenieros y que el ritmo y la construcción intuitiva de una obra literaria construye castillos y habitaciones en otro plano del mundo. Joyce, que intuía quizá mucho más de lo que sabía que intuía, le escribió a Harriet Weaver en una carta acerca de su Finnegans Wake, que en ese momento estaba en proceso:

Soy realmente uno de los mejores ingenieros, si no es que el mejor, del mundo […]. Todos los motores que conozco están mal hechos. Simplicidad. Estoy haciendo un motor con una sola rueda. Sin radios desde luego. La rueda es un cuadrado perfecto. Puedes ver hacia donde voy, ¿no es cierto? Soy excesivamente solemne al respecto, no te equivoques, así que no debes pensar que es una historia tonta acerca del ratón y las uvas. No, es una rueda, le digo al mundo. Y es toda cuadrada.

He aquí el triunfo de la forma intuitiva. Quizás el monólogo interior de Leopoldo Bloom en Ulises está delineando el mapa que trazan sus pies al caminar, al igual que los monólogos de los personajes de Las olas de Woolf están tejiendo un mar. La intuición es una forma de misticismo que cree en la unidad universal, y estos escritores lo codificaron en sus textos.

Los autores sugieren que los hallazgos también podrían usarse para proponer que los escritores “descubrieron fractales e incluso multifractales en la naturaleza mucho antes que los científicos”. Dada la ya tan establecida conexión entre la simetría, la verdad y la belleza (“Beauty is truth, truth beauty”), encontrar obras literarias fractalmente cuantificables parece hacer perfecto sentido.

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