Existen pocos grandes escritores que no hayan tenido, de una u otra forma, una obsesión con las estrellas. Virginia Woolf, una de las mentes más resplandecientes del siglo pasado, no fue la excepción. “Detrás del tejido de la vida cotidiana existe un patrón escondido”, escribió alguna vez la escritora, una noción que necesariamente dotó sus libros, y su vida, de un sentido de armonía implícita en la realidad, de la existencia de un engranaje sutil que rige al universo —por eso no es extraño que una de sus muchas obsesiones fueran los astros y el cielo nocturno.

Woolf, que fue educada en casa, creció rodeada de los libros de su padre, Leslie Stephen, hombre de letras y dueño de una enorme biblioteca. En ella había una gran cantidad de volúmenes de ciencia, geología, historia natural y astronomía (obsesiones de la mente victoriana). Durante su infancia, la pequeña habría de aprender sobre el movimiento de los planetas, los ciclos de la Luna y la distancia de las estrellas —escalas de tiempo y espacio que habrían de habitar su mente el resto de sus días. Además, su familia tuvo una casa de campo en la costa Cornualles, cuyos cielos estrellados y grandes lunas despertaron la fantasía de la joven Virginia, e incluso llegarían a reaparecer en los paisajes nocturnos de una de sus novelas más importantes, Al faro.

Al crecer, Woolf alimentó su amor por las estrellas; desde muy joven instaló un telescopio en su casa de verano, y siempre se mantuvo actualizada sobre los descubrimientos astrológicos, así como los descubrimientos de Hubble y Einstein, además de consultar con regularidad libros de astronomía de la época, como el best-seller The Misterious Universe de James Jeans. Todo esto se vio reflejado en casi todos sus libros, especialmente Las olas (1931) y Los años (1937).

Woolf entendió bien el misterio y belleza del espacio exterior, las galaxias y alguna vez escribió, en un artículo titulado “El estrecho puente del arte” (1927): “La edad de la tierra es 3,000,000,000 años; la vida humana dura sólo un segundo… es en esta atmósfera de duda y conflicto que los escritores tienen que crear ahora.” Fue como si el universo y sus cifras la llamaran a escribir, a dejar un legado en este pequeño planeta, ubicado en el rincón de una pequeña galaxia.

En 1927, Woolf presenció un eclipse total de sol, oportunidad que sólo se tiene una vez en la vida (el siguiente eclipse de sol sería en 1999). Ella describió el suceso minuciosamente en su diario, describiendo las irregularidades de la superficie solar, y el dramático paso de la luz a la oscuridad, y de vuelta a la luz.

Los telescopios, que poco a poco se extendieron por Europa en aquel entonces, fueron objetos que obsesionaron a Woolf. Antes de tener su propio telescopio, en la época adulta de su vida, la escritora solía pasar noches enteras junto a los miembros del conocido Círculo de Bloomsbury viendo las estrellas; esto derivó en su cuento corto “The Searchlight”, la historia que de un joven que utiliza un telescopio primero para ver las estrellas y después para espiar a una chica. Así, estos fascinantes objetos aparecen recurrentemente en una gran cantidad de escritos de Woolf, por ejemplo, en seis de sus nueve novelas, y en una gran cantidad de ensayos e historias cortas.

Para la singular sensibilidad de Woolf, el cielo de la noche ofrecía pequeños destellos de la esencia del mundo, de algo que algunos llaman “la realidad”, visiones que para ella sobrepasaban la belleza, y que con su prosa lúcida y espectacular describió así en una entrada de su diario de 1926 (en una sección de anotaciones para el desarrollo de Al faro):

           “Un inquieto investigador vive dentro de mí. ¿Por qué no hay un descubrimiento en la vida? Algo sobre lo que podamos poner nuestras manos y decir ‘es esto’. Mi depresión es un sentimiento atormentado. Estoy buscando, pero no es eso —no es eso. ¿Qué es? ¿Moriré antes de encontrarlo? Entonces […] veo las montañas en el cielo; las enormes nubes; y la luna que se eleva sobre Persia; siento una enorme y extraordinaria sensación de que hay algo ahí, que es precisamente eso. No es exactamente la belleza a lo que me refiero. Es que eso es en sí mismo suficiente: satisfactorio, conquistado.”/p>

 

 

Imagen: Dominio público

Existen pocos grandes escritores que no hayan tenido, de una u otra forma, una obsesión con las estrellas. Virginia Woolf, una de las mentes más resplandecientes del siglo pasado, no fue la excepción. “Detrás del tejido de la vida cotidiana existe un patrón escondido”, escribió alguna vez la escritora, una noción que necesariamente dotó sus libros, y su vida, de un sentido de armonía implícita en la realidad, de la existencia de un engranaje sutil que rige al universo —por eso no es extraño que una de sus muchas obsesiones fueran los astros y el cielo nocturno.

Woolf, que fue educada en casa, creció rodeada de los libros de su padre, Leslie Stephen, hombre de letras y dueño de una enorme biblioteca. En ella había una gran cantidad de volúmenes de ciencia, geología, historia natural y astronomía (obsesiones de la mente victoriana). Durante su infancia, la pequeña habría de aprender sobre el movimiento de los planetas, los ciclos de la Luna y la distancia de las estrellas —escalas de tiempo y espacio que habrían de habitar su mente el resto de sus días. Además, su familia tuvo una casa de campo en la costa Cornualles, cuyos cielos estrellados y grandes lunas despertaron la fantasía de la joven Virginia, e incluso llegarían a reaparecer en los paisajes nocturnos de una de sus novelas más importantes, Al faro.

Al crecer, Woolf alimentó su amor por las estrellas; desde muy joven instaló un telescopio en su casa de verano, y siempre se mantuvo actualizada sobre los descubrimientos astrológicos, así como los descubrimientos de Hubble y Einstein, además de consultar con regularidad libros de astronomía de la época, como el best-seller The Misterious Universe de James Jeans. Todo esto se vio reflejado en casi todos sus libros, especialmente Las olas (1931) y Los años (1937).

Woolf entendió bien el misterio y belleza del espacio exterior, las galaxias y alguna vez escribió, en un artículo titulado “El estrecho puente del arte” (1927): “La edad de la tierra es 3,000,000,000 años; la vida humana dura sólo un segundo… es en esta atmósfera de duda y conflicto que los escritores tienen que crear ahora.” Fue como si el universo y sus cifras la llamaran a escribir, a dejar un legado en este pequeño planeta, ubicado en el rincón de una pequeña galaxia.

En 1927, Woolf presenció un eclipse total de sol, oportunidad que sólo se tiene una vez en la vida (el siguiente eclipse de sol sería en 1999). Ella describió el suceso minuciosamente en su diario, describiendo las irregularidades de la superficie solar, y el dramático paso de la luz a la oscuridad, y de vuelta a la luz.

Los telescopios, que poco a poco se extendieron por Europa en aquel entonces, fueron objetos que obsesionaron a Woolf. Antes de tener su propio telescopio, en la época adulta de su vida, la escritora solía pasar noches enteras junto a los miembros del conocido Círculo de Bloomsbury viendo las estrellas; esto derivó en su cuento corto “The Searchlight”, la historia que de un joven que utiliza un telescopio primero para ver las estrellas y después para espiar a una chica. Así, estos fascinantes objetos aparecen recurrentemente en una gran cantidad de escritos de Woolf, por ejemplo, en seis de sus nueve novelas, y en una gran cantidad de ensayos e historias cortas.

Para la singular sensibilidad de Woolf, el cielo de la noche ofrecía pequeños destellos de la esencia del mundo, de algo que algunos llaman “la realidad”, visiones que para ella sobrepasaban la belleza, y que con su prosa lúcida y espectacular describió así en una entrada de su diario de 1926 (en una sección de anotaciones para el desarrollo de Al faro):

           “Un inquieto investigador vive dentro de mí. ¿Por qué no hay un descubrimiento en la vida? Algo sobre lo que podamos poner nuestras manos y decir ‘es esto’. Mi depresión es un sentimiento atormentado. Estoy buscando, pero no es eso —no es eso. ¿Qué es? ¿Moriré antes de encontrarlo? Entonces […] veo las montañas en el cielo; las enormes nubes; y la luna que se eleva sobre Persia; siento una enorme y extraordinaria sensación de que hay algo ahí, que es precisamente eso. No es exactamente la belleza a lo que me refiero. Es que eso es en sí mismo suficiente: satisfactorio, conquistado.”/p>

 

 

Imagen: Dominio público